El sueño comienza así: con monjes envueltos en mantas dentro de un monasterio oscuro, algunas velas viejas cubren de ocre luz el entorno y también iluminan un patrón, acaso árabe, extendido sobre el suelo frío; estoy descalzo, soy apenas un niño de ocho años y una mano extraña y autoritaria me guía del hombro hacia adelante. Qué me puedo esperar si yo también estoy envuelto en mantas. Me han llevado ahí contra mi voluntad pero aun así camino. Algo me han dicho, de alguna forma me han convencido. Los monjes me habían estado esperando, quizá son cinco los que están de pie frente a mí, quizá son más escondidos en la oscuridad, y ahora me detengo frente a ellos, el dueño de la mano que me guiaba da dos pasos hacia atrás, hace una reverencia y se retira, los monjes descubren sus caras y me miran, la sombra de sus narices bailotea en un costado de su cara gracias a la luz de las velas. El de en medio desenvuelve de un paño blanco un enorme libro y me lo entrega. “La Sagrada Biblia” se lee en la portada, las letras doradas parecen recolectar la escasa luz y amplificarla. Intento fingir la decepción que el presente me causa, tengo ocho años pero ya profeso una cierta aversión a éste libro. Los monjes parecen adivinar mi sentir y se limitan a sonreír, pero su silencio me dice que no quieren que tan sólo lo sostenga, desean que lo abra. La primera página; una completamente blanca; reconozco que el libro tiene un extraño fulgor que emana de él. La segunda página me llena de sorpresa, contiene una decena de fórmulas matemáticas, la principal dentro de un círculo y el resto alrededor unida al centro con una línea. Reviso rápidamente el resto del libro y me doy cuenta de que está completamente lleno de fórmulas, no hay una sóla página que contenga texto, ni siquiera la palabra “Dios”, el único texto que se percibe es el que da el nombre a cada libro. No entiendo mucho de lo que se trata, pero al parecer en el libro del Génesis están contenidas las fórmulas que explican el Big-Bang y la formación de las galaxias, el Éxodo contiene la explicación matemática de la expansión y aceleración del universo. El Apocalipsis comprende el viaje a través del tiempo y el espacio, los agujeros negros y el bosón de Higgs. En el resto de los libros la explicación teórica de todo, desde el patrón de vuelo de una mariposa hasta la fusión nuclear dentro del núcleo de una estrella, las relaciones matemáticas que existen entre las notas musicales, los colores, las formas, las texturas y la belleza, la explicación física de las emociones humanas, especiales apartados para la compasión y el amor, también la descripción minuciosa de la naturaleza de la luz y el tiempo. La sección áurea y el porqué de la cantidad de veces que un colibrí aletea por segundo. La explicación de porqué el diseño de las venas en un tejido vivo es similar a un relámpago en el cielo o a un río sobre la tierra o al crecimiento de las ramas de un árbol. Mi corazón da un vuelco, prácticamente el libro es un compendio de las reglas que rigen el universo y por lo tanto la fórmula dentro del círculo en la segunda página es la que unifica a la física clásica con la física cuántica. La que pone de acuerdo el movimiento de los planetas alrededor del Sol y el de los átomos alrededor de un núcleo. Estoy lleno de emoción, pues en mis manos tengo el verdadero lenguaje divino, los cómos y los porqués de todo, me resulta incongruente que el libro tenga por título “La Sagrada Biblia” pero creo que por otro lado tiene todo el sentido. Los monjes sonríen y se acercan a mí, sin protocolos que delineen la naturaleza de ningún rito me hacen prometer que divulgaré la palabra de Dios. Yo también sonrío.
Thursday, June 4, 2015
Tuesday, April 7, 2015
El cuarto hijo
De los cinco hijos el cuarto había muerto. Nadie lo vió caer de la empinada ladera, pero cierto es que los elementos que lo rodeaban habían contado la historia. Ahí estaban las huellas de la gacela que había perseguido e intentado acorralar a las orillas del peñasco, ahí sobre la tierra las líneas sinuantes de la serpiente que a su paso lo habían hecho perder el equilibrio y finalmente caer, ahí sus propias huellas descalzas, acometidas al principio, vacilantes y perdidas al final. Una marca profunda del último talón que había hecho contacto con la superficie mostraba cínica su naturaleza. Al fondo, su propio cuerpo tendido en jirones sobre la maleza, la roca manchada el filo de sangre y su cabeza en el centro de una charca de rojo óxido sanguíneo. Hormigas de cuerpo granate habían presenciado el suceso y habían cubierto con una manta de puntos móviles un rostro inerte de ojos abiertos, esferas opacas de lechosa superficie negra desplegadas hacia el cielo para el disfrute de las nubes que sobre ella patinaban. Su cuerpo fue transportado a la aldea, a través de ciénagas y pastizales, que una vez tuvo un nombre pero que ahora ha cobijado el olvido. La sangre de su cabeza, la tierra pegada a su rostro fue también bañada con lágrimas, su madre había arrojado el mar por los ojos y balanceaban el cuerpo del hijo muerto en un vaivén de tristeza profunda. No importaba que tan sólo fuera uno de cinco, para una madre un hijo es a la vez un individuo y a la vez lo es todo. Paradójica realidad que quizá sólo ofende a la omnipresencia divina. Se había vestido la aldea de correspondiente luto y se había encaminado al difunto envuelto en mantas sobre hombros de familiares y amigos. Tambores y cánticos de ahogada tristeza acompañaban y rendían homenaje a lo que fue y había dejado de ser. Su cuerpo fue enterrado bajo la sombra de un árbol de tronco anudado: convenía a la familia y hacía juego con los brazos del abuelo que cavaba con esmero la tierra de arcilla seca, que una vez fue del color del fuego y ahora del de la ceniza.
De acuerdo con un conteo extenso y a conciencia del transcurrir de los objetos celestes un lustro había pasado, el hijo muerto, el difunto, había un día entrado caminando por uno de los senderos laterales de la aldea que el olvido había cobijado. Su cuerpo se había convertido en el de un hombre y había sido colmado de músculos férreos y una altura estelar, cicatrices sobre cicatrices cubrían su torso y sus brazos, quizá una vetas en su cara enmarcaban de costado sus ojos, sus carnes habían sufrido incontables laceraciones que se adivinaría portaba con orgullo. Su mirada reflejaba el regalo (o el castigo) de la sabiduría y la madurez de un varón forjado con trabajo intenso y experiencia. Su cuerpo entero era lienzo de extraños símbolos y colgaban de él adornos similares a los de las aldeas más lejanas, donde las vestimentas locales han cubierto las partes íntimas y el idioma está contaminado de Francés. Había pasado caminando justo al lado de su propia tumba, ignorándola por completo, desdeñando el hecho de que ahí mismo se había acabado, por lo menos para la aldea, su propia existencia. Una flagrante violación a las leyes de una lógica antigua, que quizá también había sido cobijada por el olvido. Había sido visto con miedo, con angustia, también con terror, y las gentes del pueblo se habían encerrado a su paso y habían sólo mirado a través del refugio de sus propias puertas y ventanas. El hijo muerto, el difunto, caminó sin embargo hasta la puerta de la que había sido su casa. Desde la distancia la señaló, como para cerciorarse de que aún la recordaba perfectamente, con una sonrisa se felicitó y profirió una alabanza que en una lengua desconocida significaba “gracias”. Reconoció a los perros que merodeaban las chozas de la aldea, quizá faltaba uno o dos pero también había un par de canes nuevos que a pesar de sus ojos benevolentes le ladraban obstinadamente, reconoció la disposición de los árboles y los arbustos que rodeaban su antiguo hogar y se empapó de toda la alegría que se había acumulado en el depósito del tiempo, lloró lágrimas de de una solución muy similar a la sabia del Baobab que limpiaron en líneas descendientes su rostro de polvo y tierra. Al llegar, quizo abrazar a su madre quien abrió la puerta al entender de ladridos una situación no común, un visitante extraño quizá, pero ésta lo abofeteó y pidió a gritos auxilio, las gentes de la aldea, incluídos hermanos y otros familiares, lo rodearon con machetes y lanzas y de no ser porque profirió su nombre a gritos habría muerto (quizá por segunda vez) en ese mismo momento. La madre prefirió el desmayo y el resto de la aldea la petrificación, se le consideró un espectro cubierto por símbolos ilícitos, un demonio encerrado en un cuerpo de hombre, una completa distorsión de la realidad, una afrenta personal al orden establecido por los dioses encargados de la administración del lugar, se le rodeó y se le ordenó ponerse de rodillas, en un batir de alas de colibrí estuvo atado de pies a cabeza. Una vez recuperada la cordura y de cierta forma la sanidad, la madre recobró fuerzas, tomó agua y con esmerado sigilo se convenció de que era necesario acercarse al individuo que, acaso, no sólo clamaba ser su hijo, sino prácticamente un hombre que había vuelto de la muerte. La aldea esperaba con morbosa impaciencia su entrevista. No sólo la de una madre que no ha visto a su hijo en cinco años sino la de un vivo con un muerto. Mientras tanto, se dilucidó en una junta especial de los jefes de la aldea sobre la ardua tarea, no por la dificultad de la labor física sino por el peso moral de la profanación, de cavar nuevamente el lugar donde ese difunto que ahora se mostraba frente a todos como si nada había sido enterrado. Se hizo traer a tres de los hombres más valientes de la aldea, quizá previamente expuestos a los humos y a los poderes de hojas mágicas de los magos, y entregadas las herramientas se dieron a la tarea de abrir nuevamente lo que había sido cerrado, de desenterrar y traer del pasado al presente la evidencia de lo que ya había sido olvidado.
¡No había muerto! el difunto había jurado, había estado más que vivo todo este tiempo, es verdad, se había golpeado la cabeza fuertemente al caer, aún tenía la cicatriz, y se la tocaba, y se la mostraba al resto de la gente que presenciaba la entrevista, pero después de estar tumbado ahí en la maleza por largo tiempo una tribu que nunca había visto había aparecido y lo había socorrido, llevaban agua en unos depósitos que no conocía y le habían humedecido la herida de la cabeza con la misma mata con la que se fabrican las balsas y con lodo y lo habían hecho dormir frotándole unas hojas desconocidas en la frente, no recordaba nada durante el trayecto, pues lo habían transportado a otro lugar, tan sólo sabía que el camino había sido largo, quizá había durado días, el sol y la luna pasó sobre su cabeza por lo menos tres veces, pero en realidad no sabía, pues el tiempo que había transcurrido estaba entretejido con fibras de inconsciencia y caos, y repetía su nombre una decena de veces. Sólo recobraba un poco de cordura al tomar agua o mascar una solución hecha con flores secas que lo reanimaba gradualmente. Algo sí tenía muy claro, algo que se distinguía del resto de los recuerdos viscosos, ésta tribu caminaba con leones. Se desplazaba de un lugar al otro siempre en continua compañía de leones grandes y pequeños, en medio de la tormenta que golpeaba su cabeza podía verlos siempre a su lado, y aunque no tenía las fuerzas ni la coherencia necesaria para sentir miedo podía reconocerlos e incluso recordar su nombre, olerlos, escuchar sus bostezos cuando la tribu se detenía a descansar. Los hombres de esta tribu hablaban una lengua extraña pero dulce, armónica aunque acaso monótona, y habría jurado que el nombre del león en esa lengua era de un carácter sagrado, que se debía enunciar con respeto. Durante el trayecto, había reparado en las respiraciones de los leones a su lado, había detenido la mirada como hipnotizado, en su pelaje de ocre ondulándose con el viento y sus lenguas rugosas que trazaban sobre sus cueros la húmeda superficie de la higiene felina. Cuando hubo por fín despertado, los hombres de la tribu extraña se alegraron y le brindaron el sustento necesario para su total recuperación, abrazándose a ellos mismos le hicieron ver que los leones eran de su carne y que no había por qué temerles, de sus pieles pintadas de gris y cobalto colgaban esmeradas joyas y amuletos tal vez fabricados por dioses más poderosos que los suyos, el líquido que le hacían beber mitigaba el dolor, pero era también un brebaje que acrecentaba su lucidez y que le permitía observar con más detalle las apariencias. Seis docenas de ojos, humanos y felinos lo miraban amistosamente, no había necesidad de regresar a la aldea, se le consideraría perdido pero de pronto buscaría la forma de hacer saber que estaba bien, rodeado de todas esas cosas desconocidas que llenaban sus pupilas de maravilla no había forma de sentir urgencia en volver. No lo hizo.
De esa gente aprendió el idioma, las costumbres, aprendió la naturaleza del porqué de sus acciones y adoptó sus gestos, estableció vínculos con unos y otros y perfeccionó las habilidades que el grupo apremiaba. Con el tiempo su valor irreprochable se hizo necesario para obtener el sustento de su comuna, donde hombres y leones se desplazaban de alba al ocaso en busca de presas. Los unos discernían los elementos en la tierra olfateando para localizar a las presas, los otros fabricaban armas y herramientas, los primeros alcanzaban a la presa y la acorralaban, los otros tendían trampas y encendían el fuego, unos proveían al grupo del bien sagrado de la seguridad, otros hacían mezclas de plantas y raíces para curar enfermedades y sanar heridas, nunca hubo una sociedad simbiótica tan armónica, nunca sobre la faz de la tierra que nutre este Sol. De los leones aprendió el significado de una amistad libre de traición, espejo fiel de la naturaleza animal y modelo de los valores de la tribu. Mordiscos y arañazos (el motivo de sus mil cicatrices en la piel) no fueron más que las miles de horas dedicadas al juego con los leones. Y al cabo de otro lapso de tiempo se enamoró, y la aldea, ya de por sí olvidada se convirtió en un pedazo negro de carbón incrustado en las paredes de la cueva más oscura, quizá fue sólo la madre el diamante escondido dentro del carbón, aún precioso y de carácter inmutable. De la mujer gris y cobalto pendían gemas verdes que denotaban, si no su nobleza por lo menos su rango, y de ella tuvo dos hijos, les dió nombres hídricos acordes a su nueva tradición con el fin de conjurar el agua en esas regiones secas y donde la lluvia solo favorece a la tierra menos de una decena de veces por año. Los enseñó a no temer a los leones pero al mismo tiempo a no interrumpir su sueño o infringir ciertos límites impuestos previamente por las costumbres. Una pequeña sociedad nómada: pacífica y autosuficiente, en guerra sólo con el hambre cuando la tenían, con el frío de la noche, con los caprichos irreconciliables del tiempo. El difunto, quizá en su infancia, había soñado una noche de paz y calor vivir así.
Una gran cacería sucedería un día, al menos seis gacelas habían quedado atrapadas sin querer entre los límites de un peñasco (no la parte de arriba sino la inferior, amurallada de rocas infranqueables por las gacelas y quizá a la orilla septentrional del mismo peñasco por el que al difunto se le considera como tal) unos gigantescos matorrales de espinas y un par de leones que iban a la delantera. El resto de la tribu aprovechó esta gracia divina e inmediatamente cerró el círculo que dejaba a las gacelas sin salida, el difunto escaló el peñasco para observar la posición y encaminar un ataque más certero, pero al llegar a la cima una patada más fuerte que la que una gacela podría dar lo golpeó en la cabeza: la memoria. Reconoció en ese instante las orillas del camino que lo habría de llevar a su antigua aldea, por instantes su cabeza se giró para seguir el curso de la caza, pero pudo más la curiosidad del recuerdo, en sueños de parpadeo vislumbró la cara de su madre y sintió apremio por abrazarla, caminó hacia el sendero que lo llevaría de regreso a casa, acaso se volteó para avisar desde arriba que pronto los alcanzaría. Primero a trote y después caminando surcó las ciénagas y los pastizales que lo separaban de su antiguo hogar, a cada paso los recuerdos se acrecentaron e invadieron su cabeza hasta convertirse en emoción, deseos profundos de ver a su madre y quizá a sus hermanos. En poco tiempo había alcanzado las primeras chozas de la aldea que ahora eran más y estaban más afuera de lo se acordaba. Caminó lo suficientemente rápido como para ver pronto a su madre y lo suficientemente lento como para ver qué había cambiado y qué seguía igual en su aldea, en unos pasos más ya estaba ahí, le ladraron los perros, su madre abrió la puerta, la quizo abrazar.
Los tres hombres valientes que cavaban por doquier, bajo instrucciones de los jefes de la aldea y protección del mago, en el preciso lugar donde el difunto fue enterrado no encontraron nada, se les dijo que no era posible, que siguieran cavando, que buscaran hasta encontrar, pero el encontrar nunca llegó, se sugirió que el lugar estaba equivocado, pero no había duda de que el árbol de tronco anudado era el lugar definitivo, los vestigios de cualquier evento en el pasado había desaparecido, se le consideró al difunto entonces como un milagro, como evidencia de los favores divinos, la aldea se había portado bien y conducido por buen camino alardeó el jefe, se le soltó y apremió, el cuarto hijo pudo después de cinco años volver a abrazar a su madre.
- Epílogo -
El difunto vive de nuevo en la aldea, después de un par de días de estar en compañía de su madre quiso regresar a su tribu pero no la encontró, por más que intentó encontrar las huellas humanas o felinas y guiarse por ellas hasta alcanzarlos le fue imposible rastrearlos, ha intentado posteriormente, innumerables veces sin éxito regresar a la tribu que camina con leones, se ha perdido varias veces en su búsqueda y ha sido al cabo de un poco tiempo encontrado, derrotado y con una enorme sensación de frustración, el difunto llora y habla incesantemente de sus hijos y de su mujer, explica la gran valía que para él tiene la amistad con los leones. Nunca nadie ha escuchado hablar de tal tribu, mucho menos la ha visto, nadie conoce la lengua que él aprendió ni la relaciona con nada. Los leones que había en la región hace mucho que desaparecieron, mucho más de un lustro, si apenas su abuelo vió uno de niño, se dice que los que quedan merodean en las praderas de países muy distantes, y son salvajes y hay que tener cuidado con ellos. A veces se le encuentra sentado en el borde del peñasco de donde cayó, pensando, intentando encontrar respuestas, añorando lo perdido. Su madre teme que vuelva a caer o que con determinación se arroje al vacío, pero el difunto, después de todo llega siempre a la misma conclusión, una que le brinda una especie de alivio, antes de regresar a la aldea arrastrando los pies y con la cabeza gacha siempre profiere el nombre secreto de una deidad poderosa y extranjera, los nombres hídricos de su mujer e hijos y una alabanza en una lengua desconocida que significa “gracias”.
Tangente de "El cuarto hijo"
Los nombres hídricos Conformados evidentemente por partículas líquidas; quizá de construcción forzosamente onomatopéyica; se los enuncia por vez primera, se los deja fluir y al cabo aparecen húmedos, chasqueando de vitalidad, envueltos de rocío y reflejando enmarañada luz que danza sobre las superficies cuando se les toca con el Sol. Para comprobar su eficacia se repiten cientos de veces, si la sed desaparece es que los nombres funcionan y que son verdaderos, y entonces se procede a un rito cristalino. Se ha dicho que ahí donde los hombres tienen pintadas las caras de rojo y amarillo, y donde no hay compasión ni virtud que los haga llamarse hombres, es tortura de uso común el hacer a la víctima repetir los nombres hasta causarse el ahogo. Por su parte, se cuenta que los sabios de las perdidas tribus del sur, donde son los jefes los ciegos y los mancos (unos ayudando siempre a los otros), han apaciguado la sed de poblaciones enteras al conformar estanques, tan sólo multiplicando por cientos de miles su enunciación con ayuda de ecos fabricados por ellos mismos. Nombres hídricos multiplicados por ecos u otros espejos de sonido, que se adaptan a los fondos caprichosos de los diversos cuencos que se disponen y adoptan su forma, que con el Sol se evaporan y suben al cielo donde se pronuncian a sí mismos; y así llueve, y así se nutre la tierra, y así las gentes y todos los seres pueden vivir.
Quizá también así, cuando las gotas caen sobre los hombros y el torso desnudo del difunto, es que él recuerda a su mujer y a sus hijos. Hilos del preciado líquido descienden también por sus mejillas.
De acuerdo con un conteo extenso y a conciencia del transcurrir de los objetos celestes un lustro había pasado, el hijo muerto, el difunto, había un día entrado caminando por uno de los senderos laterales de la aldea que el olvido había cobijado. Su cuerpo se había convertido en el de un hombre y había sido colmado de músculos férreos y una altura estelar, cicatrices sobre cicatrices cubrían su torso y sus brazos, quizá una vetas en su cara enmarcaban de costado sus ojos, sus carnes habían sufrido incontables laceraciones que se adivinaría portaba con orgullo. Su mirada reflejaba el regalo (o el castigo) de la sabiduría y la madurez de un varón forjado con trabajo intenso y experiencia. Su cuerpo entero era lienzo de extraños símbolos y colgaban de él adornos similares a los de las aldeas más lejanas, donde las vestimentas locales han cubierto las partes íntimas y el idioma está contaminado de Francés. Había pasado caminando justo al lado de su propia tumba, ignorándola por completo, desdeñando el hecho de que ahí mismo se había acabado, por lo menos para la aldea, su propia existencia. Una flagrante violación a las leyes de una lógica antigua, que quizá también había sido cobijada por el olvido. Había sido visto con miedo, con angustia, también con terror, y las gentes del pueblo se habían encerrado a su paso y habían sólo mirado a través del refugio de sus propias puertas y ventanas. El hijo muerto, el difunto, caminó sin embargo hasta la puerta de la que había sido su casa. Desde la distancia la señaló, como para cerciorarse de que aún la recordaba perfectamente, con una sonrisa se felicitó y profirió una alabanza que en una lengua desconocida significaba “gracias”. Reconoció a los perros que merodeaban las chozas de la aldea, quizá faltaba uno o dos pero también había un par de canes nuevos que a pesar de sus ojos benevolentes le ladraban obstinadamente, reconoció la disposición de los árboles y los arbustos que rodeaban su antiguo hogar y se empapó de toda la alegría que se había acumulado en el depósito del tiempo, lloró lágrimas de de una solución muy similar a la sabia del Baobab que limpiaron en líneas descendientes su rostro de polvo y tierra. Al llegar, quizo abrazar a su madre quien abrió la puerta al entender de ladridos una situación no común, un visitante extraño quizá, pero ésta lo abofeteó y pidió a gritos auxilio, las gentes de la aldea, incluídos hermanos y otros familiares, lo rodearon con machetes y lanzas y de no ser porque profirió su nombre a gritos habría muerto (quizá por segunda vez) en ese mismo momento. La madre prefirió el desmayo y el resto de la aldea la petrificación, se le consideró un espectro cubierto por símbolos ilícitos, un demonio encerrado en un cuerpo de hombre, una completa distorsión de la realidad, una afrenta personal al orden establecido por los dioses encargados de la administración del lugar, se le rodeó y se le ordenó ponerse de rodillas, en un batir de alas de colibrí estuvo atado de pies a cabeza. Una vez recuperada la cordura y de cierta forma la sanidad, la madre recobró fuerzas, tomó agua y con esmerado sigilo se convenció de que era necesario acercarse al individuo que, acaso, no sólo clamaba ser su hijo, sino prácticamente un hombre que había vuelto de la muerte. La aldea esperaba con morbosa impaciencia su entrevista. No sólo la de una madre que no ha visto a su hijo en cinco años sino la de un vivo con un muerto. Mientras tanto, se dilucidó en una junta especial de los jefes de la aldea sobre la ardua tarea, no por la dificultad de la labor física sino por el peso moral de la profanación, de cavar nuevamente el lugar donde ese difunto que ahora se mostraba frente a todos como si nada había sido enterrado. Se hizo traer a tres de los hombres más valientes de la aldea, quizá previamente expuestos a los humos y a los poderes de hojas mágicas de los magos, y entregadas las herramientas se dieron a la tarea de abrir nuevamente lo que había sido cerrado, de desenterrar y traer del pasado al presente la evidencia de lo que ya había sido olvidado.
¡No había muerto! el difunto había jurado, había estado más que vivo todo este tiempo, es verdad, se había golpeado la cabeza fuertemente al caer, aún tenía la cicatriz, y se la tocaba, y se la mostraba al resto de la gente que presenciaba la entrevista, pero después de estar tumbado ahí en la maleza por largo tiempo una tribu que nunca había visto había aparecido y lo había socorrido, llevaban agua en unos depósitos que no conocía y le habían humedecido la herida de la cabeza con la misma mata con la que se fabrican las balsas y con lodo y lo habían hecho dormir frotándole unas hojas desconocidas en la frente, no recordaba nada durante el trayecto, pues lo habían transportado a otro lugar, tan sólo sabía que el camino había sido largo, quizá había durado días, el sol y la luna pasó sobre su cabeza por lo menos tres veces, pero en realidad no sabía, pues el tiempo que había transcurrido estaba entretejido con fibras de inconsciencia y caos, y repetía su nombre una decena de veces. Sólo recobraba un poco de cordura al tomar agua o mascar una solución hecha con flores secas que lo reanimaba gradualmente. Algo sí tenía muy claro, algo que se distinguía del resto de los recuerdos viscosos, ésta tribu caminaba con leones. Se desplazaba de un lugar al otro siempre en continua compañía de leones grandes y pequeños, en medio de la tormenta que golpeaba su cabeza podía verlos siempre a su lado, y aunque no tenía las fuerzas ni la coherencia necesaria para sentir miedo podía reconocerlos e incluso recordar su nombre, olerlos, escuchar sus bostezos cuando la tribu se detenía a descansar. Los hombres de esta tribu hablaban una lengua extraña pero dulce, armónica aunque acaso monótona, y habría jurado que el nombre del león en esa lengua era de un carácter sagrado, que se debía enunciar con respeto. Durante el trayecto, había reparado en las respiraciones de los leones a su lado, había detenido la mirada como hipnotizado, en su pelaje de ocre ondulándose con el viento y sus lenguas rugosas que trazaban sobre sus cueros la húmeda superficie de la higiene felina. Cuando hubo por fín despertado, los hombres de la tribu extraña se alegraron y le brindaron el sustento necesario para su total recuperación, abrazándose a ellos mismos le hicieron ver que los leones eran de su carne y que no había por qué temerles, de sus pieles pintadas de gris y cobalto colgaban esmeradas joyas y amuletos tal vez fabricados por dioses más poderosos que los suyos, el líquido que le hacían beber mitigaba el dolor, pero era también un brebaje que acrecentaba su lucidez y que le permitía observar con más detalle las apariencias. Seis docenas de ojos, humanos y felinos lo miraban amistosamente, no había necesidad de regresar a la aldea, se le consideraría perdido pero de pronto buscaría la forma de hacer saber que estaba bien, rodeado de todas esas cosas desconocidas que llenaban sus pupilas de maravilla no había forma de sentir urgencia en volver. No lo hizo.
De esa gente aprendió el idioma, las costumbres, aprendió la naturaleza del porqué de sus acciones y adoptó sus gestos, estableció vínculos con unos y otros y perfeccionó las habilidades que el grupo apremiaba. Con el tiempo su valor irreprochable se hizo necesario para obtener el sustento de su comuna, donde hombres y leones se desplazaban de alba al ocaso en busca de presas. Los unos discernían los elementos en la tierra olfateando para localizar a las presas, los otros fabricaban armas y herramientas, los primeros alcanzaban a la presa y la acorralaban, los otros tendían trampas y encendían el fuego, unos proveían al grupo del bien sagrado de la seguridad, otros hacían mezclas de plantas y raíces para curar enfermedades y sanar heridas, nunca hubo una sociedad simbiótica tan armónica, nunca sobre la faz de la tierra que nutre este Sol. De los leones aprendió el significado de una amistad libre de traición, espejo fiel de la naturaleza animal y modelo de los valores de la tribu. Mordiscos y arañazos (el motivo de sus mil cicatrices en la piel) no fueron más que las miles de horas dedicadas al juego con los leones. Y al cabo de otro lapso de tiempo se enamoró, y la aldea, ya de por sí olvidada se convirtió en un pedazo negro de carbón incrustado en las paredes de la cueva más oscura, quizá fue sólo la madre el diamante escondido dentro del carbón, aún precioso y de carácter inmutable. De la mujer gris y cobalto pendían gemas verdes que denotaban, si no su nobleza por lo menos su rango, y de ella tuvo dos hijos, les dió nombres hídricos acordes a su nueva tradición con el fin de conjurar el agua en esas regiones secas y donde la lluvia solo favorece a la tierra menos de una decena de veces por año. Los enseñó a no temer a los leones pero al mismo tiempo a no interrumpir su sueño o infringir ciertos límites impuestos previamente por las costumbres. Una pequeña sociedad nómada: pacífica y autosuficiente, en guerra sólo con el hambre cuando la tenían, con el frío de la noche, con los caprichos irreconciliables del tiempo. El difunto, quizá en su infancia, había soñado una noche de paz y calor vivir así.
Una gran cacería sucedería un día, al menos seis gacelas habían quedado atrapadas sin querer entre los límites de un peñasco (no la parte de arriba sino la inferior, amurallada de rocas infranqueables por las gacelas y quizá a la orilla septentrional del mismo peñasco por el que al difunto se le considera como tal) unos gigantescos matorrales de espinas y un par de leones que iban a la delantera. El resto de la tribu aprovechó esta gracia divina e inmediatamente cerró el círculo que dejaba a las gacelas sin salida, el difunto escaló el peñasco para observar la posición y encaminar un ataque más certero, pero al llegar a la cima una patada más fuerte que la que una gacela podría dar lo golpeó en la cabeza: la memoria. Reconoció en ese instante las orillas del camino que lo habría de llevar a su antigua aldea, por instantes su cabeza se giró para seguir el curso de la caza, pero pudo más la curiosidad del recuerdo, en sueños de parpadeo vislumbró la cara de su madre y sintió apremio por abrazarla, caminó hacia el sendero que lo llevaría de regreso a casa, acaso se volteó para avisar desde arriba que pronto los alcanzaría. Primero a trote y después caminando surcó las ciénagas y los pastizales que lo separaban de su antiguo hogar, a cada paso los recuerdos se acrecentaron e invadieron su cabeza hasta convertirse en emoción, deseos profundos de ver a su madre y quizá a sus hermanos. En poco tiempo había alcanzado las primeras chozas de la aldea que ahora eran más y estaban más afuera de lo se acordaba. Caminó lo suficientemente rápido como para ver pronto a su madre y lo suficientemente lento como para ver qué había cambiado y qué seguía igual en su aldea, en unos pasos más ya estaba ahí, le ladraron los perros, su madre abrió la puerta, la quizo abrazar.
Los tres hombres valientes que cavaban por doquier, bajo instrucciones de los jefes de la aldea y protección del mago, en el preciso lugar donde el difunto fue enterrado no encontraron nada, se les dijo que no era posible, que siguieran cavando, que buscaran hasta encontrar, pero el encontrar nunca llegó, se sugirió que el lugar estaba equivocado, pero no había duda de que el árbol de tronco anudado era el lugar definitivo, los vestigios de cualquier evento en el pasado había desaparecido, se le consideró al difunto entonces como un milagro, como evidencia de los favores divinos, la aldea se había portado bien y conducido por buen camino alardeó el jefe, se le soltó y apremió, el cuarto hijo pudo después de cinco años volver a abrazar a su madre.
- Epílogo -
El difunto vive de nuevo en la aldea, después de un par de días de estar en compañía de su madre quiso regresar a su tribu pero no la encontró, por más que intentó encontrar las huellas humanas o felinas y guiarse por ellas hasta alcanzarlos le fue imposible rastrearlos, ha intentado posteriormente, innumerables veces sin éxito regresar a la tribu que camina con leones, se ha perdido varias veces en su búsqueda y ha sido al cabo de un poco tiempo encontrado, derrotado y con una enorme sensación de frustración, el difunto llora y habla incesantemente de sus hijos y de su mujer, explica la gran valía que para él tiene la amistad con los leones. Nunca nadie ha escuchado hablar de tal tribu, mucho menos la ha visto, nadie conoce la lengua que él aprendió ni la relaciona con nada. Los leones que había en la región hace mucho que desaparecieron, mucho más de un lustro, si apenas su abuelo vió uno de niño, se dice que los que quedan merodean en las praderas de países muy distantes, y son salvajes y hay que tener cuidado con ellos. A veces se le encuentra sentado en el borde del peñasco de donde cayó, pensando, intentando encontrar respuestas, añorando lo perdido. Su madre teme que vuelva a caer o que con determinación se arroje al vacío, pero el difunto, después de todo llega siempre a la misma conclusión, una que le brinda una especie de alivio, antes de regresar a la aldea arrastrando los pies y con la cabeza gacha siempre profiere el nombre secreto de una deidad poderosa y extranjera, los nombres hídricos de su mujer e hijos y una alabanza en una lengua desconocida que significa “gracias”.
Tangente de "El cuarto hijo"
Los nombres hídricos Conformados evidentemente por partículas líquidas; quizá de construcción forzosamente onomatopéyica; se los enuncia por vez primera, se los deja fluir y al cabo aparecen húmedos, chasqueando de vitalidad, envueltos de rocío y reflejando enmarañada luz que danza sobre las superficies cuando se les toca con el Sol. Para comprobar su eficacia se repiten cientos de veces, si la sed desaparece es que los nombres funcionan y que son verdaderos, y entonces se procede a un rito cristalino. Se ha dicho que ahí donde los hombres tienen pintadas las caras de rojo y amarillo, y donde no hay compasión ni virtud que los haga llamarse hombres, es tortura de uso común el hacer a la víctima repetir los nombres hasta causarse el ahogo. Por su parte, se cuenta que los sabios de las perdidas tribus del sur, donde son los jefes los ciegos y los mancos (unos ayudando siempre a los otros), han apaciguado la sed de poblaciones enteras al conformar estanques, tan sólo multiplicando por cientos de miles su enunciación con ayuda de ecos fabricados por ellos mismos. Nombres hídricos multiplicados por ecos u otros espejos de sonido, que se adaptan a los fondos caprichosos de los diversos cuencos que se disponen y adoptan su forma, que con el Sol se evaporan y suben al cielo donde se pronuncian a sí mismos; y así llueve, y así se nutre la tierra, y así las gentes y todos los seres pueden vivir.
Quizá también así, cuando las gotas caen sobre los hombros y el torso desnudo del difunto, es que él recuerda a su mujer y a sus hijos. Hilos del preciado líquido descienden también por sus mejillas.
Sunday, March 15, 2015
A sus 55 años
El incesante goteo de una llave imposible de cerrar, donde cada gota compromete su individualidad para convertirse en una encharcada colectividad, sobre la tierra que implora su cese pero que secretamente añora su continuación. Es la única fuente que da de beber a una pequeña población en las faldas de la sierra. Un anciano ciego sentado en la banca de un parque que golpea sin parar, medio loco medio cuerdo, el suelo con su bastón. Que marca el tempo a una orquesta inexistente que con su música menea las hojas de un peral que lo cobija con su sombra y que lo hace mover los labios siguiendo la letra de una canción distante y muy antigua. Los sordos gemidos de una adolescente que hace por primera vez el amor. Gemidos fabricados de tibio aliento frutal, la dulce esencia que se desprende de un chicle de fresa masacrado por los pequeños y blancos dientes de una joven princesa. Su mano cerrada sobre un pilar de la cabecera, el borde de la cama que choca con el buró. El primer obrero en la construcción, el que llegó temprano y se ha puesto ya a martillar, metal sobre metal para clavar una cuña en la roca y para sembrar de ecos metálicos las calles empedradas de un pequeño barrio que aún no ha despertado. La marcha así avanza constante, los sonidos de las gotas al caer, el bastón del ciego al golpear el suelo, los gemidos de la adolescente y los martillazos del obrero, así quiso quizá una aburrida voluntad cósmica reunirlos en una efímera sesión parlamentaria, para hacerlos coincidir en un sólo sonido constante, un sólo batir intermitente, constituir deliberadamente el sonido de un corazón que late. Nunca nadie sabrá que fueron éstos los elementos que se tuvieron que juntar, y no el desfibrilador que usan los doctores sobre su pecho, para que a sus 55 años, el corazón de Alejandro González volviera a latir.
-epílogo- La efímera sesión llegó a su fin, el ritmo se rompió. Un niño abrió la llave para llenar una cubeta, al ciego le cayó una pera en el hombro que lo hizo interrumpir su melodía, la adolescente llegó al orgasmo, la cama no chocó más contra el buró, el obrero decidió que era tiempo de comenzar a preparar la mezcla, pero a Alejandro, en una cama de hospital, lo acompaña su familia y sus amigos, que entre bromas lo ayudan a tomar agua.
Saturday, August 16, 2014
Simplemente Nigel o El árbol de la vida
Nigel no se suicidó, ni desapareció, no sufrió ningún accidente ni se escondió, tampoco modificó su personalidad o alteró su apariencia física o su vestido de ninguna forma, tan sólo un día se transformó en un árbol. Fue a propósito, fue la forma más coherente que encontró para cumplir su cometido: no sufrir y desaparecer tajantemente de la escena social, tan aburrida y superficial, tan hipócrita y hostil, pero sin rendirse, sin mortificarse a él o a alguien más, o haciéndolo lo menos posible. Suicidio: vulgar y doloroso, hasta cierto punto macabro. Desaparición: triste, traumática, obsesiva. Modificación alguna de su persona: ridículo e ineficaz. Convertirse en un árbol: que forma más original y constructiva de decirle al mundo que se vaya al diablo. Evolucionar, transformarse de pronto en un ser superior, que no anhela nada y que lo tiene todo. Que tan sólo tiene que “estar” para ser feliz. Un día decidió no ir a trabajar, se quedó de pié en el centro del jardín mientras nadie estaba en casa y poco a poco sus pies se enraizaron tierra dentro, cuando sus hijos y esposa llegaron del colegio la transformación ya iba a la mitad. Ellos lloraron pero él alcanzó a decir que no tuvieran miedo, que estaba experimentando una sensación hermosa, más allá de sus expectativas, que había encontrado la respuesta que todos habían perdido, felicidad indescriptible, establa ciego pero ahora podía ver, estaba encadenado pero ahora era libre; sus brazos se volvieron ramas con hojas y hasta flores de diversos colores y su cuerpo entero se volvió un tronco áspero, rugoso y resistente. Al caer la noche la transformación terminó ante la vista asombrada de familiares, amigos y vecinos. Nigel está plantado en el jardín principal de su casa, da sombra diaria a la morada donde vivió, donde pasó su vida de humano. Su esposa e hijos lo extrañan en su formato original, el de padre humano muy cariñoso, aunque estresado y muchas veces depresivo, pero saben que él está ahí y que está mejor que como estaba, aunque de otra forma, en su jardín, y lo aprecian, y lo veneran, y lo celebran, y lo adornan con luces de colores, y están orgullosos de él. Nigel es feliz.
-Epílogo-
Muchos otros han intentado hacer lo mismo, pasan horas eternas de pie en los jardines de sus casas, parques y en los bosques, beben líquidos hechos con clorofila y comen mezclas de resinas con cortezas. Nadie más se ha convertido en un árbol, Nigel lo hizo sin revelar a nadie su secreto.
-Epílogo-
Muchos otros han intentado hacer lo mismo, pasan horas eternas de pie en los jardines de sus casas, parques y en los bosques, beben líquidos hechos con clorofila y comen mezclas de resinas con cortezas. Nadie más se ha convertido en un árbol, Nigel lo hizo sin revelar a nadie su secreto.
Sunday, August 3, 2014
Venerea realidad
Él sabía que las mujeres lo evitaban como a un hongo vaginal; aunque si fuera un hongo vaginal por lo menos estaría pegado a una vagina, así que al parecer ni a hongo vaginal llegaba. Sin embargo y por las dudas decidió un día untarse todo el cuerpo con Canestén.
Sunday, July 27, 2014
Googling God
He surprised himself by realizing that for the first time the adjectives “omnipresent” and “omnipotent” didn't trigger in his mind the concept “God” but the concept “Google”. He then wondered if eventually the same would happen with words like “holy” or “divine”. It was like that, with an uncomfortable feeling of doubt, that he opened his laptop and Googled “God”. He was looking for the “omnipresence” inside even a bigger omnipresence. Replacing an old and ambiguous concept with a new and technologic one, proving that this one swallows the other. Google explains “God”, can God explain “Google”?
Friday, July 11, 2014
Así en la tierra como en el cielo
A los Estados Unidos no les gustó que una aerolínea extranjera comenzara a tener mucho más auge que las líneas domésticas, TACA (Transportes Aéreos del Continente Americano) responsable de un decremento excesivo en las ventas de las compañías nacionales, fue de pronto arteramente atacada por los consorcios norteamericanos legales y corporativos. Que más impuestos para TACA que es una aerolínea extranjera, que más formas legales e impedimentos jurídicos, que sanciones sacadas de la manga aplicadas directamente a la aerolínea latina, que condiciones, excepciones y límites impuestos sin razón. Cancelaciones, prohibiciones y degradaciones. Todo con el fin de crear un ambiente nocivo para el consorcio latino y mandar al carajo la idea de la libre competencia. Y así muchas aeronaves fueron enviadas a la cárcel, hangares repletos de presos metálicos tatuados en la cola con el logo de TACA, culpables de haber sido demasiado exitosos, en poco tiempo sin mantenimiento ni cuidados mínimos chorreando sangre viscosa de sus motores en plena descomposición. Oxido, gangrena metálica, algunos intestinos pudriéndose y los tejidos desgajándose. Que los reparen! Pero si no hay vuelos no hay ingresos, y si no hay ingresos no hay recursos. Estas líneas (aéreas) fueron retorcidas hasta hacerlas divergentes y no paralelas, zigzagueantes y no rectas, convertidas pues las líneas en un nudo meticulosamente constituido. Los Estados Unidos, Los Establos Hundidos, Los establos undidos, y a la (H) también la encerraron en un paréntesis y nadie escuchó sus quejas y lamentos (es muda la pobre). Y en dichos establos, donde es costumbre llevar todo al extremo, también comenzó la planificación para encontrar un antídoto legal a esta injusticia. Así en la tierra como en el cielo. El editor de la primera plana de un importante periódico latino internacional encabezó la historia de esta desventura con este título, Muy creativo Fernández, muy creativo: "El imperio contra TACA".
Tuesday, June 17, 2014
Los caminos de las vidas
Y si algunos individuos de esta sociedad evolucionaran de esa forma? Al llegar a los, digamos 35 o 40 anos, sufrieran lentamente una metamorfosis a lo largo de un par de semanas hasta convertirse en algo completamente opuesto a lo que eran. Así, un hombre mujeriego y parrandero, un motociclista desenfrenado, un alcohólico degenerado, un perro negro, aceitoso y callejero de pronto un día, sin previo aviso, aunque programado genéticamente desde su nacimiento, se sentiria algo mareado y caería, incapaz de sostenerse en pie, en cama, sabría que su tiempo le ha llegado, no se lo creería, intentaría convencerse de que es cualquier otra aflicción, pero por pena o sufrimiento dejaría de contestar las llamadas de su tropa alcoholisaurica y de sus múltiples amantes y se refugiaría en el silencio y en la autocompasión. Llanto convulsivo, Pechos grandes, desparramados y algo arrugados le crecerían caídos y con los pezones apuntando al ombligo y unas caderas anchas y pesadas formando varios pliegues en su orografía le saldrían a los costados, Vómito nasal, Piernas con varices incipientes y dolores estomacales cada mes, ahora tendría que usar lentes de fondo de botella, -Lero lero, vieja gorda le gritarían los niños a los que algún día les pateo intencionalmente el balón de fútbol al terreno baldío protegido por cinco Rottweilers, También cambiarían sus motivos, sus objetivos, sus aficiones, una irremediable atracción por telenovelas y chismes del corazón se apoderarian de él (de ella?) y le dejaría de gustar la salsa picante y la cerveza que sustituiría por galletitas de mantequilla espolvoreadas con azúcar y leche. Fútbol, The Ultimate Fighter, qué diablos es eso? -Te lo advirtieron y a ti te valió madres- Ella misma se lo recordaría, -Serás completamente diferente, y aunque no lo creas te gustará-. Convertirse en el enemigo, por lo menos en lo que más se despreciaba. En ese entonces se cagaba de risa, -Esas son mamadas, no conozco a nadie que…- se abotonaba los pantalones y salia sin remordimientos del apartamento de una chica llorando de rabia, esquivaba alegremente los objetos que ella le lanzaba. Pero ahora, y de hacer de esta suposición una realidad, ya transformada por completo en otra persona verá en su ropero los sucios atuendos de aquel motociclista del infierno y no le causará nostalgia sino una fuerte sensación de extrañeza, como la de haberse despertado de un incongruente sueño, tirara el 80 por ciento de sus posesiones, desde el principio ya eran basura, conservará la crema de afeitar y los rastrillos, antes para la cara ahora para las piernas, otros artículos como cajas de cigarros, 35 litros de alcohol, paquetes de condones, discos de heavy metal y una colección de ropa interior femenina usada (de talla microscópica y demasiado reveladora para su gusto) serán donados, buscará un gato en donación para hacerse compañía y se aficionará por la cocina y los juegos de lotería los domingos en la tarde en la plaza del barrio. Los mismos niños le apedrearán las ventanas y tendrá que llamar a la policía, –Ahora es una vieja barrigona, ahora corre como niña y no nos alcanza- quien entre risitas y bromitas burlonas le ayudaran a apaciguar a los mocosos. Venderá la moto por una miseria y borrará del celular 239 contactos de mujeres jovenes, cachondas y rebeldes con todo y decenas de fotos y videos de ellas chupándole la verija. Se tocará la entrepierna y solo encontrará una superficie plana y ensortijadamente peluda, se sentirá esterilmente contenta. Volverá a visitar a su mama y hasta le pedirá perdón. Le llevará una canasta llena de pan de dulce que devorarán las dos juntas. La mamá la abrazará y le comenzará a enseñar a tejer. Con un poco mas de confianza en su nueva e inofensiva naturaleza confesará: Inconscientemente estuve deseando que te tocara la metamorfosis, esperé este día por mucho tiempo Rigo, Amanda mamá, ahora soy Amanda Gobea, Y las dos morirán de risa y seguirán tragando pan mientras tejen. Caminará por la calle por la tarde en una falda larga de patrones florales y una blusa morada que le estrangulará los senos cada vez más grandes, La gente se dirá “Ahí va ese desgraciado, el que emborrachó y se cogió a tus primas la Eloisa y la Eugenia te acuerdas” y las mamás le advertirán a sus hijos señalándola furtivamente que de portarse mal la metamorfosis les tocará y los condenará a cambios drásticos y difíciles de conllevar. Les dará una lección como a ese patan borracho del Rigoberto. Y los niños asustados intentarán portarse bien y hacer sus tareas. Sus amigos le dejarán por completo de hablar, menos el Cucaracha y el Moribundo que ahora se la querrán coger y le pellizcarán las nalgas en el mercado de la plaza (actividad vagamente familiar para ella), otros miembros de la tropa alcoholisáurica también cambiarán de la noche a la mañana, no por la metamorfosis sino por miedo de ella, así la sociedad se reciclará y se llenará de nuevos cristianos y deportistas, hombres amables y atentos con las mujeres, considerados con su prójimo, compasivos con otros seres vivos, primero por miedo, luego por convicción, todo con el fin de revertir las severas lecciones de una posible metamorfosis. Sin embargo no todo habrá cambiado para Amanda (antes Rigoberto), quedará el aprendizaje de lo que fue, las lecciones de la experiencia pasada, un punto de vista que entiende e incluye al punto de vista ajeno. Cambiará sus identificaciones personales y a base de continuas reflexiones se volverá tolerante y un poco más sabia. Y ahí va por la calle la chica de la que un día él se burló, ahora ella la mira con mueca llena de malicia e hipócritamente se persigna. Un tiempo después la gente chismorreará, La muchachita esa, la que se la pasaba en la iglesia disque rezando, la muy hipócrita y resbalosa esa que le encantaba que él Rigoberto se la echara al plato, -cuando se juntaban esos dos no me dejaban dormir- se quejará una viejita, Le tocó la metamorfosis y se acaba de convertir en un viejo calvo y panzón que gusta de toquetear a los muchachos del barrio. Los caminos del señor son misteriosos y no están pavimentados.
Thursday, April 24, 2014
Contradicción de farsas
Contradicción de farsas. La presentadora de noticias del noticiario estelar de un canal predominante. Su maquillaje, la primera farsa, que pretende hacerla ver natural, fresca, jovial y atractiva, impregnada de belleza clásica, respetable, digna de confianza, encantadoramente conservadora, de consumada belleza intelectual; Así pues, ésta noche las noticias de la tarde a cargo de un ángel sofisticado. La segunda farsa, (la que impide la total efectividad de la primera) la indignación del ángel ante la noticia de un horrendo crimen, gestos de infinita desaprobación y verborrea escandalizada ante un video que se repite y se repite (y se repite). La realidad; una mujer caucásica a mediados de sus 40 frustrada por relaciones sentimentales infructuosas y deprimida por la aparición excesiva de várices en las piernas; espera la pausa ansiosamente para salir a fumar un cigarro.
Saturday, April 19, 2014
Paradise Found
Y las velas, y los rezos, y estar de pié, y ahora sentado, y ahora párate de nuevo, y los cánticos ridículos, y todo eso, todo, todo, toditito se puede ir a la mierda. ¡A la misa no! Advierte desde ya Leobardo. Y además, los pinches niñitos, sobrinitos de no sé quién, primitos de no sé quién correteándose por ahí como pendejos, y el disque pastor haciéndose el santo, el simpatiquito y el muy sabio, ¡nel! ¿Verdad Silvina, que a mí nunca me ha gustado ir a las misas? Ya déjenlo en paz al pobrecito, si no quiere ir a la misa que no vaya y ya. A la fiesta iré, y nada más para conocer viejas. ¿El vaso medio vacío o medio lleno? Pero no me pidan milagros. Te pasas pinche Bardo, ya ni porque es la boda de tu primo dice El Orejón. Y además, el wey es un primo lejano, de esos que de pronto le saltan a uno de no sé dónde; y de repente un día en una reunión familiar de esas de cuando alguien se muere me salió el cabrón de la nada. Mira Bardo, te presento a Julián Estrada, nieto de Amanda tu tía-abuela, la sobrina de tu bisabuelo Alfonso, ¿Alfonso? Si, el General Alfonso Urrieta cuñado de Catita. Ah Catita, si si, de Catita. ¿Hijo de Amanda? ¡Hijo de la Chingada que! Mucho gusto, Leobardo Zúñiga. Y su sonrizota de aparecido en el momento justo, de ya te presentaron conmigo y ya te chingaste. Pero eso sí. Estás invitado ¿eh? y Perdona que no te dé invitación ¿eh?, pero pues no te conocía jaja. Pues si verdad ¡jaja! Pero ya te escribí la dirección aquí en esta servilleta. Hay que seguirle la corriente luego a estos pendejos, uno no sabe cuándo podría uno necesitar de ellos. ¿El vaso medio vacío o medio lleno? Y aquí está la información de la mesa de regalos. Y el muy cabrón trague y trague bocadillos de paté de pato. Bueno Bardo, primo cercano o no una boda es una boda, te echas un bailazo y te tragas todo lo que veas para desquitar esa freidora. Si Bardito, directo a la langosta compa. Gracias Silvina, gracias pinche Orejón. Los compañeros de oficina, una especie de alter-ego colectivo, un montón de espejos que delatan las distintas condiciones de uno mismo en momentos diferentes de mediocridad. Un montón de otros yo. Y llega el día, y durante la hora de la misa Leobardo se viste con calma y se felicita por no haber asistido, y se imagina a la bola de pendejos ahí en la iglesia Santa Nosequémadres, y se felicita nuevamente con una sonrisa a muecas mientras se arregla la corbata. En su coche el GPS nuevo, a ver, a ver… Destino, Colonia, Calle, P-A-R-A-O no, no, I-S-O “Paraíso”, “Lomas del Paraíso”. Número: S/N. ¿Colonia otra vez? Bueno, Héroes de… ¡ahí está! Se tardó un rato en “encontrar destino” pero ya, y bueno, hasta el GPS se tarda en encontrar destinos en países como México donde los destinos para casi todos son un tanto inciertos. Y en su cumpleaños pasado. ¡Que lo abra! ¡que lo abra! Ay gracias mamá, ¿qué es? jaja. Es un GPS Bardito, para que no te me pierdas. Si, para que no te andes metiendo donde no se debe. Jaja. Pinche Orejón tan cagado ¿no? En el camino Franz Ferdinand es el copiloto. 10 kilómetros fuera de la ciudad y das vuelta a la derecha, 20 kilómetros fuera de la ciudad hasta la glorieta, 30 kilómetros fuera de la ciudad y cruzas San Nosequéchingados y sigues de frente por la desviación de la izquierda, vas a ver una fábrica de huevos con muchas vacas. ¡Pero si las vacas no ponen huevos! Pues no sé tú, pero es de huevos y hay vacas, ¿qué le vamos a hacer no mi Bardo? Las instrucciones pendejas de El Orejón no se comparan al poder de orientación de mi nuevo GPS. 25 minutos para llegar a destino por la izquierda. Y las casitas, y la chosas, y las vaquitas flacas flacas, Y, 10 minutos para llegar a destino por la izquierda. Y ¿qué lugar para celebrar una boda no? me pregunto si los demás invitados no se perderán. Franz Ferdinand ruje y ruje. Y, cinco minutos para llegar a destino por la izquierda. Y ¡ah cabrón, un zorro atropellado! No era un zorro era un pinche perro, no, no, era un zorro me cae. Y, dos minutos para llegar a destino por la izquierda. Que raro, por aquí no se ve nada, Lomas del Paraíso se lee en el GPS, pero aquí no veo ningún paraíso, las lomas sí pero el paraíso no. Llegando a destino por la izquierda. ¿Aquí? ¿en medio de la carretera? ¿en medio de la nada? Y Leobardo se baja de su Jetta gris con salpicadera colgante. Se estira el traje, se lo desarruga un poco. Pero aquí no se ve nada, ni se escucha fiesta nada, ¡pinche GPS! ¿El vaso medio vacío o medio lleno? ¡Lleno! ¡lleno! ¡el vaso medio lleno! Reitera Leobardo y se intenta convencer de seguir la actitud adecuadamente positiva, positivamente adecuada. Una repentina frustración lo traiciona. ¡Lleno de mierda! ¡El vaso, el pinche vaso lleno, pero lleno de mierda cabrón, llenitito de mierda, hasta el tope, desbordando de cagada el pinche vaso culero! Y Leobardo se jalonea los canosos pelos y sentado en el cofre de su Jetta se llena las nalgas de mosquitos muertos embarrados en el camino. Está a punto de llorar, ¡Quiere llorar, quiere llorar! Y se acuerda de El Orejón contanto chistes crueles de Pepito. Entre los árboles una luz extraña que no combina con el resto del paisaje. Una luz como artificial, como que no la puede producir nada que no sea humano. Y Leobardo abre los ojillos mediocres que tiene y estira el cuello, se sale del acotamiento y pisa la hierba, las matas secas, algunas con esas espinitas mamonas que se le quedan pegadas a uno en el pantalón y que luego no sé cómo le aparecen a uno hasta en los wevos. Un coche verde con las luces encendidas, está chocado de frente contra un árbol, es un Pontiac Sunfire, de esos color pasta de dientes marca “Comercial Mexicana”, de esos que nadie quiere ni regalados, una tartana ganapanera como dice El Orejón pues. ¡No mames! una vieja ahí adentro, de cara contra la bolsa inflable, el airbag para que me entiendas Silvina, y con un hilito de sangre corriéndole por la cien, Y se quejaba, ¡Ay, ay, ayúdenme! No mames, y fue entonces cuando le ayudaste ¿no Bardo? ¡Claro! Señora, señora, ¿me escucha, me entiende? Y la señora, Sí, ayúdeme, ayúdeme por favor, Y como puede la ayuda a colocarla de nuevo contra el respaldo del asiento, y luego luego llama a la ambulancia que llega como en 15 minutos, Hasta eso rápido los cabrones, La suben y le hacen las primeras preguntas. Y el otro paramédico ¿La conoce? Pues no pero… ¡Acompáñenos! Leobardo le calla el hocico a Franz Ferdinand, cierra el Jetta, le pone la alarma, aquí no le pasa nada. Y Bardo se trepa a la ambulancia. Primeros auxilios y la mujer se queja pero parece que está bien, Una sirena endemoniada recalcitra sobre sus cabezas, Una pierna bastante lastimada pero que asegura el paramédico está en buen estado y se salvará sin problemas. La mujer instintivamente toma a Leobardo de la mano y le sonríe. Gracias jóven, ¿Porqué le dicen “joven” a uno si ya está bastante ruco? No se preocupe señora, Y no es muy señora como quién dice, tiene como 15 años menos que él, unos 35 diría él. Y hasta está guapa la mujer. Ahhhh, canijillo, dice Silvina. ¿Qué andaba haciendo por ahí señor? pregunta el paramédico, ¿es familiar de ella? No, no, la encontré por casualidad, estaba buscando una dirección, la boda de mi primo en Lomas del Paraíso. ¡Uy! pero eso está muy lejos señor, como a una hora de aquí, estaba bien perdido don. Fue un milagro la verdad, un milagro que la encontrara digo. La paciente tose y luego se ríe. Mira, accidentada pero contenta, no se me ría mucho señora, tranquilita ahí. Leobardo pregunta, Disculpe señora pero ¿qué le da risa? Que usted estaba buscando Lomas del Paraíso y me encontró a mí, ¿Y eso qué tiene de gracioso señora? me parece hasta increíble que esté bromeando así en las condiciones que está, fue un verdadero milagro encontrarla, un pelito y... Saque por favor mi licencia de mi bolso del pantalón, pero con cuidadito. Leobardo la mira extrañado, Sí, sí, ándele, sáquela y lea mi nombre. Leobardo con cuidado mete la mano al bolsillo izquierdo del pantalón de la señora, saca una cartera negra y atiborrada de cosas, le abre el cierre que se atasca un poco con una liga. Un papel de baño manchado de labial, un brillo de uñas, tarjetas de presentación de abogados y al fin, su licencia, ¿Su licencia señora? ¿Quiere que lea su licencia? Si, lea mi nombre. Leobardo queda en shock metafísico. “María del Paraíso Solís Castaño”. Leobardo nunca fue a la boda de su primo a Lomas del Paraíso pero el GPS le ayudó a encontrar las Lomas, y también el Paraíso. María del Paraíso es ahora su segunda esposa y literalmente es el amor de su vida. ¿Pero cómo hay así historias verdad? dice Silvina con voz filosófica. Unos meses después de casarse Leobardo con María del Paraíso regresa la nueva pareja a buscar el lugar exacto donde la había encontrado. Leobardo pone en su GPS las mismas instrucciones que puso aquél día. “Lomas del Paraíso” pero esta vez el GPS lo guía hasta un lugar completamente diferente, a la entrada de una especie de rancho que tiene un letrero en la entrada “Salón de Eventos Lomas del Paraíso”. Silvina concluye: Y es así como Bardito encontró el paraíso, gracias al GPS que le regaló su mamá ¿verdad Bardito? Chiaaale, Opina el pinche mamón de El Orejón Samarripa.
Sunday, February 16, 2014
Mariangela
Me vas a hacer llorar. Si, pero sabes que no es por lastimarte. Lo menos que quiero es hacerte daño. Ella tiene los ojos del color de la miel de maple. Bueno, pero sólo lloraré un poco. Gracias, en verdad te lo agradezco, sabes que tus lágrimas son especiales. Y si tú levantas un poco su blusa, la tomas de la cintura y le tocas suavemente el ombligo con los pulgares, quizá baste con leves roces circulares, ella tendrá una mezcla de cosquillas y placer, después comenzará automáticamente a llorar, lágrimas enormes brotarán de sus ojos y resbalarán lentamente por sus rosadas mejillas; lágrimas dulces y chiclosas, lágrimas de miel de maple. Mira, te estás manchando la blusa, por favor Mariangela, procura llorar sobre mis hot cakes.
Thursday, December 12, 2013
Jazmín y la lámpra maravillosa
La muy puta de Jazmín, que durante una noche de extremo calor mientras dormía dijo entre sueños y entre sábanas de satín que se cogería al fakir sobre una cama de púas.
Su mano bien firme sobre el miembro de Aladín. Éste entredormido no la había escuchado, o no la había querido escuchar; pero su mano dormida se las había arreglado como serpiente que se desliza entre la hierba para buscar su miembro y con fuerza envolverlo, apretarlo, poseerlo. Y de su boca la tibia saliva que hubiera servido para escupirle y lubricarlo o para llevarse un chorro al culo y prepararlo, chorreaba descendiendo por sus mejillas hasta mojar la sábana mientras balbuceaba ordenanzas obsenas de ser penetrada. Ella sabía muy bien donde guardaba él la lámpara. Este Aladín hijo mío es de character débil había dicho una vez su madre, Aladín había recordado su infancia por un segundo mientras Jazmín lo tenía bien sujeto del palo y deliraba. El muy pendejo se había creído que no sólo había escondido bien la lámpara sino que no había razón alguna para que nadie, y mucho menos su fiel y amada esposa Jazmín la buscara. ¡De ninguna manera, esa lámpara está bien segura! Se había mentido él mismo. Tendrá que crecer y aprender a las malas a su madre en su cabeza. ¿Acaso no lo tenía ella todo? ¿No vivía ella en un palacio de dimensiones exacerbadas y colmada de lujos indescriptibles? ¿No tenía en su jardín la colección de todas las flores de la India y de más allá? ¿ Y los perfumes más exquisitos, las alhajas más caras y deslumbrantes y decenas de súbditos a su completo servicio? La muy puta de Jazmín, que a los 9 años se untaba miel en la vagina para que una cabra pequeña la lamiera. Ya te lo decía tu madre Aladín, Para una princesa como Jazmín la ambición jamás es suficiente, siempre hay algo más que deba ser poseído, algún territorio más que deba ser explorado, un alma más que deba ser capturada por su belleza. Y tanto es así que un día que Aladín había salido de cacería a los lejanos bosques del sur del reino Jazmín había entrado a la habitación donde estaba la lámpara, y la curiosidad mató más que tan sólo a un gato, la llave de plata ya estaba entre sus tetas espolvoreadas con brillantina dorada. Sabía perfectamente dónde estaba. La muy puta de Jazmín, que a pesar de no haber cometido adulterio organizaba orgías entre doncellas y guardias y desde un balcón veía y se masturbaba. Abrió con facilidad el cerrojo y ahí la vió envuelta, en el mismo trozo de seda con los patrones de elefantes blancos y rojos que recordaba a la perfección, la sacó con cuidado evitando cualquier
tipo de roce con el fin de no anticipar la salida del genio.
La caída del Sol, el retorno de Aladín a palacio, sus ayudantes que al bajar se hacen cargo de su caballo, lo hacen descansar, lo limpian, lo alimentan. Y Aladín que extenuado se quita de una a una las herramientas de cacería. Jazmín, ¡querida! y Jazmín que no contesta. Dónde se ha metido, no lo sabemos señor, pero la vimos hace no más de dos horas entrar a la habitación principal. ¿Querida, Jazmín, estás ahí? los pasos acelerados de Aladín, Es un muchacho muy noble, temo que me lo van a lastimar, y Aladín que la puerta está cerrada, que no me contesta, ¿se habrá hecho daño? Dos de sus guardias más cercanos le ayudan a forzar la cerradura de la puerta. ¡Jazmín, Jazmín!, el cerrojo de la puerta que finalmente cede y una cortina blanca y larga que ondea suavemente con el viento que entra por la ventana. Por acá señor, detrás de la mesa señor. Y el guardia cubriéndose la boca y mirando al suelo. Aladín y sus piernas que flaquean. Jazmín tirada en el suelo completamente desnuda, las piernas abiertas y con la punta de la lámpara bien encajada en el coño. La muy puta de Jazmín, que después de tomar la lámpara y colocarla suavemente en el suelo se había quitado el velo, luego la túnica y demás prendas interiores, también la manta de seda que cubría sus partes más íntimas, las que sólo conocía Aladín, y alzando la lámpara había visto su hermoso cuerpo reflejado en su superficie metálica. ¿La puerta estaba bien cerrada? sí, bien y firmemente se aseguró. Y primero el reflejo de su cara, distorsionada por el metal pero también por un deseo extremo, más abajo el reflejo de sus senos perfectos, luego su ombligo, ahora pequeño como un puntito y ahora más grande como una rodaja de naranja. Juega con el reflejo de la lámpara Jazmín, como la inocente niña que no eres. Después sus pelos ensortijados, de los que una vez había cortado unos cuantos y se los había hecho llegar en un sobre a su guardia favorito. Se había recostado boca arriba y se había insertado la punta de la lámpara en el coño, las piernas bien abiertas, y su sexo chorreando líquidos calientes, como un géiser de magma incandescente. Frotó la lámpara y liberó al genio al interior de sus entrañas. Una esencia vaporosa y fría, tan fría que parecía líquida y tan líquida que parecía eléctrica. Cientos de miles de deseos hechos realidad al mismo tiempo en su coño, un colmillo de elefante embistiendola fuertemente, las lenguas de 5000 bestias felinas lamiéndole el clítoris, el poder de una cascada entera cayéndole sobre la vagina. La lámpara maravillosa, el miembro viril por excelencia, y sus ojos se llenaron de lava, y una estrella explotó en su clítoris derritiéndolo como un bombón al fuego. Los ojos en blanco por dos, tres, cuatro, diez segundos, los ojos en blanco por siempre. Días después de que Aladín desapareció fue necesario frotar la vagina del cadáver como si fuera la lámpara misma para liberar al genio de sus entrañas, al parecer el genio se rehusaba tajantemente a salir en esta ocasión de ahí.
Tuesday, October 22, 2013
Ying Yang
Los tejados
hechos de lámina y concreto caliente, muros de ladrillos ennegrecidos y
pinturas que hace mucho dejaron de ser brillantes, bordeados de varillas
dobladas, tejados habitados por elementos varios que los adornan, destellos irregulares
propios de pedazos viejos de cristal cansados de ser traslúcidos, cuerdas que
ancianas muestran sus filamentos, llantas que alguna vez giraron y giraron y
que ahora almacenan agua estancada en sus panzas de hule, estanques fértiles de
mosquitos que también adoran desfilar en carnavales. Allá un costal con madera
y clavos, más allá un zapato rojo de mujer harto de bailar samba. Los tenedores
oxidados que en algún momento fueron robados, el balón de fútbol que entró mil
veces en porterías fabricadas con un par de piedras. Los tejados de las favelas
de Rio en la tarde de un viernes. La gente regresa a sus casas, niños de ojos
brillantes se corretean en sus laberintos multicolores, ancianas que acarrean
bolsas medio vacías de víveres, el hocico de una moto que rezonga en la lejanía.
Y las nubes que se aproximan son como hielos que caen en un sartén caliente, y lo
enfrían de golpe, y lo hacen más fresco y más habitable para los rítmicos seres
que ahí tocó vivir. Algo de comer, una siesta y una fiesta, o dos, o tres, o
mil, seguramente más noche, pero por lo mientras que se enfríe el sartén, que
descansen los pies fatigados de caminar, los hombros de cargar cajas o las
manos de hacer tareas exasperantes. Dos gatos en el tejado, nada más importa,
uno blanco restregándose el lomo contra la superficie, otro negro que sentado
en el borde de una barda sigue con interés el movimiento de su cola. El blanco
permanece inmóvil meneando la cola sobre el concreto caliente, el negro decide
bajar a jugar con ella, el blanco sin inmutarse permite al negro jugar con
ella, el negro en una de esas salta sobre la panza del blanco y éste se queja,
se muerden las patas y las orejas, se persiguen, se alcanzan y se revuelcan enérgicos
en la superficie caliente del tejado, todo es juego, todo es parte de lo que de
un amigo se puede tolerar; cansados ya se lamen las cabezas, y entrecerrando
los ojos y estirando las patas, dos gatos ronroneantes quedan en dormidos en
una maraña blanca y negra, negra y blanca, con la cola de este por allá, con
las patas del otro por acá, en un círculo casi perfecto de simetría bicolor.
Una niña de tres los había observado por una ventana, ríe y señala la escena a
su mamá. –Sí hija sí, los gatitos- ¡Miau! dice la hija y ríe entonces la mamá
cargando a su hija y llevándola a la mesa a comer. Un Ying Yang natural se ha
formado, qué importa si es con gatos. Una brisa diurna, cálida y con esencias
de mar menea los pelos del cuerpo de los pequeños felinos, el blanco aún
dormido tan sólo sacude una oreja, el negro sin abrir los ojos se cubre con la
pata los bigotes; y de pronto, en ese mismo momento pero a miles de kilómetros
de ahí cerca de Berlín, un hombre negro y una mujer blanca que finalmente
vencieron los prejuicios de sus familias y de la sociedad han decidido casarse
y se dan un beso apasionado. En un pueblo de Rusia, sentado en la mesa de una
pequeña cocina, un genio matemático grita de felicidad al haber encontrado el
patrón de movimiento que rige a ambos, los astros en el cosmos y los átomos que
forman la materia. En una costa de la Nueva Zelanda un hombre de 30 años que
perdió a su padre en la guerra de Vietnam firma los documentos que completan el
proceso de adopción de un niño que perdió al suyo en un accidente ferroviario
en Chile. En un punto de la frontera entre Estados Unidos y México una señora
estadounidense cruza las aduanas en una camioneta repleta de ropa y alimentos con
destino a una comunidad muy pobre del norte de México. En un poblado de
Tanzania un hombre moribundo y sordo de nacimiento tiene la certeza de estar
escuchando por primera vez las olas del mar que rompen contra la playa y una
sensación de extrema felicidad lo acompaña en su partida. Unas cuantas gotas de
lluvia han caído ya sobre los tejados de las favelas de Rio, primero uno y
luego el otro los gatos se han levantado y han buscado el refugio más cercano.
La tarde cae sobre una mitad del mundo, el Sol sale por el horizonte de la otra
mitad. Siempre sutiles y completamente desapercibidos son los mecanismos de
equilibrio que gobiernan los eventos más afortunados de este planeta.
Thursday, April 18, 2013
Antes de que me vaya
La ropa sucia, la pila de platos sin lavar, el refrigerador vacío, hambre, mucha hambre mal saciada, y llanto, del amargo, del que le corre el rímel y se lo deja pegado a las mejillas, del que hace que la garganta sepa a sal. La televisión hablando, diciendo esto y aquello, saturándolo todo de esmerada estupidez, de entusiasmo deprimente. Estela está sola en casa, junto con las moscas, los síntomas de una decepción amorosa; el pelo en desorden, los restos del color que hace tres meses saturaban de buganvilia sus uñas, una planta muerta, y el bebé de la vecina que no deja de llorar, como ella, Estela. El aire está viciado y embadurna las paredes de gris melancolía. Se resfriaron las ventanas y se les empañó la cara, al baño le dio dolor de muelas y no quiso tragar más lo que acostumbraba, a la alfombra de la entrada le duele la cabeza por ese lodo seco y lleno de hojas muertas, y el ropero vomitó y lo dejó todo regado de textiles colores por el suelo. ¡Que se calle ese maldito bebé! Quieran las doscientas colillas de cigarro que desbordan al cenicero sobre el buró transformarse en diminutos gusanos y carcomerle el alma a mordiscos a Estela. -¡Pero Estela mujer!...- dice la tía Nidia que está de incómoda visita. -Ya componte mija, báñate, ponte algo, échate perfumito y háblale a la Lety que está pregunte y pregunte por ti.- Y le lava los platos, y le saca la basura, y le tiende la cama, y la satura de atenciones. Y haciendo que los platos choquen al guardarlos apresura -Píntate los labios, ponte bonita, tanto muchacho guapo por ahí y tú aquí encerrada.- No es Estela la que fastidiada ofende a su tía y la saca de mal modo de su casa, sino esa mugre depresión que la hace decir cosas que en realidad ni siente. -Ay mijita, que tristeza verte así, pero allá tú- Y los minutos como bacterias se aparean y engendran las horas que corrompen al día y lo hacen atardecer. Unos pasos en la escalera, alguien que se detuvo justo frente a su puerta, el óvalo de cristal amarillo y adornado con ridículos patrones florales enmarca una silueta, suena el timbre. Es un hombre, al parecer de la misma altura que Iván y que trae una camisa verde limón como la que ella le regaló hace 5 meses en su cumpleaños. Se acelera su corazón y también sus pasos hacia la puerta. La abre y es él. Iván ha vuelto, tiene ese ridículo peinado de copete engomado y en su muñeca izquierda su reloj de los Transformers. Iván Iván, nunca dejarás de ser un gran niño- ¿En son de paz? ¿Para reclamar algo? Pero Iván sonríe, se acerca a ella y la besa, ojalá se hubiera lavado los dientes antes de abrirle la puerta. No hay palabras, se las lleva el viento, en éste caso el viento viciado del que hablábamos. El bebé de la vecina por fin se ha callado. Ojalá que su madre lo haya electrocutado. Estela lo toma de la mano y lo lleva a la habitación, Estela se promete que llamará a la tía Nidia, se disculpará con ella y le agradecerá haberle tendido la cama. Y el amor se hace, contenido por tres meses desesperados, surge tierno, dulce y espontáneo, se eleva e invade esta habitación, ahora aquella, envuelve con su manto las revistas del librero, los retratos del pasillo, los cojines en el sofá, como una nube que todo lo abarca, como el genio maravilloso de una lámpara. Y los tres deseos se conceden, y aún más, para el rencuentro de los enamorados no hay restricciones que valgan, la atmósfera es cálida pero de boreales colores, el amor se propaga por el edificio entero como un incendio que devora en segundos los árboles de un bosque en otoño; la vida vuelve a serlo, hasta la planta muerta ha sacado de no sé dónde un pequeño retoño, la fotosíntesis no sólo la produce la luz del Sol, también la del amor. Y la noche engulle todo el edificio y lo sumerge en entrañas hechas de silencio y de paz. Sólo los autos en la avenida respiran. Iván queda dormido después de hacer el amor, como siempre, como en los viejos tiempos, y a pesar de que ni una sola palabra se ha dicho ya se dijeron más de mil, todas ellas positivas, todas ellas alentadoras. Por fin el cenicero se ve liberado de las doscientas colillas y se le prepara para una nueva carga. Este cigarrillo, el que Estela ahora fuma, va para agradecer el regreso de Iván. La televisión no se ha callado por días enteros, es hora de cerrarle ese obsceno hocico electrónico. Y es así, que cuando Estela busca el control en las partes íntimas del sofá que en un corte informativo se da a conocer un accidente ocurrido. Luces de sirena intermitentes golpean media cara del reportero, detrás de él una grúa y decenas de hombres que ayudan a sacar un auto rojo del fondo del río que está cerca del departamento donde Iván se había mudado. Una parte del borde del puente hace falta, se ha despedazado con el mortal impacto. Queda claro, el auto perdió la dirección, chocó contra el muro de contención y cayó al río. Pero mira, el auto es idéntico al de Iván, la grúa tira y lo saca lentamente del río. Y más desconcertante aún, las placas del auto comienzan con los mismos tres números que el auto de Iván, de las letras siguientes Estela no se acuerda. Lleno de plantas acuáticas la grúa lo deposita a un costado del río. Y el reportero -Ya tenemos información del cuerpo encontrado dentro del vehículo, el cadáver fue identificado como el joven de 25 años Iván Dueñas, repito, Iván Dueñas es al parecer, la única persona que perdió la vida en este trágico accidente…- Una mano automática cubre la boca abierta de Estela, demasiadas casualidades, las piernas tiemblan, pero es que no puede ser, el estómago recibe el golpe de un litro de ácido bombeado desde su hiel y un enjambre de abejas ha incrustado su panal en la cabeza de Estela. Y el reportero como echando limón a la herida –…Expertos forenses dicen que el cuerpo de este joven llevaba por lo menos 36 horas en el río, en su pantalla puede ver la identificación encontrada en la cartera de éste joven.- Las rodillas de Estela impactan sobre la alfombra, -Es imposible, es imposible dios mío- pero la imagen contundente aparece enseguida en la pantalla, y Estela a punto de desmayar. Es el cuerpo sin vida de Iván llevado por dos bomberos, su camisa verde limón completamente mojada y en su muñeca izquierda su reloj de los Transformers. ¿Cómo pueden las piernas de Estela llevarla a su habitación? ¿Cómo su voluntad ha vencido el miedo a lo que no se entiende y la ha dirigido a donde ha dejado a Iván dormido? Enciende la luz y las cobijas y las sábanas están revueltas, pero Iván no está. Detrás de la cama, nada, en el baño, tampoco. ¡Iván!, ¡Iván! Gracias a la perfección con la que el cuerpo humano está diseñado Estela pierde el conocimiento.
La tía Nidia que todo lo ha perdonado, su mamá, Lety, su papá, también el tío Clemente, todos están ahí a su lado; Lety, que sonsacada por la tía Nidia fue a visitar a Estela se preocupó cuando nadie respondió a la puerta después de repetidos intentos. Que en cualquier otra ocasión hubiera pensado que Estela se estaba bañando, pero siendo que se encontraba en ese estado tan depresivo sin pensarlo buscó ayuda, que al poco rato se encontró al vecino que había sido mecánico de aviones, y que él fue el que forzó la puerta del departamento, que ay Dios mío, que casi le da un infarto a ella también, tan sólo para encontrar a Estela inconsciente en el suelo de su habitación. -Hiciste lo correcto mijita- celebra la tía Nidia, en tu caso yo hubiera hecho lo mismito. Y ya, recuperándose, Estela les pregunta por Iván. A veces el silencio también es una mala respuesta. Y Estela llora. -Lo sé todo, Iván está muerto, el accidente en el puente, su auto en el río, pero si él estaba conmigo, las placas comenzaban con los mismos números, había llegado, de los demás números no me acordaba, nos habíamos besado, lo sacaron todo mojado al pobre, habíamos hecho el amor, pero en las noticias lo mostraban todo, y traía la camisa verde limón que le regalé, el coche estaba lleno de enredaderas, se acuerdan de ella, segura de que estaba en el cuarto dormido, mostraron en la pantalla su identificación, pero no podía ser ella pensaba… Que se calme dice el doctor, -necesita descansar, ha sido una noticia muy dura para la niña-.
Tres semanas después Estela no es la misma, no quiso volver a su departamento ni dormir en su cama, no quiere estar sola, sus padres la han recibido con los brazos abiertos de nuevo en su casa. -Te ayudaremos a sacar tus cosas y a vender ese departamento. Sí, lo prometemos, menos la cama-. Y Estela poco a poco se siente mejor, se obliga a creer que todo fue culpa del estrés emocional, de la depresión tan fuerte, de la medicina que estaba tomando, de la falta de sueño y alimentos sanos. Pero Estela se siente extraña, pide que la acompañen, precisamente ese día un mes exacto después de lo ocurrido con Iván, a la clínica del centro. Que es la mejorcita, que ahí yo conozco al doctor y es muy bueno dice su mamá. Le toman el pulso, le checan los reflejos, la vista, el oído, finalmente le hacen pruebas de sangre y de orina. El doctor sale de su laboratorio después de unos minutos con un objeto blanco y plástico en la mano y una cara sonriente. -¿No es una recaída verdad doctor?- Una sonrisa de bigote profesional. –No, que va, usted lo que tiene querida es que tiene un mes de embarazo-.
El pequeño Julio Dueñas ya tiene 5 años, es igual a su padre, o a lo que fue de él. Iván nunca se lo hubiera imaginado. Estela sabe que fue Iván el que la visitó esa noche, quizá para despedirse de ella, quizá para darle lo que ella tanto había deseado de él. La familia de Estela sabe que la chica no miente pues los acontecimientos concuerdan, o quizá particularmente en este caso porque no concuerdan. La tía Nidia explica, -Sea pues Dios como tú lo mandas, Julito nació a partir de tu presencia divina, tal y como lo hiciste con tu hijo Jesucristo-. Se persigna, pero hay opiniones más burdas, como la del tío Clemente, que a pesar de que nadie pida su opinión nunca faltan. –Sólo hay algo peor que ser hijo de puta, y eso es ser hijo de fantasma- ¡Ay por Dios Clemente! Que deje de decir tonterías comanda la tía Nidia.
La tía Nidia que todo lo ha perdonado, su mamá, Lety, su papá, también el tío Clemente, todos están ahí a su lado; Lety, que sonsacada por la tía Nidia fue a visitar a Estela se preocupó cuando nadie respondió a la puerta después de repetidos intentos. Que en cualquier otra ocasión hubiera pensado que Estela se estaba bañando, pero siendo que se encontraba en ese estado tan depresivo sin pensarlo buscó ayuda, que al poco rato se encontró al vecino que había sido mecánico de aviones, y que él fue el que forzó la puerta del departamento, que ay Dios mío, que casi le da un infarto a ella también, tan sólo para encontrar a Estela inconsciente en el suelo de su habitación. -Hiciste lo correcto mijita- celebra la tía Nidia, en tu caso yo hubiera hecho lo mismito. Y ya, recuperándose, Estela les pregunta por Iván. A veces el silencio también es una mala respuesta. Y Estela llora. -Lo sé todo, Iván está muerto, el accidente en el puente, su auto en el río, pero si él estaba conmigo, las placas comenzaban con los mismos números, había llegado, de los demás números no me acordaba, nos habíamos besado, lo sacaron todo mojado al pobre, habíamos hecho el amor, pero en las noticias lo mostraban todo, y traía la camisa verde limón que le regalé, el coche estaba lleno de enredaderas, se acuerdan de ella, segura de que estaba en el cuarto dormido, mostraron en la pantalla su identificación, pero no podía ser ella pensaba… Que se calme dice el doctor, -necesita descansar, ha sido una noticia muy dura para la niña-.
Tres semanas después Estela no es la misma, no quiso volver a su departamento ni dormir en su cama, no quiere estar sola, sus padres la han recibido con los brazos abiertos de nuevo en su casa. -Te ayudaremos a sacar tus cosas y a vender ese departamento. Sí, lo prometemos, menos la cama-. Y Estela poco a poco se siente mejor, se obliga a creer que todo fue culpa del estrés emocional, de la depresión tan fuerte, de la medicina que estaba tomando, de la falta de sueño y alimentos sanos. Pero Estela se siente extraña, pide que la acompañen, precisamente ese día un mes exacto después de lo ocurrido con Iván, a la clínica del centro. Que es la mejorcita, que ahí yo conozco al doctor y es muy bueno dice su mamá. Le toman el pulso, le checan los reflejos, la vista, el oído, finalmente le hacen pruebas de sangre y de orina. El doctor sale de su laboratorio después de unos minutos con un objeto blanco y plástico en la mano y una cara sonriente. -¿No es una recaída verdad doctor?- Una sonrisa de bigote profesional. –No, que va, usted lo que tiene querida es que tiene un mes de embarazo-.
El pequeño Julio Dueñas ya tiene 5 años, es igual a su padre, o a lo que fue de él. Iván nunca se lo hubiera imaginado. Estela sabe que fue Iván el que la visitó esa noche, quizá para despedirse de ella, quizá para darle lo que ella tanto había deseado de él. La familia de Estela sabe que la chica no miente pues los acontecimientos concuerdan, o quizá particularmente en este caso porque no concuerdan. La tía Nidia explica, -Sea pues Dios como tú lo mandas, Julito nació a partir de tu presencia divina, tal y como lo hiciste con tu hijo Jesucristo-. Se persigna, pero hay opiniones más burdas, como la del tío Clemente, que a pesar de que nadie pida su opinión nunca faltan. –Sólo hay algo peor que ser hijo de puta, y eso es ser hijo de fantasma- ¡Ay por Dios Clemente! Que deje de decir tonterías comanda la tía Nidia.
Saturday, February 16, 2013
La Caravana de la Excomunión
Ya están aquí. Hizo a un lado la cortina con una rugosa mano distinguida con un gran anillo, contrastante tanto en color como en constitución, como una moneda de plata sobre un montón de las cenizas que dejó la combustión de un papel quemado. Después, se asomó por la ventana. Su cuerpo se estremeció, sus entrañas se retorcieron y su corazón se tambaleó como una gelatina flácida. Tragó saliva. Mire Cardenal, miles de jóvenes ahí abajo gritando, insultando, mostrando su insolente irreverencia. Mantenga la calma Santo Padre. La calma la calma. Un enorme avión pasó e interrumpió el flujo constante del pensamiento con el rugido de sus motores, como un gran bostezo divino, como un dios que está en el cielo y que invisible se aclara la garganta. El Santo padre, o sea el Papa, es un ser muy débil, no por su avanzada edad o por su delicada salud, sino por la ignorancia que se le ha desarrollado a partir de una mente mediocre, por su falta de bondad, de real y tangible compasión. La santidad que se le atribuye es una farsa. La de sus predecesores también lo ha sido a lo largo de los siglos. El lo sabe, los demás lo saben, él sabe que los demás lo saben y viceversa. Es una farsa retroalimentándose cínicamente, una serpiente hambrienta tragándose a sí misma, El Cardenal permanece de pié detrás de Su Santidad, se limpia las gafas con la orilla de un atuendo blanquísimo. Y con voz que intenta aparentar firmeza asegura, No hay de qué preocuparse Padre mío, todo está arreglado. La fuerza pública solo se encargará de contener la multitud, no habrá violencia, los encabezados de los periódicos de la tarde y los temas de los noticieros de mañana están ya escritos, ya sea a nuestro favor o bien omitiendo completamente lo sucedido. Nada se sabrá, o tan sólo se sabrá una versión muy disminuida del asunto, un reflejo muy pálido de la realidad. El Papa tiene aún los ojos calvados en la multitud de jóvenes, con ira y desprecio los espía a través de una ventana en la parte alta del edificio. Su Mirada puede salir de la ventana pero a su vez, ninguna mirada puede regresar, está resguardado tras un velo cristalino pero ahumado. El Santo Padre contempla la burla. Un joven de pelo largo orina sobre un afiche del Papa, sobre su propia imagen, sobre él mismo en una pose que parece la de un político en campaña; los jóvenes que lo rodean lo celebran frenéticamente, y la meada sobre el afiche se vuelve un pequeño festejo colectivo. Sobre el hombro del Papa el Cardenal vislumbra lo sucedido al otro lado de la ventana y califica: Sacrilegio, blasfemia. Una chica con las tetas al aire estrella un crucifijo contra el suelo, las astillas vuelan y se esparcen hacia todos lados en un big bang de escala humana, las puntas de madera caen al suelo como un gran juego de palillos chinos y enseguida se patean, se pisotean, se escupen; el Cristo que del crucifijo pendía no es más que un montón de polvo de cerámica y pintura esparcido sobre el suelo de la plaza de San Pedro. Polvo eres y en polvo te convertirás ¿no es cierto? El Papa no siente su fe ofendida, no la tiene, ésta no es. Él mismo desmiente en su pensar y en su qué hacer lo que todas las mañanas profesa, hace mucho tiempo que dejó de ser esclavo de la doctrina bimilenaria que ahora encabeza, aunque al abrir los ojos era ya demasiado tarde para rectificar el camino y cambiar una profesión que le había otorgado tanto el poder económico como el reconocimiento de sus allegados. Desde hace mucho que Su Santidad se tiene secretamente a sí mismo, no como un líder o guía espiritual, sino como un hombre de negocios o mejor dicho, como una pieza en el ajedrez de los intereses políticos y económicos. Su mano de ceniza colmada con el anillo que parece un abejorro africano posado en sus dedos relaja la fuerza con la que apretaba la cortina. Ante la observación constante y pendiente de la inocente violencia de los jóvenes el Papa recuerda su propia juventud; también desenfrenada, también irreverente. Una leve sonrisa estira casi imperceptiblemente los músculos de alrededor de su boca, los agrietados labios se arquean un poco, por un minuto él deja de ser el hombre poderoso que es y se transforma en un chico más dentro de la multitud de jóvenes. Ahora él es parte de su tierno desenfreno, de su inconciencia colectiva, de su ganas de cambiar el mundo, de sus deseos de encontrar una verdad más palpable, menos esclavizante. Alguien toca la puerta. Quién es pregunta el Cardenal. Soy yo Su Eminencia. La mente del Papa viaja en un tris de la abstracción a lo concreto y su voz ronca encerrada de nuevo en esa habitación hace eco, Hazlo pasar. Adelante Monseñor, El Cardenal pregunta ¿Qué es precisamente lo que pretende esta manada de locos? Y bueno su Eminencia, lo que se nos informó es que hace unos meses un grupo pequeño de jóvenes se formó en México, uno de los países más fieles a Nuestra Sagrada Iglesia, un grupo insignificante de no más de una decena de jóvenes revoltosos con pancartas, Al parecer, poco a poco el grupo creció y se manifestó aún más fuerte alcanzando las primeras apariciones en los medios públicos locales. Se hizo llamar ¨La Caravana de la Excomunión¨ y comenzó lo que llamaron una “antiperegrinación” desde el centro del país hasta el Vaticano. Su propósito es claro y representa una afrenta cínica y directa hacia la Santa Iglesia. No desean más que obtener por escrito un documento oficial de la Santa Sede declarándolos excomulgados de la Iglesia Católica. ¿Cuál es la razón Monseñor? Explíquese. Mire Su Santidad, Su Eminencia, quizá deseen ver algunas imágenes. Unas cuantas fotos pasan entre manos, una leyenda estampada en la camisa de un joven “A mí nadie me preguntó a quién quería como dios”, una manta en lo alto de una manifestación “Yo no comulgo con violadores de niños”, la caricatura de un periódico subversivo “A dios rogando y al Papa pagando”, el grafiti escrito en las paredes de una iglesia “Se violan niños a domicilio, informes con el Padre” En fin Su Santidad, tan sólo quieren un documento en donde se les excomulgue de la Santa Iglesia. El índice y el pulgar sosteniendo la barbilla de un rostro incrédulo y desaprobador. Mire lo que dice este diario de Londres, Y un recorte de periódico con algunas líneas sobresaliendo con marca-textos “Hasta hace unas décadas una excomunión de la Iglesia Católica representaba un castigo supremo ante dios y ante la sociedad, ahora, para éste grupo de jóvenes, tan sólo significa la obtención de la libertad, el desapego de una organización que califican de inquisidora, abusiva y criminal. Uno de los muchos líderes de la “antiperegrinación” explica: Nos bautizaron de bebés, cuando uno carece completamente de conciencia, y años después en nuestra infancia, nos hicieron hacer la Comunión cuando nuestras mentes no estaban aún capacitadas para decidir qué hacer y qué no. Otro de los cabezas del grupo afirma: A uno se le pide mayoría de edad para casarse sin consentimiento de los padres, ¿Por qué la mayoría de edad no se pide también para aceptar a un dios?” El marca-textos acaba ahí aunque el artículo continúa hasta el final del recorte. ¿Para qué quiere más detalles Su Eminencia? Llegaron a pie, en autos, en aviones desde todo el mundo, y lo que desean es conseguir por escrito la dicha excomunión, y para lograr su objetivo han venido realizando todo tipo de actividades sacrílegas y ofensivas a la Iglesia y a su Santo Padre el Papa desde su partida en México, ofensivas a usted Mi Santidad. Yo lo califico como una especie de broma masiva. Su Santidad reflexiona dando la espalda a Monseñor y al Cardenal y regresando la vista a la ventana. Ahí afuera dos jóvenes homosexuales se besan apasionadamente en medio de una multitud que los aplaude. Él, como líder de la Iglesia Católica no puede hacer quedar mal a toda la organización, a todo el aparato fraudulento. Él y todos los demás saben bien que la institución va en constante declive, cae por su propio peso, se pudre desde adentro. El Papa voltea hacia sus súbditos y da la simple y sencilla orden de no hacer nada, de tomarlo todo como desfile que pasa frente a la casa. Se cansarán y terminarán por irse. Quizá estarán un día, una semana, quizá el grupo más persistente durará un mes, a ese pequeño grupo lo podremos expulsar sin dificultad de la Santa Sede. Y ahora déjenme a solas y regresen a sus tareas. Lo que usted ordene Su Santidad. Un par de labios besan el anillo. Es para preguntarse como la ceniza de la que están hechas sus manos no se queda en sus bocas. La puerta de la habitación se cierra, el Papa, como un niño espiando a su hermana mayor desvestirse, lanza nuevamente la mirada a través de los cristales oscuros y los fija en tan exótica multitud. Ahora, conscientemente maravillado por la cuantiosa y desquiciada multitud de jóvenes de todo el mundo, los dejará divertirse. Secretamente, se divertirá él mismo con ellos el resto de la tarde. No borrará por horas la primera sonrisa sincera que ahora marca su cara y que la hace tan inocente y sincera como cuando tenía 15 años. El Santo Padre, con todo y sus manos de ceniza, regresará en el tiempo y será joven de nuevo, por lo menos hasta que acabe el día. En un momento dado pensará: Por fin la juventud del mundo se intenta quitar el velo impuesto hace decenas de generaciones atrás, cuando la humanidad misma era un niño, inocente, frágil y vulnerable. Por fin desean recobrar su libertad y su cordura. Desde atrás de la ventana les dará la bendición. Amen.
Sunday, December 23, 2012
Chagall 5.0
Le parece a Tito que lo que brilla a través del tarro de cerveza es el reflejo de su sonrisa. Está tan enamorado de ella el pobre. Sus colegas se ríen de él a sus espaldas. Ya ha comenzado a ver hacia el infinito, en su mano izquierda su tarro a la mitad con espuma derramada en los costados, los ojos de Tania, ahora una oreja que de la cascada de cabellos negros se le escapa, la mesa con sobrepoblación de fritangas y envases con diferentes niveles de alcohol en sus entrañas, su cuello blanco y la constelación de lunares en su pecho. Tania. Su blusa de flores abierta en el pecho. Tania, su voz de nena entremezclada con chilliditos agudos. Tania. Como es posible, se pregunta, que tenga la suerte de estar con una chica así. Ya te estás acalambrando Tito, despiértate hombre. Una palmada brusca en su espalda acaba con su ejercicio de entregada admiración. Prendido, se podría decir que esta. No borracho, pero con suficiente alcohol en la sangre como para sentirse flotar. Ya nos vamos mi amor. Y Tito se pavonea en silencio de que ese "mi amor" está dirigido a él. Vean todos que yo, Tito, soy el hombre de esta mujer de ensueño. Echa para adelante los hombros, se arregla el cuello de la camisa, mira su fino reloj en un brazo peludo. Cuando quieras mi vida. Tania se pone su chamarra mientras continua su conversación con Alma, los gemelos se hacen bromas pesadas, se tiran moronas de comida y cerillos quemados. Parecen niños ríe Adelaida. Tito se echa a la boca un puñito de botanas más. Tania llega hasta él, le da un beso y con diestras manos le abre de un jalón la bragueta. Que haces dice Tito con risa nerviosa, Ve hacia un lado y hacia el otro, Tania, pero qué estás haciendo. Nadie lo mira, pero Tania con la atención en otro lado manipula dentro de su bragueta y libra los obstáculos hasta su pene. Tania, que te pasa, repite Tito, pero Tania sigue mirando para otro lado y escuchando los chismes de Alma, Las manos de Tito intentan detener las de Tania, pero ella se aferra a su cometido. Los gemelos se dan puñetazos en los hombros, Adelaida muerta de la risa jala a uno de ellos del brazo, Tania con la mano bien firme en el pene de Tito lo saca de la bragueta y jalándolo le dice: Vamos mi amor. Creerlo sería demasiado, pero la inercia que conllevan los influjos del alcohol, o el enamoramiento que siente por Tania, lo hacen, como animal amaestrado, obedecer. Se levantan de la mesa, dos hombres en la barra de al lado siguen su plática; motocicletas al parecer. Adelaida dejó la propina, Alma abraza por la espalda a uno de los gemelos, el otro le hace cosquillas por detrás a Adelaida, Tania lleva a Tito del pene como se lleva a un niño de la mano, a un perro de la cadena, de la forma más natural, como si fuera lo cotidiano, lo que todas las novias hacen, lo normal, ¿lo es? ¿En dónde estamos? ¿Qué horas son? Para nadie es extraño mas que para Tito. Estoy seguro que no bebí demasiado, y mira no más de tres envases de cerveza vacíos en el lugar donde estaba sentado. Ya tiene el pene caliente y tieso dentro de la mano de Tania, ella jala delicadamente y simplemente lo guía hasta la puerta de salida. Nadie mira, a nadie le importa. En la salida, el mundo se despide. Hasta mañana, estudias para el examen de química, Para que estudiar dice un gemelo, si a mi lado estará Roberta. Todos ríen menos Tito que tan solo hace una mueca. Cómo te aprovechas de esa pobre campirana dice Adelaida, sabes que se le van los ojos por ti. Adiós Alma, adiós Tania, cuídate Tito, Tito gruñe, pero nadie observa, nadie quiere observar o a nadie le importa. Unos parten para un lado de la calle, los otros para el otro. Ya es de noche, los comercios aledaños han cerrado. Hace un frío que se acrescenta con cada fluctuación de un viento voluble. La cortina de la tienda de la esquina se cierra también, y su dueño con el periódico bajo un brazo y una bolsa de pan en la mano se aleja silbando por la calle. Una bolsa de plástico flota haciendo espirales en la calle, A mi casa cariño dice ella, flota como un animal perdido en la calle buscando comida. Los gemelos y las chicas se han subido a los autos y han arrancado ya, uno de ellos se despide desde la ventana del auto al pasar. Una poderosa ráfaga de viento hace tambalear a Tito, levanta la falda de Tania, ella ríe divertida. El viento jala fuertemente a Tito, un placentero dolor en su pene, de repente el viento lo levanta del suelo y lo jala hacia el cielo, el pene, bien sostenido por Tania sale de la bragueta de Tito como mascada de la manga de un payaso y tan alto como un edificio de tres pisos el ascenso de Tito se detiene. Te amo, estoy loca por ti. Tania le grita desde abajo sosteniendo su larguísimo pene. Él es un globo, lleno de gas ligerísimo, contoneándose con el viento, sintiendo un placer delicioso en el vientre y el cuerpo entero. La lógica no se busca y por ende no se encuentra. Y yo estoy loco por ti le contesta Tito a todo pulmón. Tania tira del globo humano y Tito avanzando lentamente ve las calles vacías desde las alturas, las ventanas de las casas con las luces prendidas, un perro le ladra, una niña lo saluda. Nunca había estado tan enamorado de una mujer.
Friday, December 14, 2012
Ella y Tú
Sólo quedan Ella y tú. Las demás han sido eliminadas. Mira al público envuelto de destellos en esa nube eléctrica, mira cómo las observan, los ojos, las lentes, mira como ya han escogido a su favorita. Los jueces escriben, hacen anotaciones, deliberan, eso parece, eso intentan que parezca. Tu corazón late muy fuerte, seguro el de Ella también. Es hermosa, más hermosa que tú, y su sonrisa brilla con cada relámpago de luz digital. Quizá Ella piense lo mismo acerca de ti, es una buena persona. Tienes que mirar al frente y seguir sonriendo, te dijeron que era parte de las reglas del certamen, pero quieres voltear y mirarla, saborear detenidamente el resplandor que emerge de sus ojos, acercarte más a ella, más, aún más, hasta que sus pestañas se ensortijen con las tuyas y sientas su cálida y acelerada respiración chocando con la tuya y haciendo remolinos invisibles entre las dos; quieres tomarle la mano, sentir su pulso, apretarla fuerte y distinguir en sus cuencos los latidos de su corazón. Es tu amiga, te lo demostró, eres su amiga, se lo hiciste saber, y ahora están al final de la competencia, sólo una de las dos será la reina de la belleza. Sólo quedan Ella y tú. El nombre de su país en una banda brillante sobre su pecho, el nombre del tuyo de la misma calidad y en la misma posición, tan diferentes países el uno del otro, el de ella frío y conservador, el tuyo cálido, luminoso y alegre. La conductora tiene ya el sobre en la mano, el público calla. Antes que nada observa rápidamente su cuello, tan sólo de reojo, ahora vuelve a ver al frente, no se te olvide sonreír, ¿te diste cuenta? está bañado con una película fina de tibio sudor, sus orejas son tan finas y delicadas, la conductora se aclara la voz, las luces del escenario te ciegan. –Y nuestra nueva reina de belleza 2013 es…- Quizá Ella, quizá tú, o las dos. La conductora dice su nombre y su país, la multitud grita, tú sonríes y aplaudes, no necesitas fingir, genuinamente idolatras, al igual que todos, su belleza, su carisma. Alguien le entrega un ramo de rosas enorme. Espontáneamente te acercas a su oído y en secreto le haces saber lo que piensas. –Te lo mereces, tú eres la más bella- Ella te voltea a ver, sus ojos turquesa se fijan en los tuyos. Siente ahora como los alaridos parecen desaparecer, como el tiempo parece detenerse, como tu corazón parece sumergirse en un frío baño de endorfinas. Ella deja caer las rosas al suelo, te toma de las manos, acaricia tus dorsos con sus pulgares, sin dejar de verte te dice -Pero yo te amo-. Las otras concursantes han salido a felicitarla, Ella y tú están ahora rodeadas de todas ellas, la separan de ti, la abrazan, la felicitan, tú te quedas inmóvil. Ahora no puedes hablar, se te escapó la voz, se te congeló la mirada, se te reventaron de un golpe todas las venas. No sabes cómo sucede, pero Ella se logra zafar de las demás y regresa a ti, te toma de los brazos, de la cara, del cuello y ahora, Ella y tú se están besando. Abrieron al máximo los ojos, se taparon la boca con ambas manos, el movimiento dejó de serlo, se calló la gente, el público, las otras concursantes, el narrador tuvo un ataque de parálisis lingual, el otro se desmayó. Las que ahora narran la historia, cuentan el cuento, dirigen la acción, son las luces del escenario que con potentes haces las empuja una contra la otra y las amarra en un etéreo fulgor. Lo demás está en silencio, sumergido en oscuridad, sólo quedan Ella y tú.
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