Thursday, October 4, 2012

La historia de este mesias


Un reflejo cóncavo, adherido a la membrana de sus pupilas, el del Sol que se acerca a su ocaso tras las montañas. La mano que sobre su piel se desplaza, la cáscara blanda de una oscura nuez del bosque, que recorre los valles y crestas de su vejez hecha piel. Las yemas suavemente sobre los diversos pliegues y accidentes que construyen la superficie de ese desierto accidentado, el de la orografía dérmica que la constituye. Son arrugas de dolor, tristeza y cansancio, ahí se guardaron las incertidumbres, ahí se esculpieron los fracasos, las frustraciones y los enojos, se registraron los miedos, se cincelaron las penas, pero también se barnizaron del amor y sus derivados, se embadurnaron de esperanzas, alegrías y felicidades. La vida ha sido buena con ella y con los que ella ama. Él la ha acompañado a lo largo de su camino y se siente satisfecha, se siente infinitamente bendecida y sus labios en voz baja gracias, mil gracias. Su presencia ha sido inapreciable; el camino ha sido largo y difícil, pero su continuo e incondicional apoyo la han hecho siempre salir avante. En la puesta de sol, también en la de su vida, ella se siente feliz y triunfadora, ahora más que nunca confía en Él y lo siente más cerca que nunca; siente su presencia en el aire, en la hierba que pisa, en los árboles que con el movimiento de sus hojas la arrullan, en el agua que delicadamente limpia sus agrietadas manos hechas de canela tostada, en los ojos de sus hijos, y en los de los hijos de sus hijos. Ella suspira y admira el paisaje que en la vida le fue concedido. Su bello país amurallado de verdes montañas. Un pequeño pedazo de tierra apartado del mundo entero y rodeado de simplicidad, de sencillez, de humildad, de gente buena. A sus espaldas está su hogar, guardando hasta en la más pequeña grieta del madero más escondido los fantasmas de felicidad hechos de hermosos recuerdos condensados por décadas. La vieja puerta que tantas veces se ha abierto para recibir a los queridos y para proteger del entorno a los amados, las ventanas por las que los ojos verdes, ahora cafés, ahora grandes o pequeños se han asomado al exterior para ver la lluvia caer, la nieve lentamente descender, las hojas de los árboles balancearse elegantemente o girar como bailarinas al bajar. Los arbustos y las flores que su hombre, el hombre de su vida ha sembrado y con dedicado esmero ha cuidado. Y sus labios en voz baja Mi amado, el gran sabio del imperio, mi querido, que tanto bien ha traído a este mundo. Las habitaciones, escenarios de las más bellas fantasías infantiles, luego de las más obstinadas impaciencias adolescentes y más tarde, de la más sosegada y sabia madurez. Y todo esto es gracias a Él, a su amor infinito, a su bondad eterna. El sol se ha escondido ya tras las montañas, el viento ahora le lame la cara con mil lenguas frías; y sus pies, como en un rito silencioso aprendido de memoria, la llevan dentro de su hogar. La puerta, aquella de la que ya hablamos, se cierra una vez más rechinando con gratitud la dulzura con la que se le trata; ella camina hacia donde está Él. Su imagen descansa entre dos veladoras que ella enciende con devoción; su imagen aparece bañada de dorada luz de vela; su puño al frente, su larga capa roja desplegada a sus espaldas, un riso de su negro cabello obstruyendo una blanca y orgullosa frente, y detrás de Él, el azul perfecto de un cielo brillante y profundo, casi tanto como sus poderosos y bondadosos ojos, envuelve Su bendita figura. Su pose es ésta imagen es la tradicional, la representación clásica que se utiliza en cientos de miles (quizá más) de altares, esculturas, retratos y demás imágenes de su persona desde hace apenas 40 años. Él, es el salvador del mundo en turno, Él, es el mesías del año 2440. Y ella, a sus 91 años de edad, con sabiduría lo ama.  

Está garabateado en algunos códices primitivos, probablemente fue una guerra o una serie de ellas la que acabó con el mundo conocido del 2055. Una hipótesis contraria dice que fue una gran catástrofe natural, o la combinación de múltiples catástrofes relacionadas entre sí al mismo tiempo; el terremoto, quizá, que desencadena otro de mayor magnitud y éste que produce tsunamis que ahogan las ciudades de todo el mundo, y que a su vez chocan contra olas de lava provenientes de cientos de volcanes reactivados con el movimiento tectónico de placas. La hipótesis que todo lo unifica dice que, en efecto fueron catástrofes naturales, pero provocadas tecnológicamente como armas de guerra fabricadas con potentes emplazamientos electromagnéticos. Sea lo que haya sido, el mundo colapsó, los sobrevivientes (menos del 11 porciento de la población de ese momento) se despidieron en unos cuantos días de todo, de la tecnología, de la industria y sus beneficios, de las telecomunicaciones, de los medios de transporte, del uso del dinero y de las corporaciones internacionales, de los gobiernos y la política, de los territorios y las nacionalidades; olvidaron todo, hasta los dioses en quienes confiaban, a quienes oraban y hacían escuchar sus peticiones, por quienes se sentían protegidos y aliviaban sus dolores. Se olvidaron de la religión, de las religiones; todo volvió a ser igual que 2000 años atrás; las necesidades fueron de nuevo cubiertas de la forma más rudimentaria. Para comer, siembra o toma la comida de los árboles, las plantas y los animales alrededor, para protegerte de la intemperie mata un animal y cúbrete con su piel gruesa, amarra también a tus pies algún material protector, para defenderte del enemigo afila piedras y palos, construye fortificaciones con rocas apiladas y corónalas con ramas de arbustos espinosos, para comunicarte habla, grita, gruñe o has señas. Para conseguir una mujer o conservar un hombre pelea, prepárate para matar y también para morir en cualquier momento en manos del más fuerte, del más capaz. A esto estás condenado por haber destruido el mundo, por lo menos el mundo moderno. Sin embargo, el sentido gregario del hombre no cambió, por lo que al pasar del tiempo las personas formaron tribus, y las tribus comunidades, las comunidades se aunaron en grandes pueblos, los pueblos pasaron a ser ciudades y de todas las ciudades juntas se formaron imperios. Como consecuencia prevista nuevas guerras surgieron, ninguna tan mortífera como la que quedó atrás, también olvidada al pasar de cuatro siglos; de todos los nuevos imperios formados sobre la faz de una nueva Tierra surgió uno que resultó ser el dominante, el imperio alfa, el que logró controlar a sus adversarios al final de las cuentas, el que se extendió más y cubrió con sus bárbaras leyes y costumbres los territorios conquistados. Después de la destrucción masiva 400 años antes, también las lenguas cambiaron, nuevas torres de Babel revolvieron las palabras y las esparcieron por el mundo restante, se le dio a unos y otros una mezcla de diferentes tintes y matices guturales, de palabras nuevas y palabras muy viejas, de términos compuestos con la mezcla de diferentes lenguas anteriores a la devastación, y el imperio dominante, a pesar de todo lo logrado, de todos los territorios bajo su control, no pudo entonces estar satisfecho con la plena unificación de los pueblos conquistados.

Más de 2000 años atrás, quizá cien años antes de la gran devastación, había un niño de cara triste y seria; sus rasgos: una gran colección de misterios infantiles, como un almacén de primitivas frustraciones personales, como una pronta simulación de la actitud facial que deberá adoptar casi por el resto de su vida; su cuerpo, un conjunto de prematuros tejidos adiposos; él es el chico que no juega con los demás, el que se mantiene en un rincón durante los minutos de descanso en el colegio, el que casi nunca habla con otros niños y mucho menos con las chicas. Él es el único hijo de una pareja disfuncional de ricos ciudadanos del mundo, el que vive en un piso muy alto de un edificio muy moderno, al que le compraron todos los juguetes del almacén pero nunca le dijeron que lo amaban. La mitad de los juguetes permaneció en sus empaques, el niño de cara triste también se guardó en silencio por largas horas, envuelto en el rugido distante de una gigantesca ciudad a sus pies. La ventana, la gran ventana en el lujoso departamento en el que habita, es al parecer su única amiga; es a través de ella que los ojos se le escapan y con infantil curiosidad se clavan en distintos puntos de la ciudad muy alejados el uno del otro.  Ahí hay un auto rojo frenando en un semáforo, detrás de él lo alcanzan al detenerse un auto blanco, otro verde, un camión del servicio postal y un taxi como el que lo trajo a casa esta tarde. En otro punto de la ciudad hay una señora paseando a un perro, y en parque un anciano dándole de comer a las aves. Las metálicas entrañas de un estacionamiento coleccionan autos en cinco pisos, y un túnel engulle con voracidad al tren que va hasta el centro financiero. Las vidas de todo el mundo a sus pies, juntas y al mismo tiempo separadas, dispersas, cada quién siguiendo reglas de convivencia que los habilitan para vivir uno con el otro pero al mismo tiempo intentando evitarse lo más posible; ahí abajo están todas las aflicciones reunidas, todos los odios y las tristezas, todas las viejas gritonas, todos los chicos que golpean a otros para robarles su dinero o por simple gusto, todos los padres alcohólicos y los histéricos, también están los policías y la gente que usa traje y corbata y camina muy de prisa, los que trabajan en las fábricas y en las construcciones, las chicas bonitas del colegio, aquella que es especialmente hermosa y que ni siquiera sabe que él existe. Un suspiro sirve de punto y aparte sicológico a la concientización de su desventura. Ahora, si sigue con la mirada el boulevard que se extiende desde sus pies hasta el horizonte y cuenta 14 calles encontrará en un costado un diminuto letrero amarillo con letras rojas, es la tienda de comics; hace tiempo que la divisó y memorizó su localización en el enrejado urbano, regularmente la visita y compra unas cuantas revistas, quizá cinco, quizá diez; el dueño lo conoce bien, y aunque lo saluda cada vez que entra a su tienda lo hace sin mucho entusiasmo, la primera vez lo hizo pero recibió por respuesta del chico una mueca semi-amarga; ahora sabe bien que él no es un niño que sonría, que hable con los demás, que le guste la compañía. Siempre va sólo y revisa una por una cientos de historietas. El hombre de acero, “Superman”, le ha dado en qué pensar, en qué desbordar su imaginación, en qué vaciar sus deseos reprimidos; sobre todo cuando su mente se pierde en el horizonte de la ciudad imaginando que como él puede volar, que como él puede atravesar con los ojos todas la paredes, todos los muros de todas las casas y los edificios, que tal como él lo hace puede llegar en segundos a cualquier punto de la ciudad y salvar a una indefensa mujer de un par de asaltantes, o levantar un auto con una sola mano y liberar a una pequeña niña atrapada debajo, que con sus ojos puede derretir el metal y reconstruir en un instante las vías de un tren a punto de descarrilarse, pero sobre todo que es libre, que nada ni nadie lo aflige, que nada ni nadie lo detiene, que es admirado por los buenos y temido por los malos, que viene de muy lejos, de otro planeta, que no tiene padres, que es feliz.     

En el centro de la más poderosa ciudad las autoridades del nuevo imperio emergente se reunieron, dialogaron sobre el entonces desunido territorio conquistado, se levantaron sesiones y se discutió para encontrar posibles soluciones a ésta problemática; se optó por hacer llamar a los sabios de la época para exponerles el problema. –Por la fuerza hagan que todo el imperio obedezca- dijo uno de los sabios poniéndose de pié y agitando fuertemente el puño agregó: -Siembren de calamidad los caminos y las plazas, los ríos, los mares y los bosques hasta que por miedo se haga lo que se les ordena hacer. Castigo ejemplar a aquél que decida obstinarse a no cumplir nuestros mandatos.– -Pero el imperio ya está conquistado, tan sólo se mantiene hablando en su propia lengua y por lo tanto obedeciendo sólo a sus líderes locales, algunos pueblos aún conquistados se reúsan a veces a pagar el tributo impuesto. El problema es la lengua, eso crea una brecha entre ellos y nosotros. – respondió la autoridad. – El problema no es la lengua – interrumpió un segundo sabio – Los miembros de las sociedades se conquistan con las armas, pero sus corazones y voluntades se conquistan de una forma más sutil y elegante. - -Cuál es dicha forma sabio señor- preguntó con cierto cinismo la autoridad mayor. La junta se pospuso para una semana después. El sabio prometió hacer traer desde su pueblo en un cargamento la solución, la forma de arreglar el problema de la mejor forma, sin más derramamiento de sangre, sin pérdida inútil de soldados. La fecha de la siguiente sesión se fijó y las autoridades, los hombres de confianza y los sabios fueron nuevamente requeridos en el palacio principal para ese día.

El niño no se olvidó de sus historietas, pero las historietas sí se olvidaron de él, cayó enfermo, sus glóbulos rojos iban en constante disminución. Leucemia, la enfermedad pegada a su cuerpo como la uña a la carne. El niño en el hospital recibió a sus padres, un día uno, otro día el otro, pero nunca juntos, también recibió regalos, muchos otros que también corrieron la suerte de permanecer en sus cajas por siempre. La indiferencia, la apatía, son también un tipo de enfermedad. 40 historietas del hombre de acero apiladas sobre el buró son el único aliento que éste enfermo puede tener, todas y cada una meticulosamente envueltas en una bolsa plástica y ordenadas de la edición 1 a la 40. El niño toma una, la lee, deja volar su mente y la regresa intacta a la bolsa de plástico; así le enseñaron a ser, meticuloso, ordenado, cuadrado. El niño muere sin importarle mucho a nadie, los padres dejan caer algunas lágrimas pero son sustituidas inmediatamente por asuntos importantes pendientes. El niño nunca tuvo el papel de vínculo familiar, los padres se vieron nada más que para firmar algunos documentos en presencia de algún juez. La habitación se limpió, se abrieron las cortinas y se dejó al sol hacer su labor revitalizante, se aspiró, se sacudió y se acomodó, también se impregnó con esencia de pino, o de vainilla, o de alguna flor exótica, y a la habitación sí se le dio de alta para recibir al siguiente paciente, quizá otro moribundo, con alguna otra historia, con otros familiares que quizá lloren más a su paciente. ¿Y las historietas?, ¿qué fue de ellas?, se les colocó en una caja y se le entregó a su madre. –Tenga señora, los objetos de su hijo-, -Gracias doctor-, -tan sólo algunas revistas y la ropa con la que entró al hospital. Lo siento mucho.- -¿Eso es todo?- - si señora, tan sólo firme aquí de recibido-. La madre del niño camina sola por un pasillo largo del hospital, entró hace unos días llevando a su hijo de la mano, hoy sale con tan sólo una caja que será depositada en un rincón del inmenso departamento, será en poco tiempo olvidada. La pareja, desde un principio disfuncional, se desintegrará por completo, ella se quedará con el apartamento y un nuevo tipo de armonía tendrá lugar en el apartamento, otras fiestas y reuniones, mucha gente, otros hombres, otros amantes, un hombre predilecto, risas, más risas, después llanto y sólo llanto, mucho alcohol, más amantes, éstos menos duraderos que los anteriores, flores exóticas en lujosos floreros que se traen y que en días mueren, flores un día radiantes y después irremediablemente marchitas, como la vida de ella, como un cerebro separado del resto del cuerpo flotando en una bañera con alcohol, como un cuerpo separado de su cerebro caminando sin saber a dónde, mirando sin saber qué, besando sin saber a quién, muriendo, lentamente muriendo. Y la caja guardada lo seguirá siendo, con o sin polvo, su contenido intacto por años, quizá décadas. El hombre de acero atrapado en una caja. La ciudad que se ve a través de la ventana no es la misma, ahora está más sucia, tiene cicatrices de aerosol en sus paredes, tiene arrugas en su concreto, está plagada de individuos nocivos, que la escupen, que la ensucian, que le orinan las entrañas. Nadie observa ya a través de la ventana. Uno de los amantes será también un experto ladrón, se desplazará suavemente por la casa, con facilidad seducirá a la dama que la habita, y con dedicado esmero corromperá una a una las puertas en su interior, encontrará las llaves y sigilosamente revisará los contenidos de todos los compartimentos, de todos los cajones, de todos los muebles. Este amante se topará un día de frente con la caja, con curiosidad morbosa revisará su contenido, las 40 historietas verán después de muchos años la luz amarillenta de las habitaciones humanas.  El ladrón sabe su valor, no el sentimental, sino su valor en dinero contante y sonante. Las historietas son ahora, décadas después de haber sido compradas, clásicos de éste tipo de ediciones infantiles y valen, todas juntas, unas cuántas decenas de millones de dólares. Sin dificultad serán extraídas de la casa y transportadas hasta la puerta de un joven y rico coleccionista, se le venderán por la mitad de su precio y tanto para el ladrón como para el coleccionista, esto representará un jugoso negocio. Las 40 historietas del hombre de acero, tal y como el genio de lámpara, regresarán después de cumplir varios deseos a éste y a aquél, a una prisión que parece eterna; ésta vez la prisión será un cubo de metal reforzado con mil capas y encriptado con un complejo código.  Ni Superman, con todo y su visión de rayos-X, pueden ver a través de los muros que ahora lo guardan para un futuro incierto.       

Cuatro hombres de palacio cargan una pesada caja de metal hacia la sala de juntas; es evidentemente un objeto anterior a la gran devastación. El sabio los guía por los largos pasillos y el personal del palacio mira curiosamente la gran caja de metal. En la sala de juntas la lista completa de invitados se ha tachado, no ha faltado nadie al requerimiento de la autoridad suprema, todos han llegado desde muy distintos y lejanos lugares del imperio y están reunidos en silencio esperando tan sólo la llegada del gran sabio con la solución prometida. Se abre la puerta y los guardias hacen entrar al sabio. La gran caja se metal se pone sobre una suerte de mesa ante la vista sorprendida de todos. –Sabio ciudadano, qué es lo que nos has traído- Simplemente para causar expectativa e incrementar la importancia propia y la del objeto sobre la mesa el sabio hace una introducción. –Hace un tiempo se me informó del descubrimiento de un objeto particularmente curioso en mi pueblo, esto es común para mí, pues bien saben que se me informa de todos los objetos de antes de la devastación que son de pronto encontrados, y bien, se me hizo asistir al lugar donde el objeto había sido desenterrado y vi por primera vez esta especie de caja que hoy les he traído y que ahora pueden observar frente a ustedes sobre la mesa, se me había dicho que era un objeto extraño parecido a un gran cubo de metal, el objeto, fuese lo que fuese, me sería confiado, como todos los demás, para su estudio y almacenamiento. Afortunadamente para mí, el consejo de sabios en mi pueblo me había designado unos meses antes como el encargado de recuperar e investigar los objetos desenterrados de antes de la devastación- -Porqué no se me informó de éste descubrimiento antes que nada- interrumpió con un cierto grado de enojo la autoridad suprema. –Porque, señor…- explicó el sabio, -muchas veces nos encontramos con objetos similares de antes de la devastación y la mayoría de veces no son más que máquinas antiguas rotas o utensilios diversos del uso cotidiano de la gente de antes de la devastación. Todos estos objetos son almacenados, clasificados y evaluados para una futura investigación. Los pedazos de máquina que hemos encontrado son demasiado complejos para nuestro entendimiento, son pedazos de metal muy diminutos unidos a un material transparente y a otro que parece una resina de árbol flexible pero no pegajosa y que no es fácil de romper. Se hace un reporte de los objetos encontrados y después se envía ante su presencia para su conocimiento, el proceso de encontrar un objeto hasta enviar el reporte a usted puede llevarnos unos 25 ciclos, y ésta caja que tienen hoy ustedes ante su presencia no tiene más de 15 ciclos conmigo, además de que logré sólo hasta después de 7 ciclos verificar su contenido.- -Está usted diciendo señor sabio que éste cubo de metal se abre- -Así es autoridad suprema, tan pronto como vi el objeto me di cuenta de que se trataba de lo que las gentes de antes de la devastación llamaban una ¨caja fuerte¨, y que utilizaban para guardar sus objetos de más valor. Para abrirla utilicé varias herramientas con resultados negativos, hasta que hice una mezcla de algunas sustancias con el polvo explosivo que desarrollaron hace tiempo sus hombres del extremo norte del imperio, fue así que la puerta de ésta ¨caja fuerte¨ por fin cedió. Cuando pude ver lo que estaba en el interior me quedé estupefacto, yo había intuido que las gentes de antes de la devastación tenían formas muy avanzadas para guardar sus memorias, pero nunca me imaginé tener en mis propias manos evidencia de alguno de éstos artilugios. Por supuesto mantuve esto en completo secreto e informé a las personas que habían encontrado el cubo de metal y a los soldados que me habían ayudado a transportarlo, que se trataba de otro objeto misterioso sin uso aparente, informé que, como los demás, sería clasificado y almacenado para su futuro estudio.- –Basta de rodeos. Muéstrenos de inmediato el contenido sabio señor-  El sabio se acercó a la caja fuerte y tirando un poco de una manija retorcida pegada en el centro sobre un círculo con varias inscripciones, uno de sus costados se abrió. La mesa entera de invitados se levantó de sus asientos como compitiendo por ser el primero que veía el contenido de dicha caja. El sabio sacó ocho paquetes que contenían cinco almanaques cada uno, cada paquete estaba envuelto con el material parecido a la resina de árbol encontrado en otros objetos desenterrados pero éste era transparente y muy fino, más delgado y liviano que las hojas de los árboles. Con delicadeza, el sabio sacó los primeros cinco almanaques del primer paquete y los distribuyó a los asistentes siendo el primero la autoridad suprema. La conmoción fue lo que el sabio se esperaba, estar ante la presencia de las memorias de la gente de antes de la devastación era algo magnífico. Los asistentes vieron con detenimiento cada una de las páginas de los almanaques, palparon su textura, olieron el extraño aroma que se desprendía de cada página, gozaron en extremo los nítidos y brillantes colores con los que estaban diseñados y sobre todo, se maravillaron con la perfecta representación gráfica de los cuerpos y los objetos, éstos almanaques eran un ojo puesto el pasado, más de 400 años atrás, justo en el centro de la vida de las gentes de antes de la devastación.  Los asistentes contemplaron y manipularon los antiguos objetos con detenimiento y en silencio de murmullos y páginas que se doblan. –Antes de que la autoridad suprema me hiciera llamar…- interrumpió el silencio el sabio –me di a la tarea de transcribir algunos de los textos que vienen en cada una de las viñetas de estas ilustraciones, los copié con esmero intentando no distorsionar su contenido en el proceso, la transcripción fue llevada a algunos de los especialistas del imperio en letras y números de antes de la devastación, y dos días después me dijeron que el texto que les había enviado a descifrar era proveniente de algún tipo de historia o relato de el hombre que ven aquí, el recuento de las acciones y virtudes de éste hombre supremo, de alguien que, en el mundo de antes de la devastación, se daba a la tarea de salvar, proteger y cuidar a la humanidad completa de cualquier tipo de infortunio que pudieran tener, al parecer éste hombre supremo tenía una especie de poderes que ningún otro hombre tenía, poseía los sentidos más agudos superando quizá los de las bestias salvajes, las fuerzas más inmensurables, capaz de levantar pesadas cargas con una sola mano, una rapidez que le permitía parecer estar en varios lugares al mismo tiempo y señores, como pueden ver en las ilustraciones, éste hombre magnífico tenía la capacidad de volar.- Tras una larga pausa el sabio agregó: -Sin embargo, señores míos, no se precipiten a conclusiones erróneas, pues también dentro de lo descifrado por los especialistas se encontró la palabra ¨historieta¨, que al parecer era nada más y nada menos que un almanaque para los niños, creado con el único objetivo de divertirlos, de desarrollar su imaginación, de mantenerlos entretenidos. Por lo tanto deduje que éstos almanaques, por increíble que les parezca y a pesar de la gran calidad con la que están elaborados, no son más que invenciones, cuentos de niños, falacias, éste hombre supremo no es más que la creación de una mente imaginativa.- –¿Daban estos almanaques tan laboriosamente elaborados a los niños?-  rompió el monólogo del sabio uno de los asistentes a la junta. –Sí, y también por difícil que sea entenderlo, sé que éste tipo de almanaques eran fáciles de producir y se intercambiaban por un valor no muy alto, éstas representaciones gráficas que a nosotros nos sorprenden y que ni el dibujante más experto de todo nuestro imperio podría llegar a copiar eran obra cotidiana, y eran superados por representaciones gráficas aún más perfectas y elaboradas incluso con máquinas construidas para capturar imágenes, algo así como un ojo-máquina capaz de dibujar sobre un lienzo la imagen que a uno se le presenta a los ojos. Es increíble la capacidad tecnológica a la que llegaron las gentes de antes de la devastación. – La audiencia quedó en coma, los asistentes se petrificaron en profundos pensamientos e imaginaciones, los ojos perdidos en las texturas de las paredes, en los patrones de diseño de la mesa y los muebles para distraer la vista y diseñar en sus mentes las máquinas que para cada uno, podría haber hecho las veces de un ojo mecánico y al mismo tiempo un hábil dibujante. La autoridad suprema tosió y las imaginaciones se desvanecieron de nuevo en la sala de juntas. El resto de los asistentes le pusieron atención y la autoridad suprema entrelazó los dedos de sus manos sobre la mesa y mirando fijamente al sabio le preguntó: –Todo esto es sorprendente sabio señor, pero mi pregunta es, ¿cómo puede esto ser la solución a la situación de desunificación en la que se encuentra mi imperio, es acaso algo que yo no haya visto o algo que aún no sepa de estos almanaques que usted me viene a traer aquí, hay algún hechizo o encantamiento escrito en ellos que yo pueda utilizar sobre mis gentes, qué es lo que usted ve que yo aún no alcanzo a ver?, Le pido sabio señor, que su respuesta sea contundente y plena, que no queden dudas sobre una idea bien planteada y posible de llevarse a cabo, recuerde que el objetivo de ésta junta es encontrar una solución a la desunificación del imperio y no para presumir sus capacidades como investigador del mundo antes de la devastación.-  El sabio, de muchas formas incómodo con la aclaración de la autoridad suprema, consiguió reunir toda su paciencia, hacer gala de la sabiduría que se le atribuía y comenzó su discurso con gran ecuanimidad. –Señor mío, el interés que usted tiene por lograr la unificación del imperio es también mi interés, por lo tanto, el tiempo que usted ha depositado en mi es infinitamente apreciado, por consiguiente, me sé con la responsabilidad de ocuparlo de la mejor forma posible para satisfacer sus deseos, que estando yo a su completo servicio, pasan también a ser los míos. Desde hace no menos de tres siglos, tan sólo un siglo después de la gran devastación, cuando la gente se asentó nuevamente en lugares bien establecidos, comenzaron nuevamente las actividades agrícolas y el desarrollo de pequeñas poblaciones fue constante, cuando la primera generación de sobrevivientes hubo ya desaparecido y sus hijos comenzaron a retomar lo aprendido de sus padres, las deidades locales comenzaron a aparecer. Uno de los rasgos distintivos del ser humano, de antes o después de la devastación, es creer en un ser superior a él. Como usted sabe, la creencia en un ser de esta naturaleza conlleva múltiples beneficios para el creyente, quien, seguro del poder absoluto de su deidad, le hace partícipe de todos sus deseos y anhelos, lo pone a cargo de la resolución de sus problemas y aflicciones, recibe amor incondicional a cambio de la propia alabanza y los tributos que la deidad pueda requerir. Una deidad es una almohada ideológica sobre la que se recuesta una mente atribulada y consiente de que por sí sola, no es capaz de realizar todo lo que se propone. Una deidad de éste tipo es un fiel y poderoso aliado en contra de todo y de todos; responde a los ruegos, se conmueve ante las súplicas y es infinitamente bondadoso si uno sigue las reglas que su persona pueda imponer; de lo contrario, de no obedecer a la deidad, de desdeñarla o de incumplir los preceptos de su doctrina uno se arriesga a padecer los más temibles dolores, a sufrir las más terribles maldiciones por la eternidad. – El sabio hizo una pausa, respiró profundamente, exhaló lentamente y supo que la autoridad suprema sabía ya hacia donde iba el discurso, y lo que es más, parecía estarle agradando la propuesta que comenzaba a dibujarse. El sabio, tomó un poco de agua de la mitad de una cáscara seca de algún tipo de coco, la depositó suavemente sobre la mesa y prosiguió. – La solución que yo le ofrezco mi señor, es quizá la que usted se ha imaginado ya. La invención de una deidad que sea tan poderosa y tan maravillosa que sea reconocida por todos como la deidad suprema, como la fuente y la causa de todo, como la salvación y el camino único, como el depósito de todo el amor incondicional y como la amenaza más grave en caso del incumplimiento de sus demandas. -  El sabio tomó uno de los almanaques de la mesa, lo levantó ante la vista de todos y con el índice grueso y poderoso que sólo un sabio puede tener señaló al hombre supremo que ahí se mostraba. -Para unificar a su imperio señor, usted tiene que  presentarlo a Él, a la deidad que dio su vida por salvarnos a todos de la gran devastación de hace 400 años. No importa si esto no es cierto, usted lo hará cierto; no importa si la gente nunca antes lo vio, ante su poderosa imagen lo verá y lo creerá todo, se doblegará ante su gran poder y su infinita bondad y se postrará a sus pies dispuesto a hacer todo lo necesario por agradarle. Usted puede decir que la historia de ésta deidad no comienza hoy, sino que comenzó hace 400 años cuando con su infinita fuerza y poder nos salvó de la muerte durante la gran devastación a pesar de estar a punto de fallecer por nuestra causa, después de salvarnos, éste ser supremo se alejó volando y se perdió en el cielo infinito, desde donde ahora nos ve y nos vigila. Él señor, puede fácilmente pasar como el hijo de Dios. O bien, como Dios mismo hecho carne y hueso. Las pruebas señor, las evidencias que usted necesita para convencer al imperio y al mundo entero de esta nueva verdad está al alcance de su mano sobre esta mesa. Trate usted estos almanaques como los libros sagrados, modifique los textos a conveniencia y añada sus propios preceptos, reglas y disposiciones a seguir, difunda su imagen y su historia, levante monumentos y erija templos de adoración.  En unas cuántas décadas el imperio y su historia habrá cambiado para siempre; los habrá quienes duden o rechacen la nueva religión, habrá quien investigue y ponga en tela de juicio su veracidad, pero para ese entonces el cambio será irreversible y la gente estará dispuesta a morir por éste Dios si es necesario. Usted así será el creador del Creador, el que reviva al Salvador, el que derrame su luz sobre este mundo y sobre todo, el rey de un imperio unificado.

El rico coleccionista, nuevo dueño de las primeras 40 publicaciones del hombre de acero, de Superman, guardará con celo la caja fuerte en donde fueron depositadas. La almacenará en un lugar seguro y secreto, dejará al tiempo hacer su parte, como se hace con los vinos finos, se le dejará reposar y añejar, con esto, el vino será más delicioso, su aroma más penetrante y su calidad inigualable. Esas 40 historietas de Superman valdrán el doble de aquí en 15 o 20 años. El coleccionista sonríe y se felicita por su excelente compra, le pide al vendedor mantenerse al tanto de alguna nueva adquisición que pudiera interesarle y en seguida, reprende su que-hacer cotidiano. Al pasar de cada década el coleccionista revisará el precio estimado de su colección de revistas del hombre de acero, y celebrará su acierto. El valor de las historietas irá en aumento exponencial, por lo que el coleccionista, siempre acaudalado y con todo lo que el hombre de antes de la devastación pudiera desear, no necesitará ponerlas a la venta, por el contrario, dejará pasar aún más el tiempo, tres, cuatro, cinco décadas. A sus ochenta años el coleccionista está maravillado del valor actual de esas revistas, sabe que su vida no dará para mucho más y estará decidido a ponerlas a la venta en los meses por venir. Sin embargo, será precisamente en esos meses por venir que tendrá lugar la gran devastación. El fenómeno natural, político o tecnológico que hará que el mundo moderno colapse y casi la totalidad de sus habitantes perezca. La gran división que separará la historia de la civilización humana en un ¨antes¨ y un ¨después¨ de la gran devastación.  Superman, a unos cuantos meses de salir por fin de su metálica prisión, quedará sin tal esperanza. Ahora mismo, fuera de la caja fuerte, se escuchan ya las potentes explosiones que habrán de acabar con éste mundo, la caja fuerte se balancea, luego se mueve fuertemente y choca contra otros objetos, un golpe seco la abolla de un costado y la hunde en una especie de abismo, cae a salvo en un montón de tierra quizá, que la ha salvado de la destrucción completa, cientos de objetos caen ahora desde arriba y la cubren, apagan el sonido, la dejan totalmente aislada y olvidada. La caja fuerte es ahora una cápsula del tiempo que llevará al hombre de acero intacto a 400 años en el futuro. Será hasta que unos cuantos excavadores de la era después de la devastación se topen con ella, hasta que un gran sabio logre con alguna especie de pólvora vencer su poderosa cerradura, que Superman verá de nuevo la luz del día.
  
Han pasado 40 años desde que el gran rey, la autoridad suprema de éste imperio dio a conocer al Mesías de hoy, en la actualidad, a 440 años después de la gran devastación, el nuevo imperio está completamente unificado bajo esta deidad. Hay cientos, quizá miles de templos dedicados a su adoración, hay millones de imágenes que penden de ventanas, puertas y muros, hay esculturas y representaciones artísticas para alabarlo y glorificarlo. Hay estudiantes de la fe que estudian y aprenden a dibujarlo, a moldearlo en barro y a pulirlo en madera. Hay músicos que lo hacen mil cantos y poetas que lo convierten en hermosas palabras. Hay festividades y varios días al año especialmente dedicados a Él. Los niños juegan a ser cómo Él, se dejan caer un rizo del cabello sobre su frente y fingen volar, los adultos lo adoran de mil formas distintas. Todo el mundo sabe que Él existió desde siempre y que está atentamente observando desde los cielos, a donde se fue después de salvarnos. Se le llama el Superman, el hombre de acero, pero también se le llama El hijo de Dios, el Salvador, el Mesías.

Durante las semanas subsecuentes a la reunión en donde el sabio develó el contenido de la caja fuerte, los presentes fueron poco a poco asesinados por la autoridad suprema. Era imperante mantener el secreto. Sólo el sabio conservó la vida salvado por la valía de su sabiduría. Fue necesario seguir sus consejos para dar a conocer al nuevo mesías, era necesaria su presencia para garantizar el buen funcionamiento del plan, y para evitar cualquier contratiempo, también para dar la cara ante cualquier situación imprevista o interrogante popular, fue el sabio quien dio mil discursos sobre cómo fue que los almanaques sagrados fueron entregados al rey en lo alto de una montaña, sobre cómo el hijo de Dios le encomendó en persona llevar la verdad a su imperio, sobre cómo fue que el hijo de Dios nos salvó a todos de la gran devastación a pesar de poner en riesgo su vida, sobre cómo después de salvarnos subió al cielo de donde ahora nos mira, sobre porqué la fe de ésta y solamente ésta deidad debe ser celebrada y sus preceptos acatados. El sabio siguió al pié de la letra las instrucciones de la autoridad suprema so pena de muerte, de él o de sus familiares cercanos. Tres décadas después el rey, la autoridad suprema del imperio fue asesinada. El secreto de lo que sucedió 30 años atrás en aquella junta de consejo quedó solamente en manos del sabio quien vio, no sólo como inútil sino también como perjudicial, la revelación de la verdad. La gente tiene hoy su Mesías y vivirá en relativa paz basando sus vidas en sus preceptos quizá por 20 siglos más. No es necesario destruir la fantasía popular, sería cruel e inhumano. Quince años después, en su lecho de muerte, el sabio reposa y respira con dificultad en la cama de una habitación bien iluminada. De sus paredes cuelgan las imágenes de El Superman y a su lado descansa una especie de biblia con sus imágenes y preceptos. Los doctores se le acercan, hablan con el sabio y le dicen, tenga fe en Él que lo está esperando en el cielo. El sabio queda por horas callado naufragando en un mar de ideas y recuerdos. Su esposa viene a su mente, su pequeña casa escondida en un valle, los momentos gratos que pasó ahí. Los árboles que él plantó en la entrada, sus hijos, sus nietos. Varios doctores y enfermeras entran en su habitación y lo encuentran balbuceando. Sabio señor, cómo está, cómo se encuentra, le tocan la frente, una enfermera le soba tiernamente las manos. En voz áspera el sabio responde Bien, tan sólo un poco curioso sobre lo que ha de ser, sobre lo que ha de pasarme. Otra enfermera cambia las flores del rincón. El doctor sostiene fuertemente su mano. La fe mi sabio señor, debe mantener la fe, no deje que su estado físico destruya la fe. El agua de las flores anteriores huele mal, la hacen cambiar. Dicen que así fueron las últimas palabras del sabio: La fe no se crea ni se destruye, sólo se transforma, se adapta, se adecúa a las nuevas condiciones de la civilización en curso, y se le da el rostro adecuado para su presentación ante la gente. 

Monday, September 17, 2012

El velorio de Emilio

Si te asomas lo verás, estará ahí dentro seguro. Te parecerá aún vivo así vestido con ese traje de gala y con las flores en el pecho, como si respirara, como si su vientre se inflara y desinflara continuamente, muy lento, no tanto como para que no sea distinguido, pero lo suficiente como para que te cagues de miedo. Me duelen los pies dice el joven Orestes. Son los zapatos dice el capitán, su papá. En un par de horas te acostumbrarás, son tan sólo para que estés presentable en el funeral. ¿Y el ataúd lo dejarán así, abierto? Si, toda la noche, lo estarán llorando. Una anciana vestida de negro pasa sollozando lentamente a su lado. Pase usted doña Elba. En voz quebrada doblemente, por tristeza y por vejez: gracias capitán. Un pie que apenas se levanta y otro que inevitablemente ya se arrastra se alejan por la alfombra roja que dirige al ataúd. Y si eres afortunado y cuando te acerques todo está en completo silencio lo podrás escuchar. El capitán se espanta una abeja de la oreja, seguro que se metió con las flores que trajeron. El joven Orestes mueve los dedos de los pies dentro de su fino calzado negro mientras piensa. Luego, acomodándose el cuello de la corbata ladea la cabeza hacia el capitán y le pregunta en voz queda: ¿Por qué lo quiso así?. El capitán se afila los bigotes. Era un tipo muy necio y con ideas muy extravagantes, una vez le pregunté: Emilio, ¿por qué no se deja de tonterías y vuelve a escribir con la mano derecha?, Porqué la perderé en unos años y tengo que acostumbrarme a usar la izquierda. Oigan a éste, tan seguro de perder esa mano está. No se ría capitán, yo se porqué se lo digo. Y bien que lo sabía, pues él mismo se la cortaría al cumplir los 26. ¿Por qué lo hiciste Emilio? Estás loco, se te metió el diablo. Porque en éste mundo todos sufren por algo, todos guardan algún dolor, alguna desesperanza, y yo, elijo por lo menos ejercer mi derecho de escoger cuál será mi dolor, y he escogido perder una mano. Entonces estaba loco de remate papá. Que no me digas papá en público, dime mi capitán. Entonces se le había zafado un tornillo mi capitán. Así parecía ser, pero por otro lado todas sus extravagancias se alineaban siguiendo un cierto patrón, sus ideas parecían tener estructura, sus actos al fin de cuentas parecían estar estudiados milimétricamente y sustentados en sabiduría. Ahora hay silencio en el recinto, la abeja camina confiada en la espalda del capitán sin que éste se de cuenta; sólo el crujir del cuero de los zapatos del joven Orestes se escuchan. Ya se me entumieron los pies capitán. Mejor que así se queden, mejor que sientas que no están a que te duelan, como la mano de Emilio. ¿Y qué es lo que el muerto está escuchando mi capitán? Una de esas obras clásicas y larguísimas, un montón de violines y arpas y flautas y violoncelos o violas o como les llamen, una voz femenina creo, música tan extravagante como él, repetida la misma canción una y otra vez, los audífonos bien apretados sellándole los oídos y el volumen al máximo, el IPod en la solapa, así pidió que lo enterraran. Tres metros abajo, el ataúd con lujoso forro blanco de satín abullonado, la oscuridad, la tierra que le cae encima, primero golpeando directamente sobre el ataúd y aplastando las flores y luego volviéndose cada vez más imperceptible. Como si alguien lo escuchara desde dentro. El muerto con los audífonos en los oídos y la música sonando, una y otra vez la misma melodía hasta que la batería muera, preparándole, asegurándole, él decía, un camino placentero hacia el más allá. Una especie de rito mi capitán. Si, algún tipo de ritual mortuorio Egipcio adaptado a nuestra era por medio de un elemento tecnológico moderno. ¡Shhh! Haga silencio mi capitán. El sacerdote ha levantado las dos manos. Oremos hermanos.

Friday, August 3, 2012

La malparida

Ésta es la suya, y aquí tiene la suya, son pesadas, sí, pero igual tienen que ponérselas; huele a azufre, que si así huele imagínese cómo se ve. Amanda se la pone, Rodrigo también, y si se me cae, asegúrese de sujetarla bien por detrás, más les vale y no se les caiga. Pues miras para el suelo mensa, dice Rodrigo y Amanda, ay bueno ya. Amanda y Rodrigo entran con las pesadas gafas de soldador bien puestas, las manos aún sujetándolas, como para asegurarse de que no se caerán a la mitad del camino. Una decena de personas más hace lo mismo. Por aquí, pregunta Amanda y el guía, no a su derecha, y que camine de frente, hacia donde está el letrero. ¨Medusa¨ dice ahí, es un letrero rojo que brilla en la oscuridad, como el de ¨salida¨ en un cine. El olor a azufre incrementa, la oscuridad lo es cada vez más. El guía abre con un interruptor una pesada cortina roja. Detrás un enorme y grueso cristal, como una gigantesca pecera sin peces. Detrás del cristal rocas, y ramas, y tierra, y un muro altísimo alrededor con una reja hasta arriba, Dónde está, no la veo, expectantes los ojos detrás de las gafas buscan con afán su objetivo, las ramas secas, y las grises piedras frías y muertas, y las cadenas y los desperdicios óseos quebrados, todo bañado en tenue luz roja de prostíbulo. Está ahí, en el fondo señala uno, reacomodo súbito de posiciones, los cuellos estirándose lo más posible sobre el hombro del de enfrente, detrás de un arbusto de rocas secas está la Medusa, la mera mera, la vieja horrenda con la cabeza llena de serpientes, ya la vi ya la vi, está caminando la cabrona, ya nos vio ya nos vio, es toda gris la puta, sus ojos brillan ya viste, hasta se me revuelven las tripas, sigue avanzando, viene para acá, se está acercando a nosotros, desde atrás del público un ¡shhh!, y desde el frente un callado: pinche vieja mamona, y ahora en voz baja, en voz de aire rosando los tejidos guturales, Ay Rodrigo, no mames, vámonos de aquí, y Rodrigo, ahora te aguantas collona, estuviste chingue y chingue de venir aquí ahora te jodes. Y la Medusa caminando lento, como robotizada, como haciendo una diabólica rutina de taichí. Se llena la recámara de silencio, ojos de Medusa de un lado del vidrio, ojos de público del otro, los primeros preguntándose porqué no causa efecto su mirada sobre las víctimas, los segundos diciéndose unos a los otros, pero cómo está fea la malparida, ya abrió la boca, Amanda y Rodrigo también, está jadeando, y se acerca aún más al cristal, lentamente pone sus manos extendidas sobre la superficie, uñas largas, llagas profundas, piel gris de plastilina seca, el público se echa atrás inconscientemente, el guía baja el interruptor y la cortina se cierra lentamente, el público intenta obtener los últimos segundos de la horrenda visión, cuando se cierra por fin la cortina, el público se da por satisfecho. La viste, siento que se me metió en el alma, esta noche no podré dormir, cuál es el que sigue, Rodrigo saca el mapa, Amanda echa sobre él un halo dorado de luz artificial de lámpara de bolsillo, y Rodrigo sigue la ruta con un torcido dedo. Es el cíclope, en la parte superior del mapa se puede leer: Zoológico Nacional de Bestias Mitológicas.

Tuesday, June 12, 2012

Tratado invidente sobre la publicidad

Caminaba inmune al entorno por las calles. La sombra que de él se desprendía se había extendido hasta cubrir la totalidad: su amplio y nocturno universo. Había aprendido a amar lo que no estaba ahí para él; en vez de un consecuente temor a lo desconocido logró hacer las paces con el misterio de lo que, desde hace mucho, le era negado. Él era un ciego, y como prisionero en cárcel que cubre una larga condena y que con el tiempo se hace sabio, el ciego había aprendido a tolerar el silencio, a contar las horas y guardar el tiempo en su cabeza haciéndola un exacto reloj biológico, a reconocer su propia voz y a alimentarse de sonidos cada vez más nítidos y descriptivos; sembró una y otra semilla de tal o cual pensamiento o idea, y éstas hicieron blanco en tierra fértil produciendo rápidos y exuberantes frutos. Al pasar del tiempo, las semillas de pensamiento se convirtieron primordialmente en colores vagos poblando como neblina difusa la oscuridad, después se transformaron en luz de velas irradiando un poco más de claridad revelando formas más definidas y colores más intensos, pero aún tenue y fácilmente extinguible por el viento, pero muy poco después el caudal de pensamientos en su cabeza se transformó en potentes lámparas con incandescente luz chorreándose sobre imágenes precisas a todo color y de movimiento continuo. Las visiones en su mente llegaron a entrelazarse rápidas como tropicales enredaderas que, provistas de nutrientes infinitos, suben las cuestas de los árboles, de los muros, las rejas, los postes y cualquier pendiente a su paso con extrema velocidad; tal como si a la ciudad de Río la invadiera de repente el exuberante Amazonas y la ahogara en verde esmeralda y esencias clorofílicas. Caminaba invulnerable bien digo, porque los gritos de la publicidad no lo llamaban a él, no decían su nombre ni tiraban de las mangas de su camisa o pantalones; las luces que chillaban intermitentes por la calle no llamaban de ninguna forma su atención. Nada estaba ahí para él, nada tenía el poder de ocupar su mente y distraerla de visiones mucho más originales y placenteras. El ciego así, se evitaba la dura pena de caer presa de formas y colores vacíos. “Disculpen que yo vea más que ustedes” se decía el ciego pensando en los demás, en los que tienen ojos, en los que ven pero tienen la vista atrofiada. “Sea mi ceguera un antídoto a las letras e imágenes que enajenan como plaga las mentes de los demás; que se adhieren como líquenes sobre las rugosas superficies de los cerebros y lo ahogan sin remedio en una marea de basura icónica; sea mi ceguera la muralla China que defiende mi mente y que la permite concentrarse en una dulce meditación que me resulta benéficamente analgésica”. Y es que sólo el ciego, entre la multitud de los ciudadanos de aquella villa, caminaba aún por las calles de una ciudad infinitamente más bella. Para él las flores del jardín aún llenaban de colores la avenida, la pintura de los edificios estaba intacta y emitía una luz fulgurante rebotada por un Sol omnipresente, los balcones estaban llenos de amantes, plantas y pequeñas mesas con sillas para tomar el té, leer o jugar dominó, ajedrez o cualquier otro deporte intelectual. Habiendo construido este mundo de formas, luz y movimiento a partir de oscuros cimientos éste ciego se sentía un héroe y experimentaba una cierta afinidad con Narciso; un vínculo desdibujado de familiaridad; siempre gastando su tiempo en él mismo y adorándose, aquél por decisión propia mirando su reflejo en el espejo, y éste por la condición de su ceguera contemplando la sabiduría acumulada en la caverna oscura de su mundo. En fin, el ciego aprendió a exprimirse el fruto de la autoestima encima y empaparse de los beneficios de ella. A pesar de su condición física capaz de bloquear los embates del entorno, el ciego no dejó de percibir información del exterior,  leer y de alimentarse también del código escrito, pero en el mundo del braille no existe la publicidad. Las sensibles manos, que expertas en descifrar hoyos, muescas y demás accidentes en las superficies van directo al grano de la literatura. Queda, como responsabilidad del lector, escoger el tipo de lectura preferible, pero resulta más fácil separarse de la basura y evitar las distracciones. La publicidad en braille sería ridícula e impráctica, muy deficiente dada la naturaleza de un mercado restringido y de una minoría que en la sociedad se toma como intrascendente. Los ciegos, no marcan la diferencia en éste mundo, en esta civilización visual, y por lo tanto no hay publicidad para ellos que sea relevante. No hay diferentes tipografías en braille más allá de hoyos o relieves, y los colores simplemente no existen, así que el producto no está estilizado ni adornado, y queda a cargo del lector el crear las imágenes adecuadas que den sentido gráfico a lo leído y produzcan el humano efecto de la imaginación.


Un día, así tan iluminado y radiante como todos los demás, nuestro ciego, que se ha vuelto un poco nuestro a partir de que hemos descubierto un poco de su mundo y explicado sus procederes mentales, caminando sobre las baldosas de ladrillo rojo, más intenso para él que para los demás, y sin percibirlo sino hasta después de un largo minuto, comenzó de repente a flotar a la altura de las copas de los árboles. Inmerso en una especie de torbellino de ideas, imágenes y bienestar experimentó un placer absoluto, un amor desbordante por todo y todos los que lo rodeaban, una alegría suprema y estable alcanzada por años de contemplación y sabia paciencia. Su cuerpo se sintió de pronto más ligero, su corazón en extremo fuerte y saludable, su cabeza inmersa en el éxtasis de la ecuanimidad. Por instantes lo entendió todo, lo supo todo, se esclarecieron todos los misterios y se resolvieron todos los enigmas, el cosmos infinito se volvió sondable y todo fue tan fácil de entender. El ciego, suspendido sobre las cabezas de gente que creía estar viendo un milagro, sobre señoras que habían dejado caer al suelo sus bolsos llenos de comida recién comprada para persignarse tres o cuatro veces, sobre perros que frenéticos ladrando se jaloneaban las correas de las cercas a las que los habían atado, sobre los jóvenes que se cayeron de las bicicletas al dejar de ver al frente y fijar la vista arriba y de un auto que chocó contra una banquita del parque, se dijo en voz baja a sí mismo pero en voz fuerte al Universo. Precisamente porque no lo veo es que lo creo, porque mis ojos me blindan y me protegen de la realidad, porque lo que se vuelve verdadero es lo que yo sé, porque las leyes físicas del Universo están a mi merced, porque a las almas de este mundo les pido sincero perdón y les doy las más honestas gracias, porque lo amo y los amo a todos.


Unas gaviotas pasaron volando rápidamente, un semáforo se puso en verde, un tomate dejó por fin de rodar al chocar contra la banqueta del otro lado de la calle, una pareja de novios se apretó muy fuerte de las manos y el ciego lentamente descendió y puso los pies suavemente sobre el suelo; la gente lo miró como el adolescente que por primera vez conoce el milagro de ver a una mujer desnuda frente a él invitándolo a unírsele; las señoras desconfiadas recogieron sus tomates de suelo, un joven levantó su bici y se sacudió los pantalones, los perros recibieron un regaño de sus dueños para hacerlos callar, un conductor impaciente sonó su bocina para que el de enfrente avanzara. El ciego, en un delicioso letargo, continuó su camino por la ciudad más hermosa de éste planeta, la gente se olvidó de él y él se acordó de que a una cuadra de ahí lo esperaban sus amigos a comer.



Thursday, March 8, 2012

Tres ancianos

Tres viejos me habían acompañado, uno de ellos más arrugado que los otros dos y un segundo embarrada la cara de porquería, quizá de sangre, quizá sólo de mermelada. Dóciles; sin embargo, a las voluntades indomables que en ese entonces me gobernaban, de aspecto sereno y sabio, tal como ancianos venerables dignos de toda reverencia; sin contrariarme con consejos absurdos y sin decir una sola palabra, guardando mis espaldas como fieles guaruras. -¿Sí?, ¿Qué desea?- -Vengo a ver a El Muerto- Un tipo enorme con el rostro tan cicatrizado que desearía tener aquél de la Luna me había abierto la puerta y dejado entrar después de una ardua inspección, tanto a mí como a los confines brumosos de las calles que ahí colindaban. – ¡Hey, muchacho! veo que te has decidido- Se escuchó una voz cubierta de una rancia luz en el fondo de una habitación por lo demás oscura. – ¡Pasa cabrón!, no hagas esperar a El Muerto-. Periódicos viejos apilados casi hasta el techo, botellas y paquetes misteriosos, cuerdas, cintas adhesivas, un manojo de ligas, un cuchillo. –Sabía que vendrías, al final de cuentas los tipos como tú siempre acaban aquí- Un piso de cemento frío, mal acabado y embadurnado de una colección de sustancias nocivas me habían llevado finalmente hasta él. El Muerto le decían; Su persona: un ramillete de encantos, negro aceitado, ojos hundidos hasta incrustárseles en el cerebro, dientes tan enormes que parecían no haber estado jamás dentro de su boca sino que permanecían afuera por tiempo indefinido, como una grotesca risa postiza mal pegada en abultadas encías púrpuras. –Y bueno, ¿lo trajiste?- Di un leve toque a mi bolsa del pantalón sugiriendo un “sí, aquí está” por respuesta. Los tres ancianos se mantenían imperturbables y esperaban el momento preciso de hacer su parte. -¡Tripa!, tráele a este joven su mercancía.- El tipo enorme de la cara hecha picadillo aventó a la mesa el pequeño paquete blanco por el que yo había ido. Lo tomé con calma y también tomé el tiempo necesario para examinarlo. Todo estaba bien, El Muerto estaba jugando derecho ésta vez. Los tres ancianos salieron de mi bolsillo y aterrizaron sobre la mesa. La cara del prócer de la nación repetida tres veces en billetes de 1000, su heroica mirada fija en tres diferentes puntos de la habitación. El Muerto tomó el dinero y examinó a contra luz su calidad. Como había dicho, uno más arrugado que los otros dos y un segundo con la cara embarrada de porquería. Los guardó en un estriado bolso de cuero negro. La fidelidad de los tres ancianos era ahora para con El Muerto, yo salí de ahí tan pronto como me fue posible.

Wednesday, January 18, 2012

Tres llamas blancas estampadas en la cobija

Su abuela se la había regalado la Navidad de dos años atrás, no sabía si la había comprado en el mercado local o si la había hecho ella misma, al fin de cuentas ella era una pastora de llamas que de vez en cuando se le daba el hacer algún tipo de tejido con la lana de sus animales, pero eso tendría que habérselo preguntado antes de que muriese el año pasado. De cualquier forma esa era la cobija más abrigadora de todas las que tenía listas para la temporada de frío. Tener ocho años y vivir en una pequeña choza en las estriadas y neblinosas montañas del Perú requiere de buenas provisiones de vestido y abrigo para sobrellevar la temporada fría de éstas regiones. La cobija era tan normal y sencilla como lo pueda ser cualquier producto artesanal, estaba hecha de alguna lana procesada manualmente y directamente del animal. Nada como esas cobijas fabricadas en complicadas máquinas que venden ahora en los almacenes de la capital. Ésta, por su parte, era fuerte, de hilos gruesos que la hacían pesada y estaba impregnada del olor del campo, de la tierra y la vegetación transformada en ese pelo grueso y áspero que crece en los cuerpos de las llamas y que, al igual del de las ovejas, también se llama lana. Había sido fabricada con esmerada paciencia y entretejida con el amor de manos expertas y muy probablemente ancianas, manos seguramente transformadas hace tiempo en una especie de cartón moreno y arrugado en donde cada línea es una larga historia de la localidad donde vivía. A Martín Cifuentes al pasar de los años, le gustaba pensar que la cobija, siempre sí, había sido fabricada por las manos bondadosas de su abuela. En aquél momento, a sus ocho años, la cobija le parecía gigante y le prometía mejor guarida del frío que la choza misma, era de apariencia maternal y suave al tacto, tanto manual como facial, gris claro y adornada con tres pequeñas llamas blancas formadas una detrás de la otra; motivos por demás distintivos de éstas regiones americanas que conservan hasta la fecha algunos tintes de prehispánica ascendencia.

Aquella noche la choza se veía acribillada por lanzas hechas de gélido viento. Las chozas de esa región por naturaleza, por lo menos por la naturaleza montañosa del Perú, están constituidas de un adobe que tiende a proteger con canina fidelidad a sus propietarios del frío y, en su interior, uno puede acercarse a la perfección del calor natural dentro del útero de una amorosa madre; sin embargo, era posible percibir en el exterior los sonidos poderosos del viento, sus rugidos y exclamaciones de furia, los aullidos y lamentos producidos al desgarrarse en las láminas de tejados y rajarse en las ramas de los árboles alrededor. Los animales, tanto domésticos como silvestres, habían corrido a esconderse y seguramente se acurrucaban unos con otros en sus distintas madrigueras, refugios y guaridas, la gente por su lado, había hecho lo mismo resguardándose lo más cómodamente posible en sus moradas, no por más grandes menos modestas que la fauna de la región. Al madurar la noche el cielo se había despejado y el pueblo entero dormía bajo una luz de Luna que habría lastimado los ojos de quien la viera, el viento había cedido al tiempo y ahora todo lo inundaba un perfecto silencio; esa calma absoluta de un momento que se detiene y que no permite que ni una hoja se mueva, que ni un perro ladre, que no se explique ni siquiera el lento arrastrarse de un caracol. El frío, por su parte, había ganado en su capacidad de penetrar entrañas, congelar orejas y detener el movimiento del agua. Fue más o menos en este momento que sucedió por primera vez. Martín Cifuentes, dormido en su pequeña habitación inmiscuido en sueños sobre extintos volcanes cubiertos de exuberante maleza, comenzó en su inconciencia a sentir un frío exagerado, tanto que la maleza de los volcanes en sus sueños se congeló. En un intento por calentarse, su cuerpo comenzó a sudar pesados goterones para aliviar su malestar empapando su frente, pecho y espalda. Súbitamente, en una contorsión extraña, sus ojos se abrieron y su torso se incorporó apenas apoyado de espaldas sobre los codos en la cama, la luz de Luna entraba por las rendijas de su ventana, y en el estado de parcial conciencia o inconciencia que uno tiene cuando se está medio despierto o medio dormido, se dio por fin cuenta de que en realidad y no sólo en sueños, hacía un frío paralizante; la cobija no estaba ahí donde debería estar, cubriendo su cuerpo y protegiéndolo del frío, por lo que se encontró con su propio cuerpo en calzoncillos extendido sobre la cama tiritando de frío; quizá la cobija se habría caído, así que apresurándose a buscarla se asomó por uno y otro lado de la cama pero no la encontró. La luz de Luna entró de repente con mucho más intensidad por la ventana, como si de pronto se hubiera liberado del bloqueo de una pesada nube que hubiera estado estropeando su majestuoso esplendor, e iluminó la neblina espesa que aparentemente llenaba de lado a lado la habitación de adobe. Entonces Martín las vio; tres enormes llamas estaban paradas alrededor de su cama, casi sin moverse, tal como heladas esculturas de mármol, sus ojos negros y grandes lo miraban fijamente, y aunque estaban tranquilas, sin asustarse, como si estuvieran pacíficamente pastando en el campo, tenían un aspecto que denotaba una cierta impaciencia o inquietud; a cada pesada exhalación, que silbaba y hacía eco en la habitación, salía de sus calientes hocicos un denso vapor que se condensaba y desvanecía en el aire, su lana era alarmantemente blanca y demasiado brillante. Martín, instintivamente, no pudo más que llevarse una mano a los ojos para protegerse de tanta luz, y en el instante que a uno le lleva leer la palabra “ya” la habitación se oscureció, Martín se descubrió los ojos lentamente quitándose de encima su propia mano, tan sólo para descubrir que las llamas no estaban más ahí, se dio cuenta de que con la otra mano sujetaba fuertemente una de las orillas de la cobija y entonces se inundó de pánico. Jaló la cobija hacia sí mismo y, con la ahora tenue luz de Luna que entraba humildemente por la misma rendija de ventana, vio las tres pequeñas llamas blancas estampadas en ella. Cerró los ojos fuertemente como para convencerse a sí mismo de que sólo había tenido un mal sueño, y después de unos segundos cayó irremediablemente dormido. La maleza que cubría los volcanes en sus sueños nunca fue más densa y exuberante.

Lo que había estado inanimado ahora se mostraba lleno de vida y movimiento, el Sol cubría el panorama y se sentía un delicioso calor primaveral, la gente se mostraba como de costumbre bulliciosa y una vieja canción popular se elevaba desde una estropeada radio que hacía sentir que la música estaba en blanco y negro. A lo lejos había un rebaño de llamas como el que su abuela solía llevar a pastar, Martín las observó por largo rato mientras desayunaba sentado en un madero labrado en forma de asiento tomando el Sol, ninguna de ellas era tan grande como las que había visto entre sueños la noche pasada, además, ninguna era tan blanca como aquellas, todas mostraban un blanco bastante sucio que más bien era un color paja, o bien, cualquier otro tipo de pelaje de distintos colores y tonalidades. Por la mañana se había levantado más temprano que de costumbre con el deseo secreto de encontrar una puerta abierta que explicase tres llamas en su habitación durante la noche, entonces sí se reiría de sí mismo y reclamaría con justificada voz: -¿Quién dejó la puerta abierta?, tres bestias entraron ayer a mi cuarto y me pegaron un susto de aquellos.- La situación quedaría en broma, sus padres y sus tres hermanos mayores se retorcerían de risa y después pagarían las consecuencias con algún tipo de travesura. Contraria a esa predeterminada y apresurada idea, el pesado madero que servía de tranca para la puerta dormía pesado y cínico sobre las argollas de metal incrustadas en la pared. Ninguna posibilidad de atravesar esa puerta, mucho menos siendo una llama, parecía probable. No es bueno desayunar con un pesado sentimiento de miedo en el estómago. Hay que recordar que tener ocho años no lo provee a uno todavía, de un estómago fuerte que resista con eficacia ésta y otras preocupaciones que conllevan el vivir en éste mundo.

-¿Qué te pasa Marti?, tienes una carita más pálida hoy, ¿porqué no has ido a jugar con Silverio y Joaquín?, ¿te peleaste con alguno de ellos?- Responder elevando los hombros y con un simple “no” a veces está justificado, -Mira que son buenos chicos, el otro día hasta le ayudaron a tu papá a llevar los leños al depósito-, -Ayer soñé con cosas-, Y llevando una mano juguetona al pelo del chico la madre continúa, -Ay Marti, ¿pero qué clase de sueño fue que te tiene así?, ¿No será que Amandita te trae de los huevitos otra vez?,- -No, ayer en la noche me levanté de repente y clarito vi tres llamas ahí, metidas en mi cuarto.- Perdonen la falta de onomatopeyas para describir el sonido estrambótico de la carcajada que soltó la mamá de Martín, -¡Ya ves mamá, ya ves!, ¿cómo quieres que luego te cuente de mis cosas si luego te acabas riendo de mí?- Y también las mamás, a manera de perdón, algunas veces y de alguna forma, intentan retractarse. –Pero si no me burlo de ti Marti, tan sólo que pensé que la idea de tres llamas en tu habitación era graciosa, pero ahora que lo dices yo también me asustaría, quítate ya las manos de la cara y salte a jugar; seguro que te comiste algo pesado ayer en la noche.- Y a manera de quien encuentra la justificación perfecta la mamá de Martín recuerda, -¡El pescado con papas!, fue el pescado con papas que te comiste ayer en la noche, yo tuve que tirar el mío porque le sentí un olorcito extraño, a lo mejor hasta te cayó mal a la panza, ¿No has vomitado?- -¿Y para qué me tientas la frente si me estás preguntando si he vomitado?- -Porque los males o los bienes del estómago se reflejan también en la cabeza o en otras partes del cuerpo, no ves que dicen que a un hombre se le conquista por el estómago-. -¿Y a una mujer cómo se le conquista?-, -¡Ja!, sabía que algo tenía que ver con eso; bueno, para conquistar a una mujer primero que nada no le cuentas que estás asustado porque viste tres llamas en tu habitación a la mitad de la noche; creerá que estás loco.-, -Pero si te digo que sí las vi, estaban ahí al ladito de mí, paradas alrededor de mi cama y viéndome como locas-, -Bueno, bueno, no me hables así y ya mejor olvídate de eso y vete a jugar que ya se te acaban las vacaciones-. Martín por fin rinde el extraño sabor de boca que venía sintiendo desde la noche pasada y decide hacerle caso a su madre, se levanta de un buen brinco que acaba por sacudir el sentimiento negativo y se aleja corriendo por la calle. A la mamá de Martín se le inundan los ojos de nostalgia, quisiera volver a tener la edad de su hijo y jugar también; ¡cómo pasan los años, cómo crece su hijo más pequeño! Pronto dejará de asustarse por pesadillas absurdas y llevará a cuestas cosas más importantes para hacerlo.

Y bien, ya está de nuevo Martín en su cama bajo la pesada cobija y bajo las figuras de las tres llamas blancas estampadas en ella, siente que está en una posición vulnerable que le hace pensar en la noche pasada. –No me jueguen bromas esta vez- Martín les dice en su cabeza a las llamas de su cobija. Se ríe de sí mismo; hoy ha sido un día largo y ha estado jugando mucho, la historia de las llamas ya está casi borrada de los acontecimientos recientes y todo es paz y tranquilidad de nuevo; un día más lo separa de la escuela y es momento de pensar en otras cosas más relevantes; en qué útiles tendrán sus papás que comprarle, a qué equipo de fútbol se incorporará para el torneo de verano, y después pasa varios minutos pensando en Amanda; quizá esta vez sí se decida a plantarle un beso. Martín ha cambiado el sentimiento negativo de las llamas, por el mucho más positivo de los labios rosas y delicados de Amanda, el aroma que se desprende de su pelo negro y ensortijado y sus piernas asomándose bajo su mini falda blanca. Así pues, acariciando con dedicación su sexo, se queda dormido debajo de su pesada cobija de llamas blancas. A elevadas horas de la noche, o tempranas de la mañana, como quiera que guste tomarlo el que descifra este texto, el acontecimiento de la noche pasada se repite unas segunda vez. En ésta ocasión, una de las llamas que rodean la cama de Martín y que lo observan fijamente se acerca más a él y le olisquea la cara. Martín, estacionado entre la conciencia y la inconciencia no siente el miedo en ese momento, eso será después hasta que las llamas nuevamente desaparezcan, por ahora lo único que siente, además de frío intenso que taladra sus huesos, es el dolor en los ojos de la luz que despiden los blancos pelajes de las llamas bañadas con luz de Luna, y el cálido vapor emanando del hocico de la llama impregnándosele en la cara. Martín cierra los ojos fuertemente para impedir que la luz lo lastime y tan pronto como se asoma de nuevo por entre sus dedos las tres bestias ya no están ahí, la cobija está hecha una bola a sus pies y la oscuridad reina de nuevo sobre su habitación. Es ahí donde el pánico se apodera del pequeño Martín, siente ahora que su cuerpo es una bola de nervios, una pesada albóndiga hirviente, y venciendo de un zarpazo el miedo de moverse corre hacia la habitación de sus padres pasando por la puerta de entrada que, corrobora, está firmemente cerrada. Los padres duermen tranquilos, así lo hacen cuando laboran mucho y sus quehaceres son honestos, Martín está a punto de despertarlos a gritos pero considera los perjuicios que eso pueda conllevar el día siguiente, así que con todo el pesar del mundo en sus hombros, que es demasiado para un niño en sus ocho, decide regresar, no a su habitación, que ahora considera maldita, sino al torcido catre que sirve de sofá en el cuartucho que sirve de sala en su choza que sirve de casa. Vale más dormir torcido que morir de miedo en su habitación. Quédense pues por el resto de la noche las tres llamas blancas estampadas en el campo gris de la cobija donde viven, que ahí es donde deben estar.

-¿Qué hace Marti ahí en el catre?- se dice uno. – ¿Habrá caminado dormido?- se pregunta el otro. –Quizá orinó la cama- supone un tercero. El primero, adhiriéndose a su explicación original, defiende a su pequeño hermano que está aún inmerso aún en una densa niebla onírica. –No, no, Marti no orina la cama desde hace mucho- La mamá evalúa la situación con una risa que no logra esconder. – ¿Y bueno pues, explícanos el secreto, qué hace Marti ahí?- -No sé si esté relacionado, pero ayer estuvo hablando de una tonta pesadilla, algo sobre llamas en su habitación que lo miraban fijamente alrededor de su cama.-, Generalmente, las orquestas son de música, sin embargo, ésta lo es de risas y carcajadas. –No sean así- dice la madre, -Lo van a despertar. Además el pobrecito sigue tan enamorado de Amandita, yo creo que esa niña me está volviendo loco a mi pobre hijo-, -Pues tiene buen gusto éste cabroncito, se parece a mí- sentencia el hermano mayor. Martín bosteza y estira los brazos sin saber que su tribu lo rodea. –No se vayan a reír, lo van a hacer enojar- pide la madre, -hagan como que nada pasa-. Pero los hermanos menores están hechos para ser el blanco de las bromas de sus hermanos mayores; ¿habrá la Sicología estudiado éste fenómeno, habrá sido considerado por alguna autoridad religiosa, habrá constado este hecho en algún tipo de escrito de sabiduría milenaria o enmarcada por el tema de alguna obra artística de envergadura? La respuesta a ésta larga pregunta no importa, lo que ahora nos concierne es el hecho de que las pedradas, las primeras indirectas y que dan una advertencia inicial y las segundas que comienzan a rozar las orejas de Martín para, una que otra, darle de lleno en la cara, causan un efecto de evidente malestar en el niño. Primero se frunce el pequeño entrecejo, noticia de que sabe que algo se ha comentado a sus espaldas, después le viene a la mente la nítida imagen de las llamas alrededor de su cama, y el sentimiento de enojo se mezcla y confunde con uno de temor. Escapar de ahí es preferente, así que el pequeño Martín sale corriendo a su habitación no sin antes decirles a viva voz: -Vayan a comer mierda cabrones-. – ¡Esa boquita Martín!- la madre censura, pero Martín encolerizado regresa y le suelta una patada a su hermano mayor quien, inmune a los iracundos golpes de su hermano, responde tan sólo con una risotada, golpe éste, más nocivo, hiriente y dañino que cualquier otro. El pequeño Martín llora por horas, se golpea él mismo la quijada con puños pequeños pero de nudillos filosos, se tumba de boca sobre la cama y la patea, más siente que su madre haya dicho lo confesado que sus hermanos lo hayan tomado como pasatiempo matutino. La madre sabe que esto es así y sintiendo la culpa recaer sobre sus incipientes canas muestra su rostro afligido en una puerta entreabierta. –Marti, ¿puedo pasar?- Aventarle una almohada a la cara a la mamá es la respuesta que su madre merecería, pero eso le traería más problemas aún. Ésta no es forma de pasar el último día de vacaciones. –Perdóname Marti, no pensé que tus hermanos lo tomarían en broma-, Llorar también es una respuesta. –No te pongas así, sólo lo hacen por molestar; si te reconforta saberlo ellos también tuvieron pesadillas que los hicieron llorar como niñas asustadas, y Damián, aquí entre nos, se orinó en la cama hasta los seis años-, Por fin una sonrisa se escapa del atribulado y rojo rostro de Martín, -¿De verdad?-, -Ahá-, Es ahora Martín el que suelta la risotada, -Anda Marti, aprovecha tu último día de vacaciones. Por cierto, me dijo el papá de Amandita, por si quieres saberlo, que ella irá a visitar a su tía, así que podrías estar en la plaza cazándola, y cuando pase ¡pum! te la encuentras por casualidad, ¿qué te parece? Los ojos del muchacho se iluminan y dos o tres latidos de su corazón envían dos o tres litros de sangre a su cabeza. Martín se levanta de un brinco y dispone lo necesario para tomar un baño; así de poderosa es la influencia de una pequeña mujer sobre un pequeño hombre. – ¿Ya dejaste de llorar chilletas?-, -¿Tú ya dejaste de mearte en la cama?- responde rápidamente Martín. Las carcajadas hacen ahora blanco en el rostro transfigurado del hermano mayor. Martín ha cerrado la puerta del baño antes de que su hermano lo pudiera alcanzar.

Qué sentimientos diversos son los que un infante puede llevar a cuestas en un corto periodo de tiempo. Déjenle a un niño la tarea de llevar un sentimiento a un extremo. Ahora, es la ilusión amorosa lo que invade la mente de Martín, tanto como una canción hermosa que logró apoderarse de uno y que se repite una y otra vez a lo largo de todo el día. Amanda estaba preciosa ésta mañana cuando la vio junto a la fuente, su boquita rosa le sonrió y dejó ver unos pequeños dientes blanquísimos; cuando le besó la mejilla un suave aroma a margaritas silvestres se desprendió de su pelo, y su piel era suave y cálida como un bombón cerca del fuego. Platicaron por largo rato, ella rió de sus bromas y aceptó agradecida un enorme durazno que él le regaló. Secretamente lo había comprado minutos antes de encontrarse con ella sólo con el propósito de regalárselo. El día siguiente sería el primer día de clases después de unas largas vacaciones y él empezaba con el pié derecho. Volvería a ver a sus amigos y habría mil cosas que hacer después de clases. Habrá que ver que clase de profesor le tocará, quién tendrá que sentarse a su lado, y lo más importante, si Amanda estará en alguno de los equipos que se formen para las diferentes materias. Así, recostado sobre la cama mirando el techo y alucinando con las vistas y esencias de Amanda, escucha a su madre en la habitación preparando su ropa y colocando todo lo necesario en su mochila, y a sus hermanos jugando ajedrez en la sala. De súbito le viene a la cabeza el recuerdo de las llamas. Parece tan distante que ahora no le produce miedo, tan sólo intriga y paradójicamente diversión; quizá le caiga muy bien el regresar a clases y mantenerse ocupado con otras cosas en la cabeza aparte de llamas macabras en su habitación. Además, se imagina lo ridículo que sería que uno de sus compañeros le confesara que tres llamas blancas lo visitan a mitad de la noche, así que decide simplemente dejar de sentirse un niño desvalido y empezar a comportarse como un hombre que tiene responsabilidades, deberes y si la buena suerte lo acompaña, hasta una mujer a su lado. Así, que pasado el desfile de minutos que celebran la hora de ir a dormir, Martín toma con decisión su cobija de llamas, se cubre con ella y duerme tan estáticamente como una roca clavada en la superficie lunar. Las llamas nocturnas, no obstante, son invulnerables a cualquier tipo de accidente geográfico, este dentro o fuera del planeta, así que hasta la Luna y su Mar de la Tranquilidad van de nuevo a interrumpir los dulces sueños de Martín. La escena ya conocida se repite una vez más, el frío increíble, la cobija que ya no está y las tres llamas blancas y brillantes rodeadas de niebla y luz alarmante que ciega sus ojos. A pesar del sabor de aluminio en su boca no hay miedo, tan sólo desconcierto e incomodidad, una llama olisquea el rostro de Martín y un poco después una segunda se acerca y comienza a jalonearlo del pantalón de pijama que ahora trae puesto; lo que debería de permanecer inconsciente y no lastimar se hace consiente y produce al fin un daño; la adrenalina se dispara en forma de un grito de terror que no sólo hace que su familia entera llegue corriendo hasta su habitación, sino que desaparezca luz, frío, niebla y llamas a granel. La luz eléctrica se enciende y la cobija está hecha una albóndiga a las espaldas de Martín. Los hermanos deciden ésta vez mostrarse compasivos con el pequeño, pues ahora muestra una cara que expresa un real tormento y aflicción. Todos lo abrazan, la pesadilla ha terminado le dicen, y lo intentan alegrar a costa de buenas predicciones sobre Amanda y él. El simple sonido de su nombre disipa sus miedos, el vocablo “Amanda” es ahora un hechizo que cura malestares y alivia aflicciones. En una hora y media más se habría despertado de cualquier forma para prepararse e ir a la escuela, así que decide llenar la vieja tina de metal con agua hirviendo y, a manera de pato, quedarse en el agua cociéndose la piel hasta la hora indicada.

Martín Cifuentes crecerá y será un hombre feliz, el año escolar lo pasará bien y Amanda será su primera novia hasta entrar a la secundaria, no habrá obstrucción en su camino, ni enfermedad en su cuerpo o meta que no pueda alcanzar, será un buen jugador de fútbol y se ganará el respeto de su manada, la otra manada, la de amigos; la manada que es de llamas no volverá en las noches a visitarlo. Dormirá con temor un par de días y después se convencerá a sí mismo de lo irracional de la situación. La cobija será doblada, guardada y también olvidada. En unos años será más alto que sus hermanos e incluso logrará tener estudios más elevados que el resto de su familia, lo que lo llevará a radicar en la capital a unas cuatro horas en auto del pueblo en donde nació. La primera vez después de algunos meses de vivir en aquella ciudad llegará con un bonito auto nuevo que los vecinos celebrarán y a los hermanos servirá de orgullo, al padre se le llenarán los ojos de lágrimas y la madre lo celebrará con infinito amor. Martín gozará de cierta celebridad en su pueblo, será “el muchacho ese que se fue a la capital a trabajar”, se convertirá en el “mejor estudia para que seas como Martín y también te hagas de un buen trabajo y un coche”. A los 25 años se casará con una linda y educada chica de la capital y Amanda será invitada de honor en su boda junto con su esposo y un par de hijos. Martín tendrá un par de hijos también y será un padre responsable y cariñoso. En algún momento usará la historia de las tres llamas para corregir a sus hijos; les dirá: -Si no se portan bien van a venir las llamas a morderles las pijamas-. La esposa sabrá la historia y juntos reirán de ella. –Ay Martín, tú sí que estás un poco loco-. Una boda en el pueblo será la que sirva de pretexto para que Martín viaje en auto un viernes por la noche de la ciudad a la casa donde nació, su esposa e hijos tomarán un autobús por la mañana para alcanzarlo el día siguiente. Ya en la carretera, siguiendo líneas blancas intermitentes estampadas en el concreto, Martín irá celebrando el plan de un fin de semana en su pueblo, verá a sus amigos, comerá la comida de su madre y charlará mucho con sus hermanos, piensa en abrazar a todo el mundo, en decirles que los quiere, que los aprecia como a la mejor familia que alguien pudo tener; también les lleva a todos un pequeño regalo, nada caro, sólo algo significativo. No era una rata enorme ni un conejo, parecía una roca de río muy grande pero tan sólo era un armadillo asustado que se detuvo a la mitad del camino. Accidentes como éstos han habido innumerables, y la secuencia de lo que a continuación sucedió es bastante predecible. La impresión inicial, el volantazo que exige como respuesta, los rechinidos unísonos de las llantas dejando su plástica piel embarrada sobre el pavimento como jalea de higo sobre tostada, las partículas suspendidas de diferentes materiales, tierra, hule quemado, astillas de vidrio y metal, sangre, después, la caída del auto por el barranco, que a manera de magneto gigante, atrae hacia sí mismo irremediablemente el pesado objeto de metal. Una roca gigante y un árbol que hacen equipo para levantar el auto y darle un par de vueltas antes de que impacte con el suelo. Martín se proyecta violentamente a través del parabrisas y cae de espaldas unos metros más abajo. Muchos huesos se han hecho filosas astillas en su interior. El conocimiento se pierde, tanto el adquirido a través de los años como el de que uno existe, el de que uno es. Ahora hay silencio y una nube grande de polvo baila desgraciada sobre la escena, las luces del auto con las llantas para arriba permanecen encendidas e iluminando la trayectoria del polvo que asciende y remolinea y, más abajo, el cuerpo inmóvil de Martín. El armadillo, sin un solo rasguño o daño más que un corazón acelerado por un súbito susto, decide entonces que puede seguir avanzando y se pierde entre los arbustos. Quizá pasa una hora, quizá son sólo una decena de minutos y Martín cobra conciencia de sí mismo. Tiene un frío que quebranta su voluntad y se da cuenta de que se encuentra completamente inmóvil. Abre los ojos y entonces las ve. Tres llamas blancas y brillantes lo rodean y fijamente lo miran con enormes ojos negros, con las luces del auto volcado a sus espaldas su pelaje blanco parece fulgurar con luz propia en la oscuridad de la densa noche. El viento, de vez en cuando, mueve violentamente los arbustos y levanta tierra que iluminada también parece una densa neblina. Martín piensa, -Por cuánto tiempo dejé de verlas- Hace 30 años que las llamas no eran más que un mito, un recuerdo borroso aunque a veces insistente de que eso no había sido una simple pesadilla. Una llama se acerca y comienza a olisquearle la cara, su hocico caliente despide pequeñas ráfagas de vapor al salir, Martín no siente miedo porque sintiéndose familiar con la situación sabe que otra llama se acercará a morderle el pantalón. Unos segundos bastan para cumplirse la predicción, la segunda llama se acerca y comienza a mordisquear su pantalón y luego a tirar de él insistentemente mientras la tercera observa todo con atención, como si fuera la llama supervisora que cuida el trabajo de sus subordinadas. No hay más predicciones que hacer, es en éste punto de la historia donde él despertaba con un pánico profundo cuando tenía ocho años, pero ahora, aunque inmovilizado por completo, está bien despierto y conciente; como sea que esto continúe será nuevo para él. Nada cambia por un par de minutos, tan sólo la llama que mordisquea su pantalón se ha vuelto mucho más insistente. Una suave voz femenina lo cuestiona, -Martín, ¿acaso ésta vez no piensas despertarte?- Llevando al extremo la rotación de sus ojos sobre sus órbitas percibe una figura humana frente a él. Es la abuela que le sonríe y extiende la mano. –Ven conmigo, es hora de despertar- El dolor se ha ido por completo y Martín siente la muerte llegar en forma de una cubetada helada de felicidad sobre su corazón. La luz es más brillante aún, Martín se levanta, toma la mano de su abuela y entonces lo comprende todo; ella ha tejido para él una linda cobija con la figura de tres llamas blancas, pero también ha tejido el puente que lo llevará de la vida, a lo que dicen, es la vida del más allá.


---Lo dedicaría a Vargas Llosa que es Peruano y es escritor, pero supongo que él ya es un hombre de por sí dedicado.---

Tuesday, November 15, 2011

Derechos no reservados

Mírame, obsérvame detenidamente o ignórame por completo. Piensa bien o mal sobre mí, soy ahora lo que te plazca. Si quieres tócame, y si así lo prefieres acaríciame. Puedes besarme o golpearme, estamparme con tus labios cálidos el beso más cinematográfico o escupirme la cara, romper en mil pedazos la botella en mi cabeza o deshojar los pétalos de las rosas sobre mi cara; ahora todo depende de ti, de tu estado de ánimo, de tu personalidad, de lo que pienses en estos instantes de mí, de lo que tengas ganas de hacer conmigo. Toma mis cosas, roba mis posesiones más valiosas y hazte con mi dinero; o bien, para divertirte, llena mi boca de sucias monedas y deja caer groseramente sobre mi pecho unos cuantos y viejos billetes, tan pesados y fríos como la paja mojada. Puedes pintarme la cara con eternas maldiciones o escribir mil poemas de amor, puedes arañarme y patearme hasta que te canses, aunque inconscientemente, yo prefiera que me hagas el amor. En este momento mi mente funciona tal y como las naves exploradoras que ruedan sobre la superficie de Marte, tan distantes, todas cubiertas de polvo y sin tripulantes. Mis poros exhalan sobrecargados combustibles alcohólicos que a penas la hacen funcionar. Estoy ahora muy borracho, y mi cuerpo en estos instantes tiene los derechos no reservados.

Saturday, November 5, 2011

Insignificante tratado sobre el Tai-Chi manual

“Tai-Chi”: Debe de ser leído tal y como se escribe, por lo menos en español. En este caso, en el que se desea utilizar como referencia en este insignificante tratado, no tiene que ver con su carácter de “arte marcial”, sino como un conjunto de movimientos corporales destinados, en cierta forma, a copiar los movimientos rítmicos y armónicos de la naturaleza con el cuerpo. En esta versión de Tai-Chi, si es que se permite de forma filosófica llamarlo así, una vertiente de la práctica originalmente creada en China, tan sólo se utilizan las manos a fin de copiar movimientos armónicos en la naturaleza y en el universo infinito, antes de dormir, o justo al despertar, acompañados por los movimientos de estiramiento o de bostezos a los que el cuerpo humano suele recurrir. Las manos colocadas enfrente de uno, quizá con los ojos un poco entrecerrados, comienzan a copiar los movimientos suaves de las pestañas cuando se abren y se cierran, el baile mágico de las medusas en las profundidades marinas, el movimiento rítmico y elegante de las grandes aves en el cielo, la tranquilidad armónica con la que las olas en el mar caen sobre la arena dulce y ligeramente brillante. Las manos son seres individuales que, en esta práctica, parecen estar separadas de nuestro cuerpo, pero que fungen como actores en una representación casi teatral frente a nuestros ojos, en donde el escenario es el cosmos. Como actores, las manos pueden representar un par de seres enamorados, y la totalidad del proceso de coqueteo y enamoramiento, los bailes de uno alrededor del otro, los flirteos y los diversos acercamientos, la timidez, los ligeros roces y los contactos un poco más íntimos hasta llegar a la cópula misma, clímax también de la armonía cósmica. Uno puede incluir besos sobre las manos, acariciarlas con el rostro y verlas desde diferentes ángulos, en un nivel avanzado uno puede fingir que es capaz de mover objetos lejanos con su ayuda, al sentir que uno tiene lazos invisibles hechos de energía pura que se desprenden de ellas y que son capaces de alterar la situación o posición de dichos objetos a distancia. Esta práctica, esencialmente interactiva, ya que uno es el productor de la gran obra del Universo a micro escala, puede ser utilizada a voluntad y sin regla alguna, copiando todos esos movimientos en la naturaleza que a uno le gustan y que uno ama, cada persona puede inventar sus propios movimientos siempre con el fin de saber que uno es parte íntima de la maravillosa orquesta universal. El Tai-chi manual tiene, de esta forma, la cualidad de poder sugestionar al cuerpo entero con los ritmos armónicos de la naturaleza, producir una sensación directa de alivio, de bienestar físico, de tranquilidad, de relajación y también es un método eficaz para fomentar la creatividad y aumentar la autoestima. Es una práctica que promete ser de gran ayuda emocional y sicológica para las personas con movilidad reducida, para las personas de edad avanzada o con situaciones de reclusión, ya sea por problemas penales o de salud, ya que el Tai-chi manual puede ser practicado en una cama, acostado, sentado en una silla de ruedas, dentro de la habitación de una celda o de un hospital, se puede practicar aunque uno esté con algún equipo conectado al cuerpo o inmovilizado parcialmente. El Tai-Chi manual al igual que muchas otras invenciones fue creado por accidente. Es increíble lo que puede pasar en la mente de un filósofo chino es estado de ligera ebriedad.

Thursday, September 29, 2011

Diciembre de 2012

De repente ya nadie quiere tener sexo sobre una cama. Todo el mundo, por lo menos las últimas generaciones, anda por ahí haciendo el amor flotando sobre las casas, sobre los coches, sobre los campos, en medio de las avenidas, a lado de las copas de los árboles o el alumbrado público, en lo alto de los edificios o bajo la tibia lluvia de verano. El mundo entero está inundado de jóvenes amantes que suspendidos en el aire, se comen a besos y se pulen a caricias. ¿Quién iba a pensar, que ese porcentaje del cerebro que no utilizábamos, cualquiera que haya sido, iba a contener en sí nuestra capacidad de levitar como respuesta a nuestra habilidad de amar y de sentirnos amados? “Ama y flotarás” lo había dicho el encabezado de una publicación científica de diciembre de 2012 a partir de que se dieron los primeros casos del fenómeno. Nunca se pensó que sería el principio de un suceso grandioso que alcanzaría escalas mundiales. La sociedad ha cambiado por completo a partir de ese entonces; los jóvenes sanos fueron enseñados con éxito a amar profunda y sinceramente para emular su capacidad de levitar. Lo lograron primero unos cuantos monjes budistas en laboratorios aislados y centros de neurociencia especializados. La noticia fue difundida en todo el mundo y hubo una razonable reacción de incredulidad, pero mientras los resultados se hacían cada vez más evidentes la gente y los medios en general recibieron la noticia con grandes expectativas y exacerbada emoción; después de un continuo desarrollo y perfeccionamiento del proceso lo lograron unos cientos de jóvenes más, ésta vez no sólo en laboratorios sino que comenzaron a darse casos aislados, algunos en la gran ciudad de algún país, otros en alguna pequeña comunidad perdida entre las montañas, aquí y allá hubo cada vez más jóvenes que fueron capaces de cumplir uno de los más anhelados sueños de la humanidad; un poco más tarde fueron miles, y hoy en día son millones de jóvenes en todo el mundo han sido capaces de dominar esta función de su cerebro. El acontecimiento fue una reacción en cadena, como una epidemia benigna brotando eficazmente en todos los lugares del planeta, y contagiando a los individuos sanos y capaces de amar. Muchos otros permanecieron; sin embargo, con los pies en la tierra, no precisamente por su capacidad de ser realista, sino por su incapacidad de flotar. Algo había pasado en su cerebro que les impedía flotar. Razones había bastantes, miedo, odio o algún tipo de lesión cerebral, los adictos a alguna sustancia tóxica o los que desgraciadamente habían sufrido algún traumatismo. Por lo tanto, y así también de repente, la salud dejó de ser un lujo y se convirtió en un seguro para procurarse el éxtasis sexual, en una forma de asegurarse el disfrute de un infinito placer. Mucha gente comenzó a evitar drogas y demás adicciones, pero los adictos que no lo lograron pasaron a ser los nuevos ciegos, los nuevos cojos, los nuevos mancos; por eufemismo se les llama “gente con los pies en la tierra”, pero para la nueva verdad biológica del ser humano, no son más que simples inválidos, que desde el suelo observan tristes y envidiosos a los amantes que extasiados flotan sobre ellos. Ha nacido también, como producto de ésta situación evolutiva del ser humano, la “Erología” como ciencia oficial encargada de estudiar las relaciones entre el amor y las funciones cerebrales, y las posibilidades de acrecentar el placer erótico, que no sólo es estrictamente humano, sino que también es muy sano y de gran beneficio para los individuos y para la colectividad. Estar sano y amar flotando, flotar amando, ése era el cambio dramático que el mundo esperaba en el 2012. Ya era hora de que el mundo volviera a estar regido por la ternura, el amor… y el placer.

Sunday, August 7, 2011

Crónicas (rete) marcianas

Una de las dos máquinas itinerantes fue la que finalmente logró taladrar lo suficientemente profundo para llegar a la segunda capa del subsuelo. Ya lo saben, las órdenes que se le daban al aparato tardaban media hora en llegar desde la Tierra hasta Marte, y la respuesta, de igual forma, media hora de regreso; así que fue un largo proceso que requirió de la paciencia adecuada de los científicos y técnicos que las operaban a distancia. Cientos de profesionales y demás personal, habían ingerido kilogramos enteros de sus propias uñas durante los meses anteriores esperando esos momentos. Los monitores de mil dispositivos mostraban en todas las salas del gran complejo astronómico, las imágenes provenientes desde millones de kilómetros de ahí, directamente de la superficie del planeta rojo donde se había posado la máquina itinerante un par de meses atrás. Se programó de inmediato a la máquina, para que insertara en un pequeño receptáculo una muestra del obscuro material proveniente del subsuelo y, descomponiéndolo en sus elementos más básicos, lo analizara. Los resultados preliminares después de un día de arduo trabajo de programación a distancia, fueron que la mezcla extraída de las entrañas de Marte era una concentración rica en aceites vegetales, prueba irrefutable de que ahí había habido vida o podría aún haberla en forma de microorganismos, también se encontraron proteínas y carbohidratos, aparente y asombrosamente, muy similares a algún producto que pudiera ser ingerido por el ser humano, alguna especie de alimento. Se supo así, no sólo que las entrañas de Marte no eran sólidas sino blandas, de consistencia viscosa y muy pegajosa, sino que, muy posiblemente, sus ingredientes eran digeribles por un humano común y hasta resultarían energéticos. El descubrimiento llegó hasta ahí en ese entonces, y mil conjeturas científicas y también románticas aparecieron en todos los medios masivos de comunicación en los años subsecuentes. Fue hasta cien años después que la primera colonia de humanos fue enviada para poblar este planeta. El material bajo la superficie se revisó por fin de forma directa por la mano del hombre mismo, y no a través de máquinas teledirigidas. No fue difícil reconocerlo, de aceptarlo pero sí de creerlo, de corroborar por fin lo especulado por sólo unos cuantos científicos que se habían atrevido a sugerirlo a pesar de poner en riesgo su reputación. Así es niños, la próxima vez que estén caminando sobre la superficie de Marte, acuérdense que lo hacen sobre un gran pastel de chocolate.

Thursday, August 4, 2011

Líneas para una chica anfibia

La primera vez que te vi pensé que eras hermosa; para ser una rana no te veías nada mal. -Pero si no es una rana- me dijeron mis amigas entre risitas. -Su nombre es Diana- Y efectivamente, vi que en los extremos de tus ancas usabas tacones, y que usabas pendientes también, traías pulseras y hasta un reloj de fina marca. Me sorprendí al verte utilizar con tanta destreza un celular. Pero al acercarme a ti, al ver más de cerca tu verde y escamosa piel, tus ojos saltones y esa forma tan tuya que tienes de caminar reptando, juré que eras capaz de atrapar una mosca con la lengua; y te confieso que me fue muy difícil decidir: si decirte hola o decirte CROAC!

Friday, July 22, 2011

Pizzas contra hamburguesas

Un pedazo de carne cocida en medio de dos panes. Quizá con algo de cebolla, tomate y lechuga, pero igualmente aburrida, no importa que le añadas cátsup o mostaza, o que esté acompañada de papas fritas, una hamburguesa nunca extenderá mucho más allá sus ingredientes, y por lo tanto, su valor culinario y hasta lúdico. Por otro lado están las pizzas, no sólo provenientes de una gran y antigua tradición gastronómica como lo es la cocina Italiana, sino extensas en su variedad y en sus ingredientes, las hay de muchos tipos de carne, con pimientos, aceitunas, mil variedades de queso, vegetarianas, picantes, no picantes y hasta con fruta. Las pizzas extienden su valor gastronómico en mucho más de lo que puede hacerlo una hamburguesa, y resulta una plataforma ideal para la experimentación, la nutrición, y su gran adaptación a los diferentes gustos y exigencias del paladar, además, resulta idónea para cualquier tipo de personalidad. La conservadora y europea pizza de carne, queso y aceitunas, la extrovertida hawaiana, la excéntrica pizza de pimientos y cebolla, y la campirana pizza ranchera o la urbana pizza al pastor. En fin, un conjunto de variedades y matices inalcanzables para la simplona hamburguesa.

No sólo los dinosaurios se extinguieron, también lo hicieron las diferentes cocinas del mundo. Ahora, la gente sólo come hamburguesas y pizzas, pizzas y hamburguesas también. Pero a diferencia de la repentina extinción de los dinosaurios, las cocinas del mundo lo hicieron de forma lenta y dolorosa. Primero se extinguieron las cocinas menos influyentes, menos populares o trascendentes; la vietnamita, la portuguesa, la colombiana; la inglesa no duró un solo segundo; posteriormente la comida un poco más influyente: la peruana, la de la India, la griega, después siguieron las más importantes, la japonesa, la mexicana, la china; aunque ésta última se resistió bastante por la gran cantidad de chinos en el mundo, también se extinguió todo lo que no fuera pizza de la comida italiana. Una verdadera tragedia gastronómica en manos de las más poderosas empresas, el tiranosaurio Rex de las hamburguesas y el tricératops de las pizzas. Gastronomía masiva y comercial, comida prefabricada para ser rápida, para llegar directo al estómago y después ser cagada. El asunto resultó un gastronomicidio para acabar pronto. La gente del mundo sólo consumía hamburguesa y pizza, pizza y hamburguesa también; ya lo habíamos dicho.

Contemplando el hecho de la versatilidad y el valor nutritivo de la pizza la gente intentó aferrarse más a ella que a la hamburguesa, pero que existan dos depredadores en el mismo territorio hace que, automáticamente, uno de ellos se convierta en presa. La pizza era en esta lucha la evidente víctima, pues las empresas de hamburguesas siempre fueron más poderosas. Las hamburguesas comenzaron a devorar pizzas y así poco a poco las fueron borrando del mercado. Ya desaparecidas las pizzas, el obvio destino de las hamburguesas era quizá, el de devorarse a sí mismas como un maniático y compulsivo aparato digestivo, pero antes de que esto sucediera, la gente se reunió y lo discutió en todo el mundo, se manifestó a mil voces, se quejó, se expresó y finalmente se comprometió. Justo ahora, frente a las oficinas de las empresas de hamburguesas más poderosas del planeta entero, una multitud gigantesca se ha dado cita, la gran masa de gente agita banderines de rebanada de pizza, porta playeras con mil slogans, y con poderosas voces, que quizá lleguen al espacio, canta a coro: ♫All we are saaaayiiing, is give Pizza a chance!

Saturday, June 11, 2011

Las majestuosas formas de la clorofila

Crecen sus uñas, con menos mugre que su mente quizá, pero enroscadas crecen y afiladas se clavan en la tierra al caminar. Él es un vago, desde hace mucho tiempo que lo es, ya el mismo tiempo lo dejó caer en su oscura noche, pero hoy, sus huesos se volvieron fuertes, gruesos y de blancura inmaculada detrás de una piel cuarteada por el sol, que cubre a su vez, músculos enfermos de amnesia que se olvidaron de estar cansados. Su cuerpo entero, tripas que laten incluidas, se volvió resistente al frío y a la carencia de calor, también del calor que se jacta de ser humano. Al atardecer, su sombra como las uñas lo mismo crece, y alejándose cada vez más de él cuando está recargado contra el muro, se entremezcla con las incipientes penumbras que por la noche lo rodean, que siempre lo rodean, y así su larga sombra sale por la noche de paseo. Ahora su alma se divierte viajando por el mundo de los muertos y lo que queda en la oscuridad, es una respiración lentísima, es un pulso imposible de encontrar, es un cerebro inerte guardado en formol, son ojos fríos, ciegos, casi muertos, que permanecen por largo tiempo abiertos en pos de la nada, hasta que una mano invisible entrelaza a la fuerza sus pestañas de acero oxidado. Un vago cualquiera sería llamado, si a la mañana siguiente, con el sol de lleno sobre los jesucrísticos huesos de su cara, no le creciera de forma natural, espontánea y abundante, una larga barba formada por tréboles y musgo, por henos y diminutas florecitas, que de vez en cuando, cansado ya de que oscilante vaya colgando de la cara por su camino ajetreado, le hace fijar la mirada en un espejo estrellado, y con el esmero que puede quedarle a un vago olvidado, la examina con una triste paciencia. El vago Argumedo no se afeita la barba, se la poda a tirones de la cara. Y con la clorofila más verde se mancha sobre otras manchas la ropa que el jabón nunca levanta.

Tuesday, May 10, 2011

Fueron las hormigas

¡Fueron las hormigas!, Un poco antes de las primeras migraciones masivas de humanos hacia Marte las hormigas fueron por casualidad descubiertas. La Tierra estaba a punto de colapsar, no era tan sólo la crisis climática, ni el hecho de que en una de las costas de Japón un tsunami había destruido parcialmente un reactor nuclear contaminando poco a poco, cielos, mares y tierra, sino que las condiciones económicas eran degradantes para la mayoría, los recursos habían estado muy mal repartidos y estaban prácticamente agotados y el sufrimiento se veía en cada esquina; los valores políticos eran casi nulos, pues la comunidad política estaba cínica y evidentemente a completa merced de las grandes corporaciones multinacionales, y por si fuera poco, el mundo estaba invadido de drogas, locura, ignorancia y enfermedad.

Las indicaciones de los gobiernos de los países más poderosos fueron dadas a partir de órdenes corporativas. Se percibió que era desafortunadamente necesario el rescate de todos los individuos aunque estos fueran económicamente pobres, ya que esto aseguraría que siempre hubiera una clase baja ocupando los puestos más degradantes y difíciles, y que siempre hubiera compradores dispuestos a continuar el ciclo de trabajar para ganar dinero y comprar. Una mano de obra, calificada o no, a la que explotar tenía que ser definitivamente transportada. Sin ésta horda de obreros sería necesario hacer una subdivisión y crear una nueva fuerza de trabajo a partir de los individuos más ricos y poderosos, y por supuesto, surgiría una nueva lucha de clases por el predominio y la hegemonía de la riqueza y el poder.

Todo estaba listo, las naves que habrían de transportar a los seres humanos estaban ya en sus posiciones de despegue, cuando miliares de pequeñas naves de una apariencia tecnológica muy avanzada, incluso superior a las naves humanas, comenzó a surgir de todos los escondrijos de la superficie terrestre y a desplazarse a velocidad luz hacia las estrellas. De las entrañas de la tierra y del concreto de las ciudades olvidadas, de las fisuras en las rocas y de los precipicios recónditos en el mundo entero, de entre las plantas y la basura, de entre los muros y las raíces agrietadas de todas las construcciones. A un grupo de la armada de un país poderoso se le dio la tarea de atrapar uno de estos pequeños artefactos para investigarlo, y al hacerlo y partirlo en dos como una colorida piñata, se descubrió en su interior una colonia gigantesca de hormigas. Lo sorprendente de todo esto es que éstos minúsculos insectos no eran invasores del artefacto, ¡sino los tripulantes! Lo hacían a partir de mecanismos de una tecnología desconocida, mucho más sutil y avanzada que la tecnología humana. Una especie de tecnología orgánica que podría hacer pensar a cualquiera que el artefacto metálico estaba también vivo y que respondía de alguna forma biomecánica a los estímulos provocados por las hormigas. En el tejido enmarañado del interior de la pequeña máquina podían reconocerse algunos mecanismos también utilizados por los humanos, grupos de ocho palancas adaptadas a los cuerpos de sus pequeños constructores y miles de botones de incomprensibles funciones por doquier.

El hallazgo resultó sorprendente pero de cualquier forma inútil y de poco interés para las necesidades apremiantes de ese momento. Y sí, las hormigas nos habían engañado, habían decidido permanecer ante la vista humana como insectos con características sorprendentes, sobre todo en sus estilos sociales y organizativos, pero aún así, nada más que insectos al final de cuentas. Nunca pudimos darnos cuenta de que en realidad eran seres, tan o aún más inteligentes que nosotros, construyendo sociedades muchísimo más complejas que la nuestra y utilizando nuestro trabajo para su beneficio, como parásitos fantasma que se aprovechan a costa de nuestro esfuerzo. Ahora, ellas también escapaban de este mundo en vías de colapso. Todo esto había sido descubierto a último minuto, un poco antes de partir, pero eso no tenía relevancia alguna ya, pronto estaríamos fuera de la Tierra y todo un nuevo mundo por descubrir estaría a punto de comenzar. Y vaya pues con esas industriosas hormigas.

El primer grupo de naves humanas aterrizó en Marte con gran dificultad. No sobrevivieron mucho tiempo sus cientos de miles de pasajeros, pues al llegar se encontraron con un recibimiento hostil de millones y millones de hormigas con terribles armas de tecnologías sorprendentes. Ellas habían llegado primero y habían puesto una nueva civilización en marcha y estaban dispuestas a defenderla, no tenían necesidad de esconderse de nosotros o de compartir los limitados recursos del planeta; ahora nosotros éramos los intrusos, la hierba mala que es prioridad erradicar. En la Tierra nunca fuimos buenos vecinos y vivimos tratándolas siempre como plaga intentando deshacernos de ellas en todo momento, nunca reconocimos su brillo ni apreciamos su inteligencia, ni siquiera la descubrimos, así que ahora recibíamos la recompensa a nuestra odiosa actitud hacia ellas. La humanidad completa tuvo que regresar a la Tierra, y ahí casi sucumbió a causa de los desastres naturales y todo lo demás. Después de los diversos cataclismos quedaron unos cientos de habitantes humanos en toda la faz del planeta, y ahora, poco a poco y a través de dolorosos esfuerzos, hemos aumentado esa cantidad a unos cuantos miles. Sin embargo, somos diferentes ahora, respetamos a todos y cada uno de los seres que aquí habitan, cuando alguien camina y cruza su camino con una hormiga, nos detenemos, y después de una pronunciada reverencia, la rodeamos y seguimos nuestro camino.

Friday, April 22, 2011

Realidad Emergente

Turistas: Cataloguen ustedes a éstos; como individuos que dejan de serlo al conformar ruidosas y estúpidas masas homogeneas que proliferan en todos los rincones del planeta. Ustedes lo saben ya, su similitud es alarmante; es un hecho, se repiten a si mismos en todo el mundo como sujetos salidos de una máquina de clones, no importa en dónde estén ni que en sus vidas cotidianas estén a cargo de posiciones laborales muy diferentes; pueden ser doctores, arquitectos, deportistas, amas de casa o cualquier otra cosa, pero al caer en la categoría de turistas tenderán instantáneamente, a eliminar todas las diferencias que puedan tener entre ellos y se uniformarán irremediablemente con shorts de mil bolsillos, cámaras deslumbrantes, de fotos, de video, contra agua, viento o marea; sombreros coloridamente grotescos, playeras de igual condición estampadas con absurdos dibujos de palmeras, tucanes, changos, iguanas y otros animales con gestos humanoides y en posiciones extremamente ridículas. Demás idioteces por el estilo se agregan a voluntad del observador que desee analizar éstas deprimentes manadas absorbentes de identidad. Podrían ustedes, por lo señalado, llegar a la conclusión de que la igualdad entre los hombres del planeta se lograría no con el comunismo o con alguna otra forma de gobierno popular y masiva, sino haciendo que todo el mundo fuera turista al mismo tiempo. Y bien, hace tan sólo unos días en uno de todos esos rincones del planeta, en una antigua prisión del alta seguridad, que ahora es tan sólo un museo guardando como reliquia lo que alguna vez fue el dolor humano, una de estas hordas de turistas caminaba haciendo tan sólo un leve murmullo y haciendo sonar de vez en cuando los clicks y clacks de sus diversos aparatos, se dejaban llevan dócilmente por su guía, quien como 648 veces anteriormente, explicaba los por menores del lugar mezclando aquí y allá algún comentario gracioso que arrancara de su rebaño algún bramido. Lograr ese bramido es parte de su trabajo, incluso lo califican con puntos que suben y bajan en una regla que mide la empatía; le llaman risa de turista; risa estándar, risa con personalidad de grupo. Y bueno, queda claro que un individuo sólo comienza a serlo desde que se separa del grupo al que pertenece, y éste individuo, al que ahora pueden imaginar apartándose del resto del grupo, se distingue permaneciendo constantemente atrás de la manada verificando y observando con más detalle un poco más de tal o cual celda, tal o cual portón, tal o cual estructura. Observen como los guardias de seguridad lo tienen ya bien a la vista, está aplanado en un monitor que resuelve los colores en escala de grises; no es tan importante, ya que siempre hay uno de su clase, que se sale un poco del grupo, que husmea por acá y por allá, este tipo de individuos generalmente regresa rápidamente de nuevo a la manada; es bien sabido que pocos aguantan en este mundo el peso de la individualidad. Si ustedes siguen imaginando, se darán cuenta de que será suficiente para el personal de seguridad con darle un punto más en la escala de importancia que deben designar a cada cosa en un mundo aplanado y en escala de grises de sus monitores de seguridad; hay realmente muy pocas cosas divertidas en sus vidas. Un poco más tarde, en un momento indeterminado, nuestro individuo imaginario ha decidido caminar hacia una zona que está fuera del patrón designado desde un principio por los guías y los planificadores de las rutas de este recinto. No sólo se ha salido de la zona designada para los turistas, sino que en el mundo electrónico de la seguridad el individuo ha caído en el punto de la escala de grises más bajo, es decir, el negro. Nuestro individuo se ha perdido en la oscuridad, las zonas restringidas por lo general son negras, oscuras, misteriosas. Los guardias de seguridad le asignan unos puntos más en la escala de importancia y deciden avisar por radio al guía encargado. Un poco más adelante la manada se detiene y brama un poco su desasosiego, los han sacado de su fantasía, del delicioso letargo que produce el control, la seguridad, la planificación. ¡Qué contrariedad! Ahora mismo, el guía de turistas camina hacia la zona restringida, llama una primera vez al individuo; le han dicho que es un hombre joven, (claramente en edad y en condición de ser aún un individuo), no hay respuesta; lo llama una segunda vez con iguales resultados, a la tercera el llamado ya es un grito, y a la cuarta es una notificación de emergencia. El guía llama a algún representante de la seguridad en el lugar. En las entrañas de la zona restringida se escucha de repente la voz del individuo, se escucha lejana, apagada, ha caído en un pozo de unos veinte metros de profundidad, al parecer no se ha lastimado de gravedad, pero pide ayuda, hay que tener en mente que ser un individuo puede conllevar a situaciones dolorosas; al individuo se le informa que espere, que están en camino los equipos de emergencia y seguridad. Se hacen encender las luces de la zona restringida, ahora el pozo por el que el individuo ha caído es evidente, nunca habría pasado esto de haber dejado una luz encendida, por lo menos una tenue que combatiera un poco la oscuridad. El individuo se queja, seguro que se ha roto algo, una caida de veinte metros dentro de un pozo casi garantiza un daño; después de unos minutos el individuo se ha callado, los equipos de emergencia, situados algunos kilómetros de ahí, no han llegado y se teme ya lo peor; los turistas restantes, los que permanecen en su condición de masa homogénea se han puesto algo alarmados, sin embargo les gusta pastar por el entorno y continúan alegremente tomándose fotos con muecas ridículas. No es su tarea preucuparse demasiado; al fin, no fue su culpa que a algún individuo se le haya ocurrido serlo. Es entonces, y pongan mucha atención aquí, que de la nada: ¡sorpresa!, el individuo sale de repente del pozo por su propia cuenta, está algo asustado pero ileso, algo sucio de tierra y con raspones que manchan de sangre sus extremidades, pero reitero: ileso. Un minuto después los equipos de emergencia llegan, pero lo hacen sólo para verificar los daños y preguntar qué es lo que ha sucedido. El individuo narra su experiencia mientras exhala grandes bocanadas de aire para recuperarse; al sobreponerse un poco comienza a explicar cómo fue que decidió separarse un poco del grupo y como por accidente cayó al pozo, después sus ojos se abren de golpe, como recordando súbitamente una información perdida, y con una dificultad poco habitual explica con nerviosismo, tirándose del pelo y tronándose los dedos, cómo llegó hasta donde él estaba el hombre murciélago para salvarlo; -¿Cuál hombre murciélago? Estuviste sólo en el pozo- Le interrumpe entonces el equipo de seguridad, -¿Cómo que cuál hombre murciélago?- Responde desconcertado el individuo. -¡The Batman!, el héroe que lucha contra la injusticia y ayuda a los afligidos- Los presentes ahogan unas cuantas risas, -Relájese hombre, ya todo ha pasado- pero el individuo continúa narrando con alteración como el hombre murciélago, con una soga, lo ató de la cintura y lo arrastró lentamente hasta arriba cuando él no veía nada y ya no se podía mover. Asegura que como es la costumbre del hombre murciélago, se desvaneció en la oscuridad tan pronto como logró sacarlo del pozo, obviamente para mantener a salvo su identidad secreta. El suceso no llegó a más, nuestro individuo fue curado de sus heridas y dado de alta al siguiente día en un hospital cercano, el asunto acabó tan sólo en eso y en algunos artículos ambiguos en los periódicos locales, pero después de una investigación un tanto más detallada de lo sucedido, al intentar descubrir cómo fue que el individuo realmente llegó a salir ileso de un pozo de veinte metros de profundidad con las paredes completamente lisas, algunos expertos, entre ellos psiquiatras que entrevistaron al individuo, llegaron a la conclusión de que el individuo creó lo que se llama una “Realidad Emergente”, en la que él, en su mente, recreó a alguien que tuviera las cualidades necesarias para sacarlo de la situación en la que se encontraba, su mente encontró al sujeto adecuado en un repertorio conformado de conocimientos a priori, e imaginó cómo este ser superior a él y a sus posibilidades físicas consientes lo sacaba a cuestas del pozo; la experiencia le pareció completamente real y no podría explicar su salida del pozo de ninguna otra forma, pero fue él mismo, por medios desconocidos incluso para sí mismo y para todos, que logró por su propia cuenta salir del pozo. Es evidente, que muchos de nosotros, en nuestra imperfecta calidad humana, necesitamos continuamente la recreación de seres poderosos y superiores a nosotros, que nos ayuden a resolver nuestros propios problemas; les damos un nombre, una personalidad, un rostro, los veneramos, los vestimos y los armamos con virtudes, filosofías y hacemos todo lo que esté a nuestra disposición con el fin de agradarles; pensamos que de esos seres proviene nuestro éxito, y en caso de desagradarles o provocar su ira, nuestro fracaso y hasta nuestros castigos están asegurados. Los llamamos “dioses”, lo hay de mil sabores y colores, gigantescos y de bolsillo, blancos, negros, barbados y panzones, infantes y milenarios, sigan ustedes el que más los convenza. Hasta aquí llegamos hoy en su primera clase de Introducción a El hombre y sus Religiones.