Friday, October 26, 2012

La flauta que el burro tocó

Pasó la cuerda por detrás del tronco cartilaginoso de un cactus grisáceo. El animal cansado exhaló bruscamente. Apretó la cuerda alrededor del cactus y lastimó un costado del que lentamente chorreó un líquido limpio, transparente, viscoso. El burro sacudió la cabeza, la cuerda le jaló el brazo y una espina le rasgó el dorso de la mano; maldijo, al cactus, a su madre, al burro. Se puso de pié de un salto, le dio una patada en el vientre para descargar la ira y el burro se tiró con fuerza para atrás, el cactus resistió el cimbrón. Se calmó, se lamió la mano, la apretó contra la manga de su camisa donde una figura rasgada se imprimió con rojo, farfullando se puso en cuclillas nuevamente y terminó de hacer el nudo, con la otra mano sacó del costal sobre el lomo del burro la soga y la lona con la que se protegería esa noche. Estaba a la mitad del camino, llevaba dos días; terminar de cruzar las montañas, rodear Las Avellanas, atravesar el barranco, si el puente estaba aún en buenas condiciones faltaban otros dos. El burro meneó la cola para espantarse los insectos nocturnos y luego olisqueó entre las piedras. Él juntó las ramas grandes que servirían de sostén a un improvisado refugio, y las pequeñas que servirían de combustible a un fuego efímero, para cocinar, para calentarse, Que dure por lo menos mientras pasa la noche. El burro encontró tres, quizá cuatro hierbajos entre las rocas que arrancó y masticó. Unas cuantas fibras vegetales, altas y jugosas, se asomaban detrás de una piedra grande, blanca y mineral, cubierta de diminutos destellos metálicos propiciados por luz de Luna; el burro intentó alcanzarlas pero la soga que lo ataba al cactus lo impidió. Chispas crujientes se elevaron desde un fuego incipiente que habría de calentar el guiso, El burro cerró por tres segundos sus ojos, los abrió, nuevamente los cerró, Semillas blancas en una salsa roja, Liberado el animal de la tensión del camino parecía sentirse cómodo con el fuego calentándole uno de sus costados, Ya comenzaba a liberar ese olor de chiles silvestres mezclados con tomate. El burro estornudó. La cena fue corta, él se picó los dientes con uñas negras y afiladas para sacarse las basuritas, se ayudó con una espina, como la que le rasgó la mano, la Luna se había sentado en un fulgurante pedestal nebular; escupió, se sacó las botas, Aquí no lloverá, las nubes van hacia el occidente, el agua caerá sobre el camino del que vengo. Se acostó debajo del tendido, se cubrió con el poncho de algodón, acomodó la cabeza sobre una cobija doblada en cuatro, se durmió. Las patas delanteras del burro se doblaron, las traseras después, sus ojos se mantuvieron cerrados, los de él también. El fuego es el único que quedaba despierto, el burro suspiró, con una sinuosa danza de luz y calor hizo que las sombras bailaran a su rededor, sobre la quijada del burro y la superficie mineral de la gran piedra blanca, sobre la lona del refugio de su amo quien también suspiró. Quién de estos dos es la bestia se preguntó a crujidos el fuego. El burro abrió los ojos, ¡alerta!, ¿una serpiente, un escorpión, algún coyote o algún ladrón?, No, tan sólo la luz que, después de viajar 30 segundos desde la Luna hasta la Tierra, se impactó directamente en uno de sus enormes globos oculares, el burro fijó un costado de la cabeza hacia arriba y miró la Luna, Un milagro que muchos no reconocerían como tal; un burro jamás mira hacia el cielo y mucho menos sus astros, animales como el burro están destinados a mirar toda su vida hacia abajo, lo de arriba simplemente no existe. El roncaba, la mano fuera del poncho con el dorso rasgado sobre su vientre, la otra sirviéndole de almohada, Sin dejar de observar la Luna el burro se levantó, y entonces entendió, una nube de ignorancia velándole el entendimiento se disipó. Supo entonces lo que era la Luna, de lo que estaba constituida y de dónde provenía su luz, recordó el Sol y el día, sintió el viento y apreció los arbustos y matas oscilando suavemente, comprendió el mismo fenómeno de la luz bañando el paisaje nocturno que lo rodeaba, miró a su amo, supo su nombre y supo quién era, Su mano rasgada, la herida de hace una hora, su madre, una buena mujer, su padre, un borracho que lo golpeaba cuando era niño, Supo a dónde iba y de donde venía, Un burro, la cuerda atada a su cuello, supo que había sido puesta por él para impedir que se perdiera durante la noche, Recordó su voz y emuló los vocablos con los que lo llamaba. Maldito burro, burro estúpido, bestia de mierda. Miró sus cuatro patas, su constitución física, sintió dolor y cansancio, sintió el calor del fuego y enseguida lo contempló entendiendo claramente su porqué. Yo soy, yo soy un burro, Después, el burro supo que sabía, que entendía y que era capaz de analizar con inteligencia todo lo que lo rodeaba. Quiso escapar, huir de ahí, deseó poder hablar, quiso explicar lo que le estaba sucediendo, se tiró con fuerza del cactus que lo ataba, pataleó, quiso expresar su descontento, pero sin cuerdas vocales humanas que propulsaran palabras coherentes sólo resonaron poderosos rebuznos. El se incorporó, miró al rededor, nada pasaba, en tres pasos se aproximó al burro y le soltó un contundente puñetazo en la quijada. Cállate pinche burro estúpido. Dolor significativo y consciente, luego el olvido, la neblina en sus ojos, una marea confusa en su cabeza, él regresó al tendido a dormir, el burro se quedó inmóvil por un buen tiempo, luego arrancó un par de hierbajos más y los masticó por minutos en la más perfecta y anestésica inconsciencia.

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